La enorme fragilidad de las sociedades abiertas: enemigos internos, enemigos externos… y el dilema eterno: Atenas o Esparta

La enorme fragilidad de las sociedades abiertas: enemigos internos, enemigos externos… y el dilema eterno: Atenas o Esparta

A modo de anticipo

La historia, la filosofía y la experiencia de nuestro tiempo convergen en una certeza incómoda: toda civilización que no se defienda, perece; y toda comunidad que se aísle por completo, se marchita. Atenas y Esparta son más que dos ciudades del pasado: encarnan dos pulsos que laten en el corazón de cualquier sociedad libre. Atenas recuerda que sin apertura, creatividad y debate, la vida se empobrece y se convierte en mera obediencia; Esparta enseña que sin disciplina, cohesión y voluntad de defensa, la libertad se desvanece en el caos o cae bajo el yugo del más fuerte.

Europa y Occidente están hoy convocados a una madurez política que rehúya tanto la ingenuidad como el autoritarismo. No basta con evocar nuestros valores: hay que garantizar que puedan ser vividos. No se trata de militarizar el espíritu ni de apagar la palabra libre, sino de asumir que la libertad exige muros que la protejan y virtudes que la sostengan.

Si Atenas es el alma y Esparta es el cuerpo, ninguna puede sobrevivir sin la otra. La primera nos dice por qué vivir; la segunda, cómo seguir existiendo. Nuestra tarea es conjugar ambas fuerzas antes de que el tiempo y los enemigos —internos y externos— hagan irreversible la decadencia. Solo así la civilización occidental podrá legar a sus hijos no un recuerdo melancólico, sino una tierra viva donde aún valga la pena ser libres.

Introducción

Desde la Antigüedad, y especialmente desde que Tucídides narró la Guerra del Peloponeso, la historia nos enseña que toda comunidad política, por más virtuosa, rica y brillante que sea en su cultura y en sus instituciones, afronta siempre un dilema fundamental: cómo garantizar la supervivencia del orden común sin sacrificar la libertad y el espíritu que le dan sentido. Leo Strauss, en diálogo con los clásicos griegos y las lecciones trágicas del siglo XX, recuperó este dilema en términos que hoy resuenan con fuerza: ¿Atenas o Esparta?

Atenas simboliza la apertura: la libre palabra, el intercambio de ideas, el pluralismo creador, la autonomía individual y la búsqueda del bien mediante la razón y el debate. Esparta encarna la disciplina colectiva, la cohesión interna, la preparación constante para la defensa, la centralidad del deber y el sacrificio por la comunidad. Ambas representan virtudes necesarias, pero contrapuestas, cuya tensión nunca puede resolverse definitivamente: relajarse demasiado en los valores de Atenas abre la puerta a la debilidad y al caos; encerrarse solo en los valores de Esparta endurece hasta convertir la comunidad en un régimen opresivo.

La cuestión adquiere urgencia cuando se comprende lo que Cicerón ya advirtió y que Strauss repitió con insistencia: los enemigos más peligrosos no siempre llegan desde fuera. Son, más bien, los enemigos internos —esa “quinta columna”— quienes socavan la cohesión, manipulan el discurso público y utilizan las libertades para destruir el marco que las sostiene. Y, mientras tanto, los enemigos externos —ya sean potencias rivales, movimientos expansionistas o ideologías totalitarias— acechan y se fortalecen, a menudo alimentados por esa descomposición interna.

En el siglo XX, Hannah Arendt sumó a esta advertencia un diagnóstico inquietante: el mal no siempre es obra de fanáticos delirantes, sino que puede surgir de la rutina obediente, de la ausencia de pensamiento y de la sumisión ciega a estructuras que anulan la responsabilidad moral. Es la banalidad del mal, que permite a sistemas totalitarios perpetrar crímenes inimaginables amparados en una fría burocracia y en la obediencia mecánica.

Hoy, Europa y el conjunto de Occidente se hallan ante un desafío que combina ambas dimensiones: amenazas externas que proclaman abiertamente su voluntad de acabar con nuestras libertades —como el islamismo militante— y procesos internos de erosión cultural, política y moral que debilitan la voluntad de defensa. Para afrontarlo, no basta con reafirmar los ideales de Atenas ni blindarse al estilo de Esparta: la supervivencia requiere una síntesis realista que conjugue la apertura con la fortaleza, la libertad con el orden, la tolerancia con la vigilancia activa.

