Revolución en el arte 5. La disolución de la pintura

Por José María Arévalo

(Cuadrilla de Juan Centeno. Óleo de Eduardo García Benito, en la reciente exposición de la Sala Municipal del Museo de la Pasión, Valladolid.36×27)(*)

Entra ahora García Benito en el diagnóstico de lo que está ocurriendo en “nuestra época”, que “se alimenta de excitantes artificiales”. Continuamos, pues, con la reseña del discurso leído por García Benito en su recepción pública como académico de número, en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Valladolid, el 14 de Junio de 1962, que tituló “La revolución en el arte, el arte en la revolución”, publicado en el catálogo de la exposición “Eduardo García Benito en las colecciones privadas de Valladolid” que ha podido verse estos días en la Sala Municipal del Museo de la Pasión.

“Lo importante para el arte de una época –proseguía García Benito- es, quién le anima, quiénes son los animadores, los mecenas, para quien los artistas trabajan. En otros tiempos, cuando la sociedad estaba organizada bajo una jerarquía estable, los artistas trabajan para hombres entendidos; próceres educados en un ambiente de cultura tradicional y cuya situación social permitía no tener otra preocupación mayor, muchas veces, que las cosas del espíritu. Aristócratas que hacían versos como Ronsard, Garcilaso o Góngora. Príncipes de la Iglesia que protegían artistas como Rafael o Leonardo. Que construían palacios y catedrales.

Todo eso desapareció al final del siglo XVIII. Desde entonces el arte está en decadencia. Ya no hay mecenas que puedan dedicar su riqueza a proteger el arte. El más rico hoy, tiembla por que su fortuna se pueda hundir en una catástrofe de bolsa, en la próxima revolución, en un nuevo invento que destruya su negocio, y los que compran pintura, dejan a «expertos», que muchas veces se equivocan, la tarea de construirles, no una colección de verdaderas obras de arte, sino una inversión en objetos negociables, como un seguro de un mañana incierto.

Todo eso es artificial. El arte se ha convertido hoy en una especulación financiera. La publicidad que se da a las ventas públicas, es muchas veces únicamente eso, publicidad. Los precios asombrosos que se anuncian y que sorprenden, y los robos espectaculares son muchas veces únicamente eso; publicidad. Y así se crea un interés artificial, que permite el negocio. En realidad, ya no hay nada en que se pueda basar el valor de las cosas. Nada que sirva de norma y criterio en qué fundar un juicio lógico. Así como ha desaparecido el oro, medida monetaria para juzgar equitativamente el valor de las cosas y servicios, así han desaparecido todas las normas establecidas para juzgar el valor o mérito de las creaciones espirituales.

El poeta Paul Valery en su libro «Regards sur le monde actuel» nos dice: “La decadencia del arte actual proviene de la desaparición de todo método transmisible, de toda medida común, de toda comparación universalmente admitida. Todo es abandonado y reemplazado por una forma de espiritualismo revolucionario, de manera que toda obra es sospechosa si no representa algo rebelde. Nuestra época se alimenta de excitantes artificiales que necesitan aumentar continuamente la dosis para conservar su eficacia”.

Paul Valery escribía esto hace treinta años. Por aquel tiempo yo era joven, y como tal, con tendencia a seguir lo nuevo, lo del momento. Y el caso es que no me iba mal. Mis envíos a los Salones despertaban interés. Se hablaba de mí. Se discutía mi pintura. Pero lo que había dicho el poeta me preocupaba. Y me puse a estudiar a los maestros, a copiar humildemente sus obras para aprender su secreto.

Después de haber ejecutado algunas obras en la técnica de los maestros del XVIII, expuse éstas en los salones oficiales de París donde antes había yo obtenido mis éxitos. Mi esfuerzo no interesó a nadie. Un crítico dijo «de esto no hay que hablar, porque habría que quemar todo lo demás». Entonces empecé a comprender de lo que se trataba. Claro está, estos problemas no tienen interés para el profano o para el artista que no ve en su arte otra cosa que una profesión como otra cualquiera. Pero yo creo que el arte no es una profesión como otra cualquiera, el arte es otra cosa, el artista adquiere una responsabilidad que le obliga a reconsiderar su labor bajo otro punto de vista.

Mi ambición era oponerme a la disolución de la pintura. Crear un nuevo interés por lo bien hecho. Demasiada ambición para un hombre solo. Sin darme cuenta me estaba oponiendo a un movimiento poderoso de intereses creados y a una filosofía revolucionaria internacional que se lleva todo por delante.

Con el arte actual hemos llegado a la negación de la inteligencia.

La admiración estúpida de muchos intelectuales en busca de celebridad o que tienen miedo a que se les considere retrasados, o que están sencillamente al servicio de la revolución, consciente o inconscientemente ha hecho su efecto. Las grandes colecciones y los museos del mundo se están llenando de estupideces. Cuando yo llegué a París empezaba a organizarse allí el grupo cubista. Le capitaneaba, como he dicho, Pablo Picasso y con él algunos españoles amigos míos.

Yo creo que este arte, que finalmente ha acabado por triunfar, es un arte esotérico, de minorías, como el esperanto, propio a quien no tiene una lengua, una religión o una patria (y hablo en general), de tipo universalista y centralizador. El castellano ha unido a España y a las repúblicas hispánicas del otro hemisferio, con el denominador común de la lengua. Este denominador común hace que nos sintamos en comunicación natural y no necesitemos otro medio de expresión a nuestra propia personalidad. Las minorías políticas, lingüísticas o religiosas, necesitan un vehículo especial que les emancipe del opresivo y extraño denominador común, a fin de defender y afirmar su personalidad y particularismo. Yo he querido defender la tradición, por atavismo sin duda. Por haber nacido en esta ciudad castellana milenaria, enterrada en el centro de una nación que a través de todos los cambios y vicisitudes del mundo actual, trata de conservar valores permanentes de humanismo, heredados de cien generaciones. Tradición de la que Foxá ha dicho en una fórmula sencilla y breve: «Amo la tradición, porque creo que los muertos están vivos en nuestra sangre. Sin ella, habría que comenzar todo, como en el primer libro del Génesis».

Esto es lo que hace hoy el arte. Comenzar todo, todos los días. No habiendo regla, ya no hay un arte nacional. Todos copian a París, donde cada artista tiene que inventar un arte especial que le caracterice. Que le dé lo que se llama una personalidad. Y esto nos hace vivir en un perpetuo desorden, en un perpetuo galimatías.”

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2804/5845512637_eec36e11c6_z.jpg

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído