Lo sabes, poesía

José Pómez

Quédate, alma mia, un instante más.

Quédate, alma mía, un instante más. Las olas ya no cuentan sus espumas, ni el viento sus adioses de cristal, de orilla donde el mar no olvida el nombre. Deja que el tiempo, como un niño lento, juegue desnudo entre la arena y tú; que el oleaje olvide su lamento y la playa se vuelva sólo azul. Una caricia más, tal como el beso que la

Sinfonía inconclusa.

Sinfonía inconclusa. En la danza que no cesa de la vida, nuestro paso --¿es azar o es destino?-- la canción en su eterno repertorio, la melodía que no encuentra el fin. Y sin embargo… La alegría el dolor, amor y tristeza, son las notas que tiemblan en el aire, son los versos que escriben lo que somos, son la tinta del alma que nos

Restos de relámpagos.

Restos de relámpagos. Encontré un solo calcetín. En el fondo del cajón como un pensamiento perdido. Media lista de compras: “Plátanos Arroz Llama a mamá. No olvides esto” Somos un rayo sobrante. Todas las chispas que nunca llegaron al espectáculo. Notas adhesivas y casi notas. Pequeñas tormentas que sólo nosotros conoceremos.

Cucharas sobrantes.

Nos sobraron cucharas en el cajón de la cocina, desde esa gran cena ya no cocinamos más. Vasos de plástico de fiestas nombres desvanecidos en rotulador. Sigo diciendo que limpiaré... Luego los volví a colocar. Cucharas sobrantes y planes sobrantes apilados como platos en ambas manos. Seguimos ahorrando espacio en una mesa vacía hablando

Sobre el espejo inmóvil del agua salada.

98 Sobre el espejo inmóvil del agua salada se yerguen torres de pluma y hierro austero, gigantes sin memoria viva del sendero ni del vuelo, concurso en la noche oxidada. El cielo arde en rosa y en ceniza apagada, perdón fingido tiñe pronto el aire entero, y el oculto tesoro, en pulso prisionero, late bajo la piel azul, anestesiada. No hay

Oh, mi mar de calma.

Oh, mi mar de calma, mi joven y sabia amiga, has visto las tormentas que he pasado. En tus palabras encuentro nuevamente la verdad, sí, tienes razón, cariño, lo que dices es verdad. Mejoraré contigo con olas que se abrazan. El tiempo ha tejido nuestras almas tan fuertemente, no más silencio, abriré mi corazón, habla durante las noches,

Queridísima luz entre las sombras.

Queridísima luz entre las sombras, en esta tarde donde toda lluvia susurra los secretos en los cristales, como un velo de plata que ya envuelve este mundo abrazado y melancólico, contemplando en mi patio interminable, hoy me siento a escribirte estas líneas que brotan a demanda de un corazón que late al ritmo de tus palabras diarias.

¿Qué pasó, amigo?

¿Qué pasó, amigo? ¡Venga! ¡No lo pagues conmigo! Parece que has tenido un día algo... intenso, ¿eh? Hoy, vamos a intentar andar un rato juntos elige bien la zona sin sombras ni penumbras. ¿Qué pasó, amigo? ¡Venga! ¡No lo pagues conmigo! Tú estás tremendamente roto contigo mismo dame oportunidad de corregir con tiempo los humos

Busco y hallo en ti lo que el alma anhela.

Busco y hallo en ti lo que el alma anhela. Oh, amor mío, tan próxima en el fuego del pecho ardiente, aunque el cuerpo distante en mar de ausencia, donde el mar atlante no apaga el latir que nos une en ruego! Confiando en ser que nos forja en diamante, mas nada impera, ni el orbe arrogante con su vana tormenta, onda tirante; solo nuestro

Yo sí me acuerdo de Miguel Díaz Saavedra.

Yo sí me acuerdo de Miguel Díaz Saavedra, tu padre querido, de risa que abraza el alma, con caricia en flequillo y desordena tu pelo, y apretón en la rodilla que despierta anhelo. En tus venas relate su alma su voz y el pueblo, saludando con un "buenas" que calienta el pecho, mientras el tiempo, cruel ladrón, nos roba los días, dejando

Las montañas inclinan rápido su orgullo.

