Hace días, cuando mi dirigía a mi modesta librería del barrio que tiene como lema una frase del filósofo español Emilio Lledó Iñigo: “La lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad”, observé que dos fotógrafos trabajaban desde la acera captando imágenes del escaparate. Me llamó la atención tanto despliegue porque su decoración navideña no era para disparar cohetes.
Instantes después uno de ellos entró al local y yo lo hice detrás. Enseguida descubrí la razón de su frenética actividad: dentro estaba la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz Pérez, de pie, sacando libros de los anaqueles, pronunciando en voz alta el título y haciendo un pequeño comentario de cada ejemplar, sin mirar a cámara y con perfecta naturalidad. Toda una consumada actriz, mientras fotógrafo y camarógrafo hacían su trabajo sincronizado. La escena era digna de cualquier película costumbrista. Con sorna pregunté a uno de los dos profesionales si costaba más el reportaje que estaban haciendo a la ministra que los libros que pensaba comprar la titular del ministerio. Le sorprendió la interrogación, que tuve que repetir, y con tono tosco y semblante cansino me contestó. “A mí me es igual. Yo cobro lo mismo”.
Cuando recogí los dos títulos encargados la condueña quiso meterlos en una bolsa de papel y la dije en voz audible dentro del recoleto local que no, que ahorráramos para pagar los impuestos extractivos que nos ponía el desgobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón (Cien subidas de tributos y cotizaciones desde que es presidente). Demostrando su profesionalidad, Yolanda Díaz no se inmutó, siguió interpretando su papel de fiel consumidora de Gutemberg, mientras su corte mediática trabajaba a destajo. Al salir entré en la peluquería en la que me arreglo el pelo, situada pared por medio de la librería, y a su dueño, amigo y gran profesional de larga data le dije: “Tienes a la ministra de Trabajo en la librería”. “Sí -me contestó- la he visto entrar”.
Al llegar a casa comenté la escena a mi mujer y la adelanté que pronto veríamos el reportaje de Yolanda Díaz en televisiones y redes sociales. No me equivoqué: a las pocas horas se cumplió el pronosticó y vimos a la titular de Trabajo comentando en “mi librería del barrio” los libros que, supuestamente, le interesaban y cerrando el publirreportaje con la ministra saludando al peluquero en su puerta, en la que no pudo añadir con voz propia “en la peluquería de mi barrio” porque es masculina. Uno de estos días me pasaré para saber si Joel cobra derechos de autor o le han pagado como extra.
En estas y otras añagazas se gasta el Gobierno parte del dinero que nos quita en impuestos injustificables: en comunicación, publicidad y marketing o mercadotecnia. Y esta última consiste en un conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio, especialmente la demanda, vendiendo lo invendible, aunque se recurra a mentiras y patrañas.