Este ensayo se adentra en ese dilema eterno, explorando las enseñanzas de los clásicos, el análisis straussiano, la mirada de Arendt y la necesidad urgente de que Europa diseñe un modelo político-cultural que preserve lo mejor de su tradición, pero que al mismo tiempo aprenda de quienes, como Israel, han sabido integrar en su vida cívica una defensa constante y eficaz de lo propio.

El lector encontrará aquí no solo una reflexión filosófica, sino también una propuesta concreta para forjar ese equilibrio imprescindible. Porque, en el fondo, la pregunta que plantea Strauss sigue sin respuesta definitiva: ¿Elegiremos el riesgo luminoso de Atenas, la solidez severa de Esparta… o seremos capaces de vivir en la fortaleza abierta que ambas, juntas, podrían inspirarnos?

Leo Strauss y el dilema político fundamental

El presente ensayo pretende abordar un asunto clave en la filosofía política actual: el análisis crítico del poder, la tiranía y la difícil relación entre los ideales clásicos y la política realista de hoy. Según Leo Strauss, interpretar a autores antiguos como Jenofonte y Tucídides no es solo un ejercicio académico, sino una forma de comprender mejor los problemas que afrontamos en la actualidad. Strauss rechaza la idea de que la política haya mejorado de forma continua; en realidad, los problemas fundamentales —el bien, la justicia, la libertad y la seguridad— siguen siendo los mismos que los antiguos debieron resolver.

Una idea central en su pensamiento, que se observa en su análisis de Jenofonte (Sobre la tiranía), es que el tirano no es solo un personaje histórico, sino una figura que puede repetirse en cualquier época. El diálogo entre Hierón, el tirano, y Simónides, el poeta, plantea la pregunta sobre qué vida es mejor: la del gobernante con todo el poder o la del ciudadano libre. Strauss usa esta conversación para mostrar los límites de las promesas modernas de progreso y libertad, y hace la advertencia de que las democracias abiertas son frágiles y pueden caer en violencia, fanatismo o tiranía.

De esta reflexión surge un dilema central —presente también en Tucídides—: el conflicto simbólico entre:

  • Atenas: apertura, debate, libertad individual y dinamismo, con el riesgo de fragmentación y vulnerabilidad interna.
  • Esparta: orden, cohesión, deber y sacrificio colectivo, con el riesgo de rigidez y opresión.

Para Strauss, ninguna sociedad abierta puede sobrevivir sin incorporar elementos “espartanos” de disciplina y unidad. Pero si se exagera ese aspecto, se corre el peligro de perder la libertad y caer en la tiranía.

Arendt y la banalidad del mal

Hannah Arendt confirma y amplía esta visión: los mayores crímenes del siglo XX no fueron ejecutados siempre por fanáticos poseídos, sino por personas corrientes que obedecieron órdenes sin reflexión. Adolf Eichmann fue el ejemplo paradigmático: un burócrata que cumplía instrucciones sin cuestionarse su justicia. Así actúa la banalidad del mal: convierte a individuos en engranajes que ejecutan políticas destructivas sin conciencia ni responsabilidad personal.

La amenaza liberticida contemporánea

En el siglo XXI, esta lógica persiste bajo nuevas formas. El islamismo militante opera tanto desde fuera como desde dentro de las sociedades abiertas, aprovechando su tolerancia para minar sus cimientos. Es la «quinta columna» interna de la que hablaba Cicerón: enemigos que, amparados por las libertades democráticas, trabajan para destruirlas.

Este peligro se amplifica por el buenismo ingenuo de muchas élites que, confundiendo tolerancia con complacencia, financian o justifican a quienes persiguen fines abiertamente contrarios a la civilización occidental.

El gobierno de los mejores y el esquema espartano

Strauss, siguiendo a Aristóteles, defendía un gobierno de los mejores: no por estirpe ni por riqueza, sino por virtud, sabiduría y capacidad. Pero estos dirigentes necesitan apoyo de “guerreros” preparados para:

  • Mantener el orden interno.
  • Hacer respetar la ley y los pactos.
  • Defender las fronteras.
  • Proteger a la clase productiva para que viva y trabaje en paz.