Las montañas inclinan rápido su orgullo, se vuelven cuesta tibia ante el paso del tiempo, como si nuestra tierra reina recordara quién pronunció tu nombre redondo primero. El suelo tiembla, no por miedo, sino solo por reconocimiento en nula pertenencia: el polvo, el río, la frontera de los mares. La nube abre su boca de niebla y anuncia

En claro día.

En claro día encuentro caminando al caminante. Es mi alegría que tú así la incrementas cuando me cuidas. Vivo me siento puedo verte de nuevo docena y media. Chico y dorado sobre el timbre derecho casi olvidado. Extremo el muelle sufre con su belleza el mal de patos. Gris linde el cielo acompaña y provoca tus manos frías. José Pómez

Sobre la arena.

Sobre la arena istmo de las excusas, pena sin causa. Lloran las olas turbadas en la sombra, cuando se apagan. Contra la paz de un huerto, y desde otro huerto del cruel silencio. Toda inocencia deriva a la amargura, contra la brisa. Playa de leche neuronas de tormenta, caen los inocentes. José Pómez http://pomez.net http://pomez.es https://tinyurl.com/3smt2prx

La llama voraz que al pecho devora.

La llama voraz que al pecho devora, abrazo cruel, la nube ahoga error, voz que clama tormento en noche sorda, el peso que hiere en un lamento fiel. Raros errantes que se tambalean, que graban en la mente cicatrices, con lágrimas amargas sobre el hilo, y el velo opaco de la culpa eterna. No es abismo perpetuo ni condena, forja donde el espíritu

Los limites son de madera y lienzo.

Los límites son de madera y lienzo; sus cantos desafían y averiguan aquellos años de tormenta helada, perfilan el candado indiferente. Se desplazan las nubes hasta un niño: puede verlo, encontrándole otro rostro al blanco, a los grises, al algodón, y transformarlo en piedra permanente. La cita permanece en el pinar; el pincel tembloroso

Corazones en vilo.

Corazones en vilo. Doble teatro ampliado al salón de los sueños, bajo lámparas tibias, con la suerte giraba un camello cansado. Boletos en la mano, con paraguas de guardia y temblaba la sala, justo hasta que mi número surgió, claro y dorado. Y me tocó una estrella de la vía láctea no era de plata ni oro, sino un bello astro vivo, abrazado

¡Si tuviera la suerte de conocerte!

¡Si tuviera la suerte de conocerte! A ti, que hoy cumples años justamente los precisos no te canto con rosas ni con lunas robadas, porque tú no eres préstamo de nadie. Te canto con lo que nadie ha dicho aún, con las sábanas rosas viajeras de sueños, con el silencio que se quiebra cuando tú llegas y el aire se vuelve más hondo, más

Con las tardes de sal y de luz rota.

Con las tardes de sal y de luz rota que el mar devuelve a Cádiz como un regalo, tú llegas con el paso de quien no necesita puerta, trayendo en la piel ese olor a jazmín recién abierto y a pan que alguien hornea muy temprano para que el mundo tenga un corazón caliente. Y yo, que ya no espero nada, abro de pronto los postigos del pecho

Zen la aula abierta.

Zen la aula abierta, donde la luz de diciembre se posa como un pájaro blanco, Marifé y Luisa esperan, dos nombres que tiemblan en el aire como hojas recién nacidas. Marifé lleva en los ojos un azul de mar que aún no ha visto el verano. Luisa, en su silencio, guarda la ternura de un jardín que se abre despacio. Las dos, sentadas, son

Nueve, acércate más.

Nueve, acércate más, mi luz, mi pura forma, al rescoldo que guarda el nombre de tu nombre en viva chimenea en brasero de plata. Toma el café despacio, como quien bebe el alba que se derrama en la taza con su aroma de mar y de jarcia. Que la música suba --una guitarra sola, un piano que se acuerda de este Puerto en la noche-- y te envuelva,

En la penumbra de un reloj de arena.

