A vueltas con el tiempo

Por Javier Pardo de Santayana

(Café, París. Acuarela de Keiko Tanabe en amantesdelaacuarela. blogspot.com. 20×20)(*)

Supongo que mi improbable lector – si es que tal cosa existe – se preguntará una vez más “a ver por dónde sale éste”. Porque, para empezar, lo del título, es decir, lo de “a vueltas con el tiempo”, pudiera tratar tanto de los variantes efectos del clima atmosférico como de esa cosa que nadie sabe bien lo que es pero que pasa dejando sus huellas en nuestra propia piel. Por eso le adelantaré que lo que me hace hoy dar vueltas a la cabeza, y como usted podrá ver en un aspecto novedoso, es precisamente esta segunda acepción del vocablo.

Decía yo que nadie sabe bien qué es el tiempo en el sentido que acabo de apuntar, y me malicio que lo mismo le ocurría al mismo Einstein. Y sin embargo – curiosa paradoja – sabemos que es algo que podemos medir con la mayor precisión, desde el nanosegundo hasta los millones de años luz. Es, por tanto, una dimensión. Lo cual quiere decir que el hombre se halla instalado en el tiempo aunque no pueda verlo con sus ojos. Sí que se ven, por cierto, sus efectos; algo que no ocurre con las otras dimensiones conocidas. Y se tiene la impresión – creo yo – de que el tiempo “pasa por uno”, aunque con la duda de si no será lo contrario, es decir, si no será uno quien pasa por él, puesto que siempre está y ha estado ahí presente.

No me enredaré en si el tiempo tiene o no un comienzo, porque, como mortal, tanto me cuesta imaginar un primer instante que no esté precedido de otro anterior, como concebir la eternidad, es decir, una realidad que escapa de la experiencia del hombre. El resumen es que debemos reconocer que con esto del tiempo nos hacemos unos líos verdaderamente horrorosos. Por ejemplo, si el pasado no existe porque ya dejó de ser, y el futuro tampoco y con mayor razón – porque aún no ocurrió y ni siquiera se sabe cual será -, sólo nos queda el presente, que, al carecer de una dimensión propiamente mensurable, está muy cerca de la no existencia.

Mi experiencia es que los hombres solemos obsesionarnos con el tiempo llegada cierta edad. La razón está en que juega con nosotros una partida de cartas marcadas, puesto que, además de no saberse ni siquiera qué es, nos esconde una cuestión de vida o muerte: esto es, cuándo y cómo será nuestro final. Encierra, por tanto, una permanente incógnita que planea sobre nuestras cabezas desde el momento mismo de nuestro nacimiento y que puede resumirse en una frase tan aparentemente banal como inquietante: cuánto vamos a durar, es decir, dónde se quedará el final de nuestra historia.

Y aquí viene el tema al que quería yo llegar y que puede causar cierta sorpresa. Me refiero a cómo visualizamos el tiempo. Me lo pregunto porque como terrícolas que somos, asentados en un paisaje planetario y rodeados de toda clase de trastos naturales y artificiales, necesitamos imaginar las cosas, es decir, percibirlas mediante imágenes más o menos concretas. En resumidas cuentas, tengo la impresión de que es difícil pensar en el tiempo – o lo que es igual, en la propia vida – sin que este pensamiento adopte en nuestra mente una cierta apariencia esquemática y secuencial.

Mi impresión general es que el tiempo – como un conjunto compuesto por pasado, presente y futuro – tiende a verse como una banda continua sobre la que se van imprimiendo los acontecimientos de nuestra vida. Esta banda estaría centrada en el presente, de forma que el pasado y el futuro se alejarán de nosotros hacia uno y otro lado. En este punto surge naturalmente una pregunta aparentemente ridícula: en el caso de que mi suposición fuera cierta, ¿hacia qué lado vería usted, por ejemplo, el pasado? ¿Hacia la izquierda o hacia la derecha? Una variