Los informativos de televisión de cobertura nacional, incluidos algunos públicos autonómicos, parecen la ONU y son un auténtico latazo: en todos escuchamos el catalán hasta el aburrimiento desde hace meses y el gallego durante la precampaña y campaña de las elecciones autonómicas de esa región del 18 de febrero. Falta el vascuence, que no se entiende y que los vascos independentistas prefieren guardar para mejor ocasión.
Siempre ha creído que los idiomas son una maldición bíblica (Torre de Babel) porque levantan barreras para lo más natural del ser humano: comunicarse, entenderse, convivir. No habría nada más hermoso que viajar por el mundo y sintonizar con las gentes de todos los lugares, incluidos los más remotos, en un idioma universal. Los idiomas son tapias que impiden el entendimiento y empobrecen las relaciones humanas. Y si los manejan los racistas independentistas y secesionistas, los utilizan para construir muros, perseguir, excluir y expulsar. Un drama.
Quienes defienden los idiomas lo hacen diciendo que enriquecen la cultura y que Cervantes no hubiera escrito el Quijote ni Shakespeare el Macbeth. Otros, con los que me identifico, señalan que lo habrían escrito igualmente en la lengua que hubieran hablado, aunque hubiese sido la única en el mundo. Esta es la razón de que el inglés avance imparable como lengua franca, seguida a cierta distancia del español. Y la causa, además de la geografía y la natalidad, es muy sencilla: la gente quiere entenderse y trabajar en un mismo idioma, aunque los traductores automáticos avancen que es una barbaridad.
La música es el ejemplo más palmario de lenguaje universal: utiliza el mismo idioma (las siete notas), la misma herramienta (el pentagrama); cualquiera, sea del lugar que sea, la compone (compositor), y la entiende y la interpreta (intérprete) el de las antípodas con los mismos y universales instrumentos. Aristóteles dijo que la música imita las pasiones en sí misma porque la música, en tanto que tiene un origen acústico, no requiere de signos que refieran una pasión, sino que la música es la pasión misma que se está expresando. La música no representa una pasión, sino que la reproduce.
Los racistas independentistas, que basan su odio al otro en el idioma distinto de su territorio, aunque termine por extinguirse, no reparan en gastos inútiles para mantenerlo vivo, al igual que esos otros listos que quieren resucitar un dialecto para vivir de la mamandurria de ese habla (en España hay 12). Y todos con dineros públicos del contribuyente que, además, llegan a algunos editores de medios de comunicación, quienes, por negocio, aceptan editar en el idioma regional, aunque pierdan lectores allí y en el resto de España,
Hoy día la expansión de un idioma está en manos de las grandes plataformas mundiales de series y música, que buscan clientes entre los cientos de millones de hablantes de inglés (1.452 millones), mandarín (1.118), hindi (602), español (548), francés (280), árabe moderno (274), bengalí (272) y ruso (280 millones). Y no en idiomas regionales que mantienen los secesionistas para tener en pie su chiringuito xenófobo. A causa de la globalización y el desplazamiento de la población hacia países de más trabajo y libertad, cada año mueren en el mundo 25 idiomas y otros 2.500 están abocados a desaparecer, según la UNESCO, de entre los 7.100 que, en un reciente estudio del Washington Post, se hablan en el orbe. De ellos, 2.300 en Asia y 286 en Europa.
Y en muchas regiones españolas (y ahora en el Congreso y en el Senado por decisión del autócrata Pedro Sánchez Pérez-Castejón para mantenerse en La Moncloa) dedicamos ingentes cantidades de dinero, que tendrían que destinarse a necesidades básicas, a mantener en la UVI unos idiomas que ya no son únicos para la comunicación porque quienes los hablan tienen y utilizan otra lengua que es la común: el español, incluidos Puigdemont, Otegi y Pontón, que para entenderse entre ellos utilizan el español, nuestra lengua franca.
El divide y vencerás lo conocemos desde que los ingleses y sus aliados circunstanciales lo practicaron para fraccionar y acabar con el Imperio español, y ahora nosotros, propaladores de nuestra propia Leyenda Negra, lo hemos adoptado con fruición.

