Desde que tenemos uso de razón vemos como nuestra agenda se va llenando de futuros malos tragos, por los que tenemos que pasar sí o sí.
Este hecho constatado del que, salvo los tontos, no escapa nadie con dos dedos de frente, va dando un toque de acidez a la vida, consiguiendo ese sabor agridulce que caracteriza la existencia racional de los seres humanos.
Y no es que se trate necesariamente de amenazas terribles y dramáticas, aunque de esas también, pero que en cualquier caso, ahí están recordándonos, cual cabroncete Pepito Grillo, las asignaturas pendientes; los deberes por hacer; la visita al dermatólogo para que nos mire esa mancha ´rara´ que nos ha salido en la piel; la visita al dentista; la finalización del contrato de trabajo; la finalización de la prestación del paro; la intervención quirúrgica pendiente; la espera del resultado de una biopsia. Ver, por ley de vida, como se aproxima el tiempo de perder a los padres…
No podemos evitar esa ansiedad ante lo aparentemente inevitable, pero sí podemos minimizarla, sin necesidad de tomar fármaco alguno que nos idiotice.
El sistema consiste en no centrarse en lo que viene, sino en lo que ya ha pasado. Recordar todas aquellas antiguas amenazas que nos tenían en un sin vivir y a las que hemos sobrevivido. Recordar que nunca fueron tan terribles como pensábamos, y que al final pasamos por ellas con más gloria que pena, y aquí seguimos.
Recrearse en recordar todas aquellas situaciones en las que una vez pasado el susto y el mal trago, terminamos abriendo una botella para brindar por el buen final de la historia.
Centrémonos en recordar las batallas pasadas y ganadas, y así, cuando el espectro del futuro nos intente asustar con nuevas amenazas, rememorar cómo en el pasado hemos toreado y triunfado en peores plazas… y aquí seguimos, le escueza a quien le escueza, preparados para lo que venga y haga falta.
Disfruta la vida mientras puedas, y cuando veas que ésta se acaba, recuerda siempre que tú no eres cuerpo, sino alma.