En la penumbra de un reloj de arena. En la penumbra de un reloj de arena que sangra horas como sangre de toro, los ladrones de luna almendra y coro de azúcar, se deshacen en la mano. Crujen apenas, como huesos de santo que el tiempo muerde con su diente de oro, y en la boca se vuelven más sonoro, ceniza dulce de un diciembre santo. ¡Ay,

Los mares de la lengua.

Los mares de la lengua. ¡Oh, mi delfín sin voz, mi camelia sin nombre! En tu pecho palpita una palabra ausente, más que bella y que al huir se llevó luz del día y dejó tu mirada de protesta y de luna. Yo la busco en la noche, en el fondo del viento, en el latir de estrellas y que nadie ha nombrado. La encontraré, amor mío, aunque

Era más que un simple juego.

Era más que un simple juego. En el tablero de ébano y marfil donde los dioses mueven peones ciegos, tú avanzas, admirado amigo, creyendo que la partida es tuya. Estás jugando para ganar, y cada jugada te parece eterna, como si el tiempo fuera un alfil que nunca cruza la diagonal del olvido. Pero el tablero es un espejo roto. En cada casilla

La rosa alza su muro.

La rosa alza su muro donde se quiebra el día, y el tiro de una sombra respira todavía. Allí la luz escapa, doliente, en su agonía, y el tiempo se deshace como pálida arcilla. Este mundo carece de árboles y de pájaros, solo hay agrura en él y frías balas muertas. Un latido se extingue detrás de la pared, un hombre vuelto bruma que

Cuando escribo de ti estas cosillas.

Cuando escribo de ti estas cosillas se me hace un nudo en la garganta, así que escribo de que escribo de ti mientras disimulo con cualquier cosa que tenga hojas o cielo. Cuando escribo que el otoño se ha puesto melancólico y que las hojas caen como si tuvieran prisa por llegar al suelo y abrazarse unas a otras antes de que yo las pise,

Indomable la prenda más rebelde.

Indomable la prenda más rebelde. En el armario duerme un anorak, gordo como un oso en hibernación, capucha y cremallera de dragón, y vas y piensas: Hoy lo plancharé. Sacas la tabla y enciendes la plancha, que silba como abuela ya enfadada, aprietas hierro, y pronto suena un trueno, y la tela se arruga por venganza. Sale humo de las plumas

Despertando a la semilla.

Despertando a la semilla. Hueso de luna morena que duerme en vientre de fruta, te pongo en agua tranquila para despertarte en bruma. Tres dientes de vidrio claro te sostienen en la orilla, y el fondo, oscuro y callado, se llena de la luz tibia. Pasan días, pasan sombras, y un latido te despunta: primero raíz de plata, luego tallo que pregunta.

Qué oxidadas quedaron.

Qué oxidadas quedaron, tijeras de podar, en mitad del jardín, sorprendidas por lluvia. Cumplieron cometido, de aclarar todo el patio, y así lo atestiguaban, los restos de la poda. No tengo más raíz, ni sombra que me nombre; del sol bebo el instante, del aire soy su doble. Si caigo en clara fuente, me duermo en su temblor, y el agua,

Los besos, corazón.

Los besos, corazón. A ti, que habitas la orilla del silencio, con la mar por compañera y las gaviotas por únicas mensajeras, te miento qué son los besos. Los besos, corazón, no son sólo roce de labios, no son espuma ni aire ni costumbre. Son llamas que el alma aprende a pronunciar sin voz. Cuando dos bocas se buscan, no es la carne

De un tal Zutano y la jaula invisible.

De un tal Zutano y la jaula invisible. Gracias te doy buen sol de mis auroras, por darme voz cuando el sosiego calla, la risa leve en su fugaz batalla, rompe la sombra y deja luces de horas. Decían antes lenguas habladoras, que el mal del ave al hombre no avasalla, mas hoy la voz del miedo se halla en valla, y el aire teme abrir sus mismas

El dolor que no se nombra.

