Irene Montero y Óscar Jaenada: Izquierda y estupidez van de la mano

Irene Montero y Óscar Jaenada: Izquierda y estupidez van de la mano

«Cuando individuos estúpidos actúan juntos, el daño que provocan crece de manera exponencial. Si encima están bajo la influencia o el amparo de malvados inteligentes —aquellos que ascienden al poder y saben manipular a los demás—, las consecuencias pueden ser catastróficas. No se trata solo de ineptitud: es la combinación letal de ignorancia, desfachatez y cálculo maquiavélico, mucho más peligrosa que la acción de personas inteligentes, por muy capaces que sean.»

Este fin de semana nos ha ofrecido un espectáculo digno de ser registrado en la historia contemporánea del disparate político. Dos figuras de la izquierda mediática y política han vuelto a demostrar, con declaraciones públicas, que la combinación de ideología izquierdista y estulticia es letal. Por un lado, el artista “Jae-Nada”, cuyas recientes opiniones son un catálogo de inexactitudes y obviedades, y por otro, Inane Montera —Montero, la consorte del estalinista Pablo Iglesias—, conocida por su historial de tropelías legislativas y pronunciamientos impresentables, como la ley de “sólo sí es sí” que, paradójicamente, redujo penas para abusadores y delincuentes sexuales.

Montero no se detiene ahí: ahora defiende un reemplazo demográfico de España a favor de inmigrantes, con el fin de desplazar a quienes considera “fachas”. Esta perspectiva no solo es puro fanatismo, odio a España, sino absurda, y muestra la desconexión entre la teoría progresista y la realidad social que gobierna.

Estas conductas nos recuerdan las enseñanzas de Carlo María Cipolla, cuyas célebres “Leyes fundamentales de la estupidez humana” no solo siguen siendo válidas, sino que son perfectamente aplicables, con precisión, al panorama político español contemporáneo. Cipolla enseñaba que:

  1. Siempre se subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que alguien sea estúpido es independiente de cualquier otra característica personal.
  3. Una persona estúpida causa pérdidas a otros sin obtener beneficio propio.
  4. Los no estúpidos subestiman constantemente el potencial dañino de los estúpidos.
  5. La persona estúpida es el tipo más peligroso de todos; incluso más que el malvado.

La izquierda, en su expresión moderna, ha institucionalizado una forma de estupidez ideológica que se manifiesta en la política, en la universidad y en los medios. La “estupidez progresista” no es solo ignorancia: es una combinación de dogmatismo, oportunismo civil y abdicación del pensamiento crítico. Se manifiesta en leyes que parecen generosas en el papel pero que generan caos en la práctica, en discursos que confunden moralidad con estética y en el rechazo absoluto a cualquier análisis complejo de la realidad.

Como señalaba Cipolla, los estúpidos son imprevisibles, irracionales y capaces de causar un daño desproporcionado. Cuando ocupan el poder o poseen capacidad de influir en políticas públicas, los resultados son devastadores: desde la ruina económica hasta la degradación moral de las instituciones. España, siguiendo esta lógica, se ha convertido en una meritocracia a la inversa, donde los incompetentes ascienden y los capaces quedan marginados, tal como lo describió Joaquín Costa hace más de un siglo.

El idiota izquierdista contemporáneo se mueve en un universo maniqueo: “o estás con nosotros, o eres facha”. Para ellos, la realidad se reduce a narrativas polarizadas; cualquier evidencia que contradiga su dogma es ignorada, reinterpretada o demonizada. No importa la lógica, la historia o la evidencia: la adhesión a la corriente ideológica es lo único que cuenta.
Aun así, existe una paradoja curiosa: estos idiotas despiertan afecto o conmiseración, nunca ira. Su aparente pureza y convicción irracional les permite seducir a las masas, mientras la sociedad, a menudo incapaz de contrarrestar la estupidez organizada, se expone a daños que podrían haberse evitado. La política de hoy demuestra que no hay peor enemigo que el estúpido con poder, especialmente cuando cree que su ignorancia es virtud.

