Miles de olivos serán sustituidos por miles de placas fotovoltaicas: ¿Está el mundo en manos de psicópatas dueños del poder?
Úrsula Von der Leyen, obediente a quienes se reúnen en Davos todos los años en el mes de enero, se ha apresurado a diseñar las medidas para rearmar a Europa. Son muy simples: acabar con el sector primario reduciendo las ayudas PAC a la agricultura y la ganadería, congelar el sueldo de los funcionarios y reducir el Estado del bienestar. Los presidentes de cada uno de los países que conforman La U E van a aplicar las mismas medidas a sus ciudadanos. Dicen que es por el bien de todos, lo que no dicen es que, sin haber llegado la guerra, ya empieza a sangrar el pueblo, pagano siempre de la codicia de unos pocos que bien podríamos catalogar de psicópatas sociópatas.
Aquí en España, nuestro gobierno, otro más, humillado ante los poderosos, va a sustituir miles de olivos por miles de placas fotovoltaicas por cojones, que no por mejorar nuestras vidas, sino para mejorar las cuentas de resultados de las empresas explotadoras de esas nuevas energías. Serán cientos de familias campesinas las que verán rotas sus vidas
Yo no tengo la más mínima duda de que el mundo está en manos de enfermos mentales, de psicópatas, de ciegos cegados por la codicia, de ratas de las finanzas, de señores y señoras con estructura física de humanos, pero con almas – quienes la tenga – podridas. Están tan cegados por su avaricia de dinero y de poder que no les importaría llegar a lo que la película Soylent Green preconizaba allá por los años setenta.
Soylent green, película de 1973 pero cuya trama se desarrolla en el futuro, concretamente en el año 2022, curiosamente un año vecino del actual, es una película distópica en la que, hace 52 años se muestran muchas de las cosas que están sucediendo en 2025 y que vienen arrastradas desde hace años porque el comportamiento de los poderosos – cuyos rasgos psicológicos y mentales, desde mi punto de vista, son claramente expresión de psicópatas y sociópatas – es muy semejante al comportamiento de las élites que aparecen en esa película y que han conducido a los ciudadanos a una vida precaria en todos los órdenes.
Robert Thorn (Charlton Heston), policía de Nueva York, investigando un crimen, accede accidentalmente a documentos que contienen el entramado perverso y desnaturalizado tejido por las élites empresariales y políticas para mantener el poder. Millones de personas viven hacinadas en calles y ciudades. La ambición de estas élites ha acabado con el sector primario y la agricultura y la ganadería han desaparecido. Para mantener vivos a los ciudadanos los poderosos, mezcla de empresarios, financieros y políticos a su servicio, han diseñado dos píldoras a las que han dado el nombre de Soylent Green que contienen todos los elementos necesarios para una alimentación completa y que se obtienen a partir de plancton marino. Pero no es así.
Ayudado por su amigo “Sol” Roth (Edward G, Robinson), Thorn consigue desentrañar los oscuros secretos del complejo al que llaman “El Hogar”, un secreto inimaginable: Todos los ancianos y todos los enfermos terminales ingresan en “El Hogar” para ser, tras una muerte por eutanasia, reciclados en proteínas que pasan a ser las píldoras que se anuncian como procedentes del plancton, un plancton que, hace ya muchos años desapareció de los mares, ninguno de los cuales alberga ninguna clase de vida por su elevada contaminación. Las vitaminas y minerales necesarios para la vida de los ciudadanos son producidos químicamente y ofrecidos a los ciudadanos en forma de píldoras. De esa forma el aporte vital alimenticio para los ciudadanos está compuesto por dos píldoras al día. La píldora de frutas y verduras y la píldora de proteínas Eso sí, los pocos alimentos frescos como carne, leche, fruta, huevos, verduras, vinos etc. son de consumo exclusivo de las élites.
El coronel no tiene quien le escriba es un relato de Gabriel García Márquez. Su final es este: “Es un gallo que no puede perder – Pero suponte que pierda – Todavía faltan cuarenta y cinco días para pensar en eso – dijo el coronel. La mujer se desesperó. – Y mientras tanto qué comemos – preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.
Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años – los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto – para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
Mierda.
Con las directrices impulsadas por los dueños del mundo y obedecidas ciegamente por los gobernantes; nosotros al paso que va la agenda 2030, terminaremos como el coronel de García Márquez: a la pregunta que nos hagamos a nosotros mismos de que vamos a comer, responderemos:
Silicio, arseniuro y fósforo (*) …Y a nuestros muertos
Pero las ciencias y el progreso avanzan que es una barbaridad.
(*) Estos son los materiales de los que están compuestas las placas fotovoltaicas
