El alba vino a los árboles.
El alba vino a los árboles con pies de agua y de cuchillo. La luna, presa entre las nubes, temblaba en su cristal herido. La mar, sin una sola ola, parecía haberse rendido, como si toda su amargura durmiera al borde del abismo. Lejos, la ciudad era apenas un trazo seco y amarillo, la cicatriz de alguna torre borrada en yeso por el frío.