Si Cipolla levantara la cabeza, seguro esbozaría una sonrisa amarga. La estupidez organizada, la que se viste de virtud y se arroga moral, se ha convertido en un actor central de la vida política española. Pero en España, la estulticia no solo es social: se institucionaliza, se legisla y se premia como mérito. Costa lo predijo: la meritocracia a la inversa selecciona a los peores, aparta a los competentes y otorga prestigio a la mediocridad. Hoy, los gestos simbólicos, la narrativa moral y la teatralidad mediática son las verdaderas credenciales de poder.

Los arquetipos de la idiotez performativa

Tomemos, por ejemplo, a Jaenada: actor, «intelectual mediático», portavoz de ocurrencias ideológicas. Sus intervenciones recientes muestran cómo se puede combinar juicio moral absoluto con desconexión total de la realidad. Sus discursos son un muestrario de la “estupidez performativa”: categóricos, emotivos, y más preocupados por la reacción que por la coherencia. Jaenada no solo representa un arquetipo cultural: es un espejo de cómo la emoción puede sustituir a la razón en la opinión pública.

Ocurrencias más relevantes de Jaenada:

  • Jaenada ha afirmado, sin rodeos, que «el artista de derechas no existe, no es artista», negando valor artístico a quienes no comparten sus posiciones ideológicas.
  • En esa misma entrevista declaró que **en Madrid “no paraba de cruzarse con fascistas”, razón por la cual decidió mudarse a San Sebastián buscando “paz y tranquilidad”.
  • Otra de sus intervenciones, reproducida en columnas de opinión, incluye la frase: “a ver si volvemos al 36, me cago en Dios”, en un contexto de frustración y falta de claridad argumental en sus expresiones públicas.

Esos tres fragmentos suponen el núcleo de la controversia generada: una negación tajante del valor del arte fuera de su propio espectro ideológico, la asignación de etiquetas políticas a espacios sociales amplios (como Madrid) sobre la base de experiencias personales, y un uso explícito de una referencia histórica incendiaria sin contextualización racional. Todos ellos han sido ampliamente discutidos y criticados en medios e incluso por comentaristas culturales, que señalan la falta de rigor y la naturaleza «polarizadora» de tales expresiones.

Por su parte, “Inane Montera” —figura pública, legisladora y ministra— encarna el epítome de la política sentimental. Sus leyes, sus discursos y sus apariciones públicas reflejan la misma lógica: priorizar el gesto sobre la eficacia, la narrativa moral sobre la evidencia, y la emoción sobre la técnica. La ley del “solo sí es sí” es apenas un ejemplo visible: un decreto pensado para exhibir virtud que, en la práctica, generó incoherencias legales y debates acalorados en la sociedad y en los tribunales.

No está de más recordar algunas de las ingeniosas ocurrencias de Irene Montero:

Irene Montero:

1. La llamada ley del “solo sí es sí”

Irene Montero promovió y defendió ante el Parlamento español la Ley Orgánica de garantía integral de la libertad sexual, conocida mediáticamente como la ley del solo sí es sí. Esta norma introdujo cambios en la definición de consentimiento sexual y en la tipificación de delitos sexuales, y fue objeto de fuertes críticas porque, según opositores, generó vacíos legales que permitieron rebajas de pena a agresores.

2. La controversia sobre educación sexual infantil

En septiembre de 2022, durante una comparecencia en la Comisión de Igualdad del Congreso, Montero afirmó que “todos los niños, niñas y niñes de este país tienen derecho a conocer su propio cuerpo, a saber que ningún adulto puede tocar su cuerpo si ellos no quieren… tienen derecho a conocer que pueden amar y tener relaciones sexuales con quien les dé la gana, basadas, eso sí, en el consentimiento”.

Estas palabras generaron una polémica inmediata en redes sociales y en la esfera política, fueron multitud los españoles y en el extranjero, los que calificaron el discurso como apología de corrupción de menores, e incluso presentaron querellas ante el Tribunal Supremo alegando que, implicaban un llamamiento a conductas tipificadas como delito de corrupción de menores en el Código Penal Español.

