Cuántas veces le he preguntado al Cielo, el porqué de la cantidad de muros que, forzosamente, he tenido que ir saltando, conquistando o, a veces, sorteando, desde que tengo uso de razón.
Muros, desafiantes y amenazantes, que interrumpían periódicamente el camino de mi vida, por donde tenía que pasar, sí o sí.
Y el Cielo, en su misericordia, me reveló el por qué. No el porqué del fin didáctico que tienen las dificultades que nos va presentando la vida, y que tenemos que superar para seguir creciendo. No; porque eso ya lo sabía. Lo que me fue revelado fue el ´POR QUÉ MUROS´.
Tuve la visión de un padre en plena calle, tapándole los ojos a su hijo pequeño, para que no viera como los servicios sanitarios recogían y metían en una bolsa, el cadáver de la víctima de un accidente de tráfico. Tiempo tendría el niño, seguramente pensó el padre, de ir conociendo, poco a poco, ´los encantos´ de la vida.
Entonces comprendí que el sentido de los muros no era dificultarnos el camino, sino el impedirnos la visión de lo que hay detrás. Impedir que veamos de golpe y al mismo tiempo, todos los malos tragos que nos queda por pasar, sí o sí, antes de llegar al final de nuestro destierro terrenal.
La razón de que sean muros opacos, en lugar de transparentes de cristal, es simplemente por amor y misericordia. El mismo amor y misericordia, con que el padre de nuestra historia tapó los ojos de su hijo pequeño, para evitarle ver antes de hora, los horrores de la vida.
Cuando tenemos un problema a corto plazo, o inmediato, nos entregamos en cuerpo y alma a solucionarlo, sin preocuparnos por lo que pueda venir detrás. Ya tenemos bastante con lo que hay, como para buscar más.
Una vez solucionado el problema (cruzado el muro), y tras unos cortos días de respiro, nuestra atención se fija en la siguiente amenaza que se nos presenta. Y así de nuevo, vuelta a empezar; sufrimiento, angustia y ansiedad, por el nuevo muro que, sí o sí, tenemos que atravesar
Muro, cortina, o velo, qué más da. Lo que sí tengo claro es que la muerte no es más que un muro más, tras el cual sigue nuestro largo camino de regreso al hogar.

