Lo sabes, poesía

José Pómez

El alba vino a los árboles.

El alba vino a los árboles con pies de agua y de cuchillo. La luna, presa entre las nubes, temblaba en su cristal herido. La mar, sin una sola ola, parecía haberse rendido, como si toda su amargura durmiera al borde del abismo. Lejos, la ciudad era apenas un trazo seco y amarillo, la cicatriz de alguna torre borrada en yeso por el frío.

Sal en la piel.

Sal en la piel. Suena el viento, cae el sol arena en los pies, sube el calor tu mirada me rozó y ya no hay control. Brisa lenta, tu pelo volando piel dorada, me estás atrapando dices “vente”, yo voy llegando y el mundo se queda girando. Y aunque la noche se vaya sin avisar quiero este momento pa’ siempre guardar. Sal en la piel, fuego

No tiene mapa.

No tiene mapa. Salí de madrugada con los pies sin zapatos, pisando los adoquines que el rocío dejó, buscando la felicidad entre naranjos y soleá, entre cumbia y limonero, entre luna y caracol. El duende me decía: "Niño, sigue el camino,"y el tambor en mi pecho llevaba el compás. Pregunté al viento sur, pregunté al torbellino, ¡ay!

Tú sin romper el silencio.

Tú sin romper el silencio, tu nombre encandilaba. La calma vino a los árboles con pies de sombra y rocío. La luna, detrás de nubes, te miraba desde exilio. La mar quedó tan callada que tuve miedo al vacío. Ni una ola quiso tocar piel dormida de lo vivo. Lejos, la ciudad más blanca como un sueño indefinido. Los cerezos deshojaban lento

Y algo tiembla debajo de la corteza.

Y algo tiembla debajo de la corteza. A ella, en la hora de los cerezos entre los álamos dormidos la mañana rompió en la tierra, con un temblor de luz herida sobre la corteza mojada. La luna, cierva silenciosa, quedó en sus gasas detenida, cercada por nubes tan lentas como una pena sin orilla. Y el mar, que nunca sabe estarse sin deshojar

En la curva del cuello.

En la curva del cuello. Alba dicha al oído no sabes cómo era el alba cuando pensaba en tu venida. Los árboles tenían sueño y el aire apenas respiraba, como si el mundo, entre sus hojas, tu nombre solo pronunciara. La luna estaba entre las nubes como una rosa amortajada, mirando el borde de la tierra con una tristeza callada. Parecía

Del nar para el mar volvió tu nombre a mi orilla.

Del mar para el mar volvió tu nombre a mi orilla como una luz temblorosa durmiendo sobre la brisa Tus huellas siguen aquí donde la espuma suspira como si el agua supiera lo que mi boca no dice Yo quise aprender del tiempo la forma de soltar pero tu voz en la noche me vuelve siempre a encontrar Hay algo en esta marea que sabe de ti y de

Del mar para el mar marea que no pide permiso. No vengo con flores de invernadero ni con promesas de luna en bandeja. Vengo como el mar cuando decide que ya es hora: sin aviso, sin permiso, rompiendo diques que creías de acero. Te miro y se me revuelve el agua por dentro, esa misma “noche oscura” y yo llamo simplemente: deseo de ahogarme

Besos de cocodrila.

Besos de cocodrila. Cocodrila, cocodrila, ¡te amo más de lo que las palabras pueden decir! ¡Con esos dientes tan afilados y salvajes, aún así me robas el corazón! Oh-oh, cocodrila, en el río o en el arroyo, ¡Eres mi sueño de ojos verdes! Debajo del árbol de mango, donde el agua es profunda y fresca, Te vi sonreír con esos ojos

Luna prendida en tu nombre.

Luna prendida en tu nombre. En la acequia de tu risa bebió mi pena descalza, y se quedó temblorosa como un jazmín sin palabra. Te nombro y crujen los huesos de la noche más callada, porque tu nombre es un río que me desborda en la cara. Ay, qué cuchillo de luna me atraviesa cuando pasas, qué campanas invisibles me desgarran y me llaman.