Algunos, para defender a Irene Montero, afirmaron que lo difundido estaba siendo sacado de contexto y que la intención de Montero era al contrario, defender la educación sexual integral para dotar a niñas y niños de herramientas para identificar el abuso y protegerse, no para modificar penalizaciones legales.

3. Reacciones políticas y mediáticas

Fueron muchos los que calificaron las declaraciones de la consorte de Pablo Iglesias como una defensa de la pederastia, fueron muchos los que la acusaron de justificar o normalizar prácticas que en España están penalizadas como delitos contra la libertad e indemnidad sexual.

Estas reacciones incluyeron demandas de dimisión, acusaciones de “apología de pederastia” y querellas judiciales, así como debates mediáticos intensos alrededor del significado real de las palabras de la ministra.
Irene Montero y la polémica sobre inmigración

Más allá de sus declaraciones sobre educación sexual, Montero ha hecho afirmaciones que han causado enorme revuelo en redes y prensa. En entrevistas y actos públicos recientes, ha señalado, textualmente, que “sería deseable un reemplazo poblacional en España”, sugiriendo que los flujos migratorios podrían modificar la composición social y cultural del país, y refiriéndose a los españoles que no comulgan con su ideología como “fachas”.

Estas declaraciones han sido inmediatamente interpretadas como un llamamiento a priorizar a ciertos grupos de inmigrantes sobre la población autóctona, lo que ha ocasionado una polémica que alcanza tanto el ámbito mediático como el político.

Sus ocurrencias recientes sobre inmigración y reemplazo poblacional, además de su enconada defensa de ciertos discursos simbólicos, muestran cómo la emocionalidad y la ideología pueden arrasar con la lógica más básica. Montera, como arquetipo, es el ejemplo de la estupidez que obtiene prestigio, protegida por el blindaje moral colectivo y celebrada por la ovación mediática.

Legislación simbólica y política performativa

El teatro legislativo contemporáneo en España a menudo recuerda a aquellas obras de Calderón donde la forma prima sobre el contenido: se legisla para mostrar virtud y ganar aplausos, no para resolver problemas complejos. La política sentimental, el “gesto moral” y la narrativa performativa han sustituido la técnica, la lógica y la coherencia jurídica. Cada error es celebrado como compromiso ético, cada contradicción es blindada con moralidad performativa.

Cipolla habría visto aquí la confirmación de su Tercera Ley Fundamental: la persona estúpida causa pérdidas a otros sin obtener beneficio, multiplicando el daño cuando la sociedad la protege y premia.

El idiota perfecto español e hispanoamericano

Vargas Llosa, en su prólogo al Manual del perfecto idiota latinoamericano, describía al idiota ideológico como aquel que confunde virtud con inteligencia, indignación con conocimiento y emoción con razonamiento. En España, este arquetipo ha alcanzado refinamiento: los discursos de Jaenada y Montero muestran la mezcla de teatralidad, convicción moral absoluta y desprecio por la evidencia. La sociedad los premia no por resultados, sino por la intensidad de su emoción y la coherencia de su discurso performativo.

Aquí la estupidez adquiere prestigio: errores legislativos, contradicciones y leyes incoherentes no solo permanecen, sino que se celebran. La emoción reemplaza a la lógica; el aplauso reemplaza al análisis; y la mediocridad estructural se perpetúa, mientras la lucidez queda relegada a espectadores frustrados.

Conclusión: ruido premiado

La historia lo demuestra: ninguna sociedad colapsa por falta de talento; colapsa cuando el talento deja de ser necesario y la estupidez organizada obtiene prestigio. Cuando la emoción sustituye a la razón, la identidad moral a la evidencia, y el discurso moralizante, sentimental al pensamiento crítico, la política se convierte en espectáculo, y la sociedad en audiencia de su propia incoherencia.

Las opiniones y las conductas de Jaenada e “Inane Montera” muestran cómo la estupidez performativa puede convertirse en norma. La incoherencia deja de ser error: se celebra. La emoción deja de ser subjetiva: se institucionaliza. El ruido ya no es anomalía: es estructura. Y mientras la lucidez siga siendo un lujo, España seguirá premiando la estupidez con aplauso mediático y prestigio político.

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