El Gobierno ha cancelado la compra de los 50 «cazas F-35» a Estados Unidos para adquirir los modelos franceses «Rafale», mucho menos avanzados, más caros y encima no se podrá disponer de ellos hasta el 2040, como muy pronto y, mientras España a merced, incluso, de países como Marruecos.
Detrás de esta decisión no hay una estrategia política seria , sino, simplemente una pura y sectaria ideología: el «antiamericanismo» y la patologica «obsesión por romper» lazos con nuestros principales aliados marcan el rumbo de Sánchez.
Pedro Sánchez y su Gobierno vuelven a colocar sus fobias ideológicas por encima de los intereses estratégicos y geopolíticos de España. Esta vez, el despropósito ha sido la ruptura unilateral del contrato de compra de los aviones-cazas F-35 estadounidenses, para sustituirlos por los cazas franceses «Rafale», una decisión que, no solo, debilita la defensa nacional, sino que revela una vez más la «Americanofobia» e «Israelfobia» estructural que anida en lo más profundo del sanchismo más rancio y cicatero.
Los F-35 no son un capricho ni una compra simbólica, sino la mejor opción para la defensa de España: se trata del avión de combate más veloz y avanzado del mundo; su sistema furtivo, su capacidad de interconexión con otros sistemas aliados de la OTAN, su versatilidad naval y su nivel de fiabilidad lo convierten en una pieza clave en la disuasión militar moderna. En el marco de la OTAN, la compra de los F-35 significaba, no solo reforzar nuestras capacidades defensivas, sino consolidar la interoperabilidad con nuestros aliados más relevantes, como EE. UU., Italia o el Reino Unido.
Pero para Pedro Sánchez y sus conmilitones socios de las extremas izquierdas, «eso» parece ser un grave problema, en vez de una necesaria y eficaz solución. La decisión de comprar el modelo francés «Dassault Rafale», es un disparate desde el punto de vista económico, logístico y tecnológico. El «Rafale» –aunque es un avión respetable– no tiene las mismas prestaciones furtivas del F-35, ni su capacidad de integración digital, ni su compatibilidad con plataformas aliadas. Tampoco puede operar desde portaviones como el “Juan Carlos I” sin adaptaciones especiales, algo que el F-35 sí permite hacerlo de forma inmediata. Más dinero, menos capacidades. Más dependencia, menos soberanía.
Además –el giro hacia Francia– nos supone también asumir unos costes logísticos y de mantenimiento mucho más caros , ya que ello implica transformar buena parte de la infraestructura técnica actual, la formación de pilotos y la modificación de la cadena de suministros –adaptada en gran medida– a los estándares de la OTAN y de los EE UU.
Las preguntas son obligadas : ¿por qué se toma esta decisión? ¿por qué renunciar a lo mejor para comprar algo menos útil y más costoso? La respuesta no está en el Ministerio de Defensa, sino en el núcleo ideológico del Gobierno. Porque este Gobierno odia a los países de Occidente cuando no los puede manipular a su antojo.
Pedro Sánchez y sus socios comunistas y separatistas nos han impuesto una agenda profundamente «antiamericana» y «antiisraelí», disfrazada de diplomacia progresista, pero que en realidad responde a un odio ideológico a la cultura liberal, al liderazgo occidental y a todo lo que represente firmeza frente a los enemigos de la democracia.
No es casualidad –que Sánchez mientras se arrodilla ante Marruecos y China– mime a los regímenes bolivarianos y haga reverencias a los burócratas de Bruselas, mantenga una actitud de fría hostilidad con Estados Unidos y una abierta condena a Israel, país al que ha llegado incluso, acusar de «genocida», blanqueando así al terrorismo de Hamás y de Hezbolá. Y no es casualidad que –al mismo tiempo– su Gobierno frene la compra de tecnología militar israelí de última generación, clave estratégica para la defensa europea frente a amenazas híbridas, drones o ciberataques.
Esta ruptura con EE. UU. no es un gesto menor. En plena escalada geopolítica–con reales amenazas crecientes desde Rusia, Irán, China, Corea del Norte y el norte de África– el distanciamiento de Washington y Jerusalén nos convierte en un socio poco fiable, irrelevante y prescindible y en un país que renuncia voluntariamente a estar en la primera línea de la defensa occidental. Sánchez prefiere seguir en el club de los tibios, de los neutrales, de los equidistantes que no se mojan, aunque eso nos cueste vidas, alianzas y autonomía y daños irreversibles en relaciones estratégicas.
Y lo más grave es que estos ideológicos movimientos no tienen ningún respaldo de la sociedad civil , ni parlamentario ni estratégico. Solo obedecen a un sectarismo visceral, el mismo que impulsa a este Gobierno a romper la unidad nacional, destruir la independencia judicial, dinamitar el principio de mérito en las instituciones del Estado y bloquear la separación de poderes .
La defensa nacional no puede estar supeditada al capricho ideológico de un presidente– al que todo su corifeo ministerial denomina y considera como «el puto amo» –que para complacer a sus socios de la extrema izquierda y a las élites europeas «woke» vende la seguridad de los españoles al mejor postor del momento. Sánchez no quiere una España fuerte, sino una España dependiente, sometida y dócil. Una España sin aliados, sin capacidad militar real y sin voz propia en el mundo…y, para eso, no duda en utilizar su vengativa «ideología» como sabotaje.
Mientras otros países refuerzan sus ejércitos –con tecnología punta, con alianzas firmes y con visión estratégica– nosotros nos entregamos a una política de postureo, propaganda y sumisión ideológica. España se queda atrás. Y lo hace porque el presidente lo ha decidido así : sin explicaciones, sin apenas transparencia y, sobretodo sin vergüenza ni dignidad.