El guion real. Soy el actor serio en la pantalla Que aparenta calma y duerme mal. La vecina canta en la terraza Como si el mundo fuera un festival. El de la tiendita apunta en libreta Un par de deudas y un chisme más. Y la abuela reza por la novela Sabe el guion mejor que el autor real. Somos personajes en historias que nadie escribió.

¡Ay, la mujer…

¡Ay, la mujer... que tiene cuerpo de bahía! Con caderas de roca oscura y muslos de agua verde, donde el mar sube y baja como un amante ciego. Tus senos son las colinas redondas y dormidas, cubiertas de casas blancas como lunas crecientes. Tu cintura, el rompeolas que desafía la espuma, y tu pelo, el viento que peina las laderas. El puente,

Quédate, alma mia, un instante más.

Quédate, alma mía, un instante más. Las olas ya no cuentan sus espumas, ni el viento sus adioses de cristal, de orilla donde el mar no olvida el nombre. Deja que el tiempo, como un niño lento, juegue desnudo entre la arena y tú; que el oleaje olvide su lamento y la playa se vuelva sólo azul. Una caricia más, tal como el beso que la

Sinfonía inconclusa.

Sinfonía inconclusa. En la danza que no cesa de la vida, nuestro paso --¿es azar o es destino?-- la canción en su eterno repertorio, la melodía que no encuentra el fin. Y sin embargo… La alegría el dolor, amor y tristeza, son las notas que tiemblan en el aire, son los versos que escriben lo que somos, son la tinta del alma que nos

Restos de relámpagos.

Restos de relámpagos. Encontré un solo calcetín. En el fondo del cajón como un pensamiento perdido. Media lista de compras: “Plátanos Arroz Llama a mamá. No olvides esto” Somos un rayo sobrante. Todas las chispas que nunca llegaron al espectáculo. Notas adhesivas y casi notas. Pequeñas tormentas que sólo nosotros conoceremos.

Cucharas sobrantes.

Nos sobraron cucharas en el cajón de la cocina, desde esa gran cena ya no cocinamos más. Vasos de plástico de fiestas nombres desvanecidos en rotulador. Sigo diciendo que limpiaré... Luego los volví a colocar. Cucharas sobrantes y planes sobrantes apilados como platos en ambas manos. Seguimos ahorrando espacio en una mesa vacía hablando

Sobre el espejo inmóvil del agua salada.

98 Sobre el espejo inmóvil del agua salada se yerguen torres de pluma y hierro austero, gigantes sin memoria viva del sendero ni del vuelo, concurso en la noche oxidada. El cielo arde en rosa y en ceniza apagada, perdón fingido tiñe pronto el aire entero, y el oculto tesoro, en pulso prisionero, late bajo la piel azul, anestesiada. No hay

Oh, mi mar de calma.

Oh, mi mar de calma, mi joven y sabia amiga, has visto las tormentas que he pasado. En tus palabras encuentro nuevamente la verdad, sí, tienes razón, cariño, lo que dices es verdad. Mejoraré contigo con olas que se abrazan. El tiempo ha tejido nuestras almas tan fuertemente, no más silencio, abriré mi corazón, habla durante las noches,

Queridísima luz entre las sombras.

Queridísima luz entre las sombras, en esta tarde donde toda lluvia susurra los secretos en los cristales, como un velo de plata que ya envuelve este mundo abrazado y melancólico, contemplando en mi patio interminable, hoy me siento a escribirte estas líneas que brotan a demanda de un corazón que late al ritmo de tus palabras diarias.

¿Qué pasó, amigo?

¿Qué pasó, amigo? ¡Venga! ¡No lo pagues conmigo! Parece que has tenido un día algo... intenso, ¿eh? Hoy, vamos a intentar andar un rato juntos elige bien la zona sin sombras ni penumbras. ¿Qué pasó, amigo? ¡Venga! ¡No lo pagues conmigo! Tú estás tremendamente roto contigo mismo dame oportunidad de corregir con tiempo los humos

Busco y hallo en ti lo que el alma anhela.