El dolor que no se nombra, y que pica hasta en la frente, cuando la espalda no miente, el estómago zozobra, y la rodilla se asombra. Porque el café ya se enfría, como tos de la alegría, vibra el móvil de un achaque, y todo queda en un jaque, del amor que ya no guía. José Pómez http://pomez.net http://pomez.es https://tinyurl.com/3smt2prx

!Ay, Pedro trullo, qué lío este, qué lío!

¡Ay, Pedro trullo, qué lío este, qué lío! Con un ti ri ri, ti ri ri, pan tan fan, el tren de la Moncloa pita al pasar, pero en cada curva se vuelve a parar. El maquinista mira el primer vagón, Junts le dice: “¡Pues no, que no, que no!”. !Ay, Pedro trullo, qué lío este, qué lío! Prometes el futuro y das el desvío. El tren del

Olvidé dónde dormí.

Olvidé dónde dormí, creo que fue en una nube, mi sombrero ya no sube al tren que inventé por tí. Un pez me habló en guaraní, me pidió mi calendario, pero en tono culinario le di una sopa de viento, ¡y aún no sé si el pensamiento era mío o imaginario! José Pómez http://pomez.net http://pomez.es https://tinyurl.com/3smt2prx ISBN:

No necesitas ofrecerme estrellas.

No necesitas ofrecerme estrellas ni encender ningún sol prestado. Tu cuerpo basta, la expresión de tu rostro enciende la noche, y en tus labios el universo recuerda su origen de fuego. Tu piel es territorio sagrado, allí el tiempo se detiene, se desnuda de relojes, y aprende a medir los minutos con la respiración del deseo. No hace falta

La peña de la lágrima, las lágrimas felices.

La peña de la lágrima, las lágrimas felices. Ríe la fuente, y el sol, niño travieso, besa mi sombra. Te miro y tiembla la flor del alma mía, ya está a tu vera. Manos pequeñas, me ofrecen una piedra brilla el tesoro. Llueve despacio y en cada gota baila mi corazón. Limonar viejo, tus pétalos regresan como memorias. Después del llanto,

Cuando mis manos callen.

Cuando mis manos callen. Presiento en mí la sombra detenida un lento declinar sobre mi frente la savia que fue río y fue corriente se queda en el umbral de la partida. Mis manos que tejieron la jornada se cansan de su antigua fortaleza ya tiemblan con humilde ligereza palomas al temblor de la alborada. Mis piernas que cruzaron tanto suelo

Te lo ordeno corazón.

Te lo ordeno corazón. Te mando una foto, vida, rápida, desde el balcón con el brillo de una herida que no cabe en corazón. ¿Ya sabes dónde me escondo? Noches sin luna y sin fe puede que estés en el fondo del mismo sitio que fue. Pero calla, que el silencio tiene más verdad que el mar y no debes, ni por sueño con extraños conversar.

La luna llora en la lluvia ya herida.

La luna llora en la lluvia ya herida murmuran ramas jóvenes las quejas las hojas brillan con las dulces señas de un amor que se enciende con la vida y el viento es como un canto sin salida. La tierra silenciosa es sombra y deja la noche con su manto que se aleja y el alma con razón está medida con cada gota en verso que se alienta en

Apología del séptimo cielo.

Apología del séptimo cielo. No es cuerdo amar ni el alma lo pretende pues la razón al fuego no resiste quien ama arde y ardiendo se desviste de todo lo que el mundo en sombra entiende. No es serio amar del orden se desprende del cálculo del juicio que persiste y en su locura el cosmos se reviste de un caos que en ternura se defiende.

Ya son cincuenta y cuatro los ladrillos.

Ya son cincuenta y cuatro los ladrillos. Bajo la rama el viento se demora mueve la sombra escribe con temblor en cada hoja un reflejo que atesora la breve voz del aire y su rumor. El musgo nace donde el agua olvida en la raíz respira la distancia una abeja sostiene la medida de nuestro sol en la dorada infancia. Nada reclama el río sólo
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