Esto exige un espíritu espartano: disciplina, cohesión, entrenamiento y sentido de deber. No es antitético a la libertad, sino que es la condición imprescindible para su existencia.

Aprender de Israel

Israel demuestra que es posible mantener una democracia viva, con cultura rica y economía dinámica, sin descuidar nunca la defensa. Para ello asume que la seguridad no se hereda ni se delega: se asegura día a día.

Europa, en cambio, ha actuado como si la paz fuera un derecho automático, reaccionando tarde y mal cuando se ve amenazada.

Propuesta integral para Europa

  1. Reconocer la vulnerabilidad de las sociedades abiertas.
  2. Formar élites políticas virtuosas y cultas.
  3. Reforzar defensas internas y externas con autoridad legítima.
  4. Proteger a la clase productiva y garantizar la cohesión social.
  5. Educar para la libertad responsable y la conciencia ética.
  6. Neutralizar a la quinta columna, al enemigo interno, con medios legítimos.
  7. Mantener la síntesis entre apertura y fortaleza.
  8. Aprender de experiencias útiles y adaptarlas a Europa.

Conclusión

El dilema de Strauss sigue abierto: ¿Atenas o Esparta? La respuesta correcta no es elegir, sino integrar ambas: la apertura y creatividad de Atenas con la cohesión y disciplina de Esparta. La libertad se marchitará sin fortaleza; la fortaleza degenerará sin libertad.
Europa debe actuar ya, porque el tiempo y los enemigos —internos y externos— no esperan.

Anexo cronológico: El dilema eterno de Atenas y Esparta en la historia

1. Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.)

El enfrentamiento entre la Atenas democrática y marítima frente a la Esparta oligárquica y militarista es la representación paradigmática del dilema. Atenas perdió no solo por los errores estratégicos y las epidemias, sino por desgastarse internamente y permitir que los conflictos entre los diversos «partidos» y facciones minaran su cohesión. Aquí se ve la vulnerabilidad de la apertura sin la suficiente disciplina.

2. La Roma republicana (siglos III-I a. C.)

Roma combinó virtudes “atenientes” como la participación ciudadana y el debate político en el Senado con virtudes “espartanas” como la disciplina militar y el cumplimiento del deber cívico. Ese equilibrio hizo posible la expansión y estabilidad durante siglos. El colapso de la República llegó cuando ese equilibrio se rompió: corrupción interna, ambición desmedida de caudillos y pérdida de cohesión.

3. El Imperio Bizantino (siglos IV-XV d. C.)

Herederos de Roma y de Grecia, los bizantinos supieron mantener durante siglos su cultura y fe mediante una defensa espartana de sus murallas y su capital. Pero cuando la corrupción interna y las disputas religiosas debilitaron la cohesión, ni las fortificaciones más sólidas evitaron la caída de Constantinopla en 1453.

4. La Revolución Francesa y Napoleón (1789-1815)

La apertura revolucionaria de 1789 generó una efervescencia política inédita, pero el caos y las divisiones internas facilitaron la llegada de un liderazgo autoritario que, aunque estabilizó Francia y expandió sus ideales, derivó en una deriva imperial que restringió y eliminó muchas libertades.

5. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

Francia y el Reino Unido subestimaron durante años el peligro nazi, aferrándose a un pacifismo ingenuo. El precio de no prepararse fue altísimo. Por contraste, el Reino Unido de Churchill supo combinar el espíritu libre y abierto con una resistencia espartana que resultó decisiva.

6. La Guerra Fría (1947-1991)

Occidente mantuvo su apertura interna, pero solo pudo contener al bloque soviético mediante una preparación militar y estratégica constante (OTAN) y una disciplina política que evitó fracturas fatales.

7. Israel contemporáneo (1948-presente)

Ejemplo actual de equilibrio: sociedad innovadora y democrática (Atenas), sostenida por un aparato defensivo permanente, entrenamiento cívico-militar y fuerte cohesión social (Esparta). Sin ese doble pilar, su supervivencia sería inviable.

8. Europa en el siglo XXI

Tras décadas de paz, muchas sociedades europeas se han inclinado demasiado hacia el confort y el buenismo, debilitando su capacidad para hacer frente a amenazas internas (quinta columna) y externas (islamismo militante, desafíos geopolíticos). El dilema de Atenas y Esparta vuelve a plantearse con fuerza.

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