Busco y hallo en ti lo que el alma anhela. Oh, amor mío, tan próxima en el fuego del pecho ardiente, aunque el cuerpo distante en mar de ausencia, donde el mar atlante no apaga el latir que nos une en ruego! Confiando en ser que nos forja en diamante, mas nada impera, ni el orbe arrogante con su vana tormenta, onda tirante; solo nuestro

Yo sí me acuerdo de Miguel Díaz Saavedra.

Yo sí me acuerdo de Miguel Díaz Saavedra, tu padre querido, de risa que abraza el alma, con caricia en flequillo y desordena tu pelo, y apretón en la rodilla que despierta anhelo. En tus venas relate su alma su voz y el pueblo, saludando con un "buenas" que calienta el pecho, mientras el tiempo, cruel ladrón, nos roba los días, dejando

Las montañas inclinan rápido su orgullo.

Las montañas inclinan rápido su orgullo, se vuelven cuesta tibia ante el paso del tiempo, como si nuestra tierra reina recordara quién pronunció tu nombre redondo primero. El suelo tiembla, no por miedo, sino solo por reconocimiento en nula pertenencia: el polvo, el río, la frontera de los mares. La nube abre su boca de niebla y anuncia

En claro día.

En claro día encuentro caminando al caminante. Es mi alegría que tú así la incrementas cuando me cuidas. Vivo me siento puedo verte de nuevo docena y media. Chico y dorado sobre el timbre derecho casi olvidado. Extremo el muelle sufre con su belleza el mal de patos. Gris linde el cielo acompaña y provoca tus manos frías. José Pómez

Sobre la arena.

Sobre la arena istmo de las excusas, pena sin causa. Lloran las olas turbadas en la sombra, cuando se apagan. Contra la paz de un huerto, y desde otro huerto del cruel silencio. Toda inocencia deriva a la amargura, contra la brisa. Playa de leche neuronas de tormenta, caen los inocentes. José Pómez http://pomez.net http://pomez.es https://tinyurl.com/3smt2prx

La llama voraz que al pecho devora.

La llama voraz que al pecho devora, abrazo cruel, la nube ahoga error, voz que clama tormento en noche sorda, el peso que hiere en un lamento fiel. Raros errantes que se tambalean, que graban en la mente cicatrices, con lágrimas amargas sobre el hilo, y el velo opaco de la culpa eterna. No es abismo perpetuo ni condena, forja donde el espíritu

Los limites son de madera y lienzo.

Los límites son de madera y lienzo; sus cantos desafían y averiguan aquellos años de tormenta helada, perfilan el candado indiferente. Se desplazan las nubes hasta un niño: puede verlo, encontrándole otro rostro al blanco, a los grises, al algodón, y transformarlo en piedra permanente. La cita permanece en el pinar; el pincel tembloroso

Corazones en vilo.

Corazones en vilo. Doble teatro ampliado al salón de los sueños, bajo lámparas tibias, con la suerte giraba un camello cansado. Boletos en la mano, con paraguas de guardia y temblaba la sala, justo hasta que mi número surgió, claro y dorado. Y me tocó una estrella de la vía láctea no era de plata ni oro, sino un bello astro vivo, abrazado

¡Si tuviera la suerte de conocerte!

¡Si tuviera la suerte de conocerte! A ti, que hoy cumples años justamente los precisos no te canto con rosas ni con lunas robadas, porque tú no eres préstamo de nadie. Te canto con lo que nadie ha dicho aún, con las sábanas rosas viajeras de sueños, con el silencio que se quiebra cuando tú llegas y el aire se vuelve más hondo, más

Con las tardes de sal y de luz rota.

Con las tardes de sal y de luz rota que el mar devuelve a Cádiz como un regalo, tú llegas con el paso de quien no necesita puerta, trayendo en la piel ese olor a jazmín recién abierto y a pan que alguien hornea muy temprano para que el mundo tenga un corazón caliente. Y yo, que ya no espero nada, abro de pronto los postigos del pecho

Zen la aula abierta.

Zen la aula abierta, donde la luz de diciembre se posa como un pájaro blanco, Marifé y Luisa esperan, dos nombres que tiemblan en el aire como hojas recién nacidas. Marifé lleva en los ojos un azul de mar que aún no ha visto el verano. Luisa, en su silencio, guarda la ternura de un jardín que se abre despacio. Las dos, sentadas, son

Nueve, acércate más.

Nueve, acércate más, mi luz, mi pura forma, al rescoldo que guarda el nombre de tu nombre en viva chimenea en brasero de plata. Toma el café despacio, como quien bebe el alba que se derrama en la taza con su aroma de mar y de jarcia. Que la música suba --una guitarra sola, un piano que se acuerda de este Puerto en la noche-- y te envuelva,

En la penumbra de un reloj de arena.

En la penumbra de un reloj de arena. En la penumbra de un reloj de arena que sangra horas como sangre de toro, los ladrones de luna almendra y coro de azúcar, se deshacen en la mano. Crujen apenas, como huesos de santo que el tiempo muerde con su diente de oro, y en la boca se vuelven más sonoro, ceniza dulce de un diciembre santo. ¡Ay,

Los mares de la lengua.

Los mares de la lengua. ¡Oh, mi delfín sin voz, mi camelia sin nombre! En tu pecho palpita una palabra ausente, más que bella y que al huir se llevó luz del día y dejó tu mirada de protesta y de luna. Yo la busco en la noche, en el fondo del viento, en el latir de estrellas y que nadie ha nombrado. La encontraré, amor mío, aunque

Era más que un simple juego.

Era más que un simple juego. En el tablero de ébano y marfil donde los dioses mueven peones ciegos, tú avanzas, admirado amigo, creyendo que la partida es tuya. Estás jugando para ganar, y cada jugada te parece eterna, como si el tiempo fuera un alfil que nunca cruza la diagonal del olvido. Pero el tablero es un espejo roto. En cada casilla

La rosa alza su muro.

La rosa alza su muro donde se quiebra el día, y el tiro de una sombra respira todavía. Allí la luz escapa, doliente, en su agonía, y el tiempo se deshace como pálida arcilla. Este mundo carece de árboles y de pájaros, solo hay agrura en él y frías balas muertas. Un latido se extingue detrás de la pared, un hombre vuelto bruma que

Cuando escribo de ti estas cosillas.

Cuando escribo de ti estas cosillas se me hace un nudo en la garganta, así que escribo de que escribo de ti mientras disimulo con cualquier cosa que tenga hojas o cielo. Cuando escribo que el otoño se ha puesto melancólico y que las hojas caen como si tuvieran prisa por llegar al suelo y abrazarse unas a otras antes de que yo las pise,

Indomable la prenda más rebelde.

Indomable la prenda más rebelde. En el armario duerme un anorak, gordo como un oso en hibernación, capucha y cremallera de dragón, y vas y piensas: Hoy lo plancharé. Sacas la tabla y enciendes la plancha, que silba como abuela ya enfadada, aprietas hierro, y pronto suena un trueno, y la tela se arruga por venganza. Sale humo de las plumas

Despertando a la semilla.

Despertando a la semilla. Hueso de luna morena que duerme en vientre de fruta, te pongo en agua tranquila para despertarte en bruma. Tres dientes de vidrio claro te sostienen en la orilla, y el fondo, oscuro y callado, se llena de la luz tibia. Pasan días, pasan sombras, y un latido te despunta: primero raíz de plata, luego tallo que pregunta.

Qué oxidadas quedaron.

Qué oxidadas quedaron, tijeras de podar, en mitad del jardín, sorprendidas por lluvia. Cumplieron cometido, de aclarar todo el patio, y así lo atestiguaban, los restos de la poda. No tengo más raíz, ni sombra que me nombre; del sol bebo el instante, del aire soy su doble. Si caigo en clara fuente, me duermo en su temblor, y el agua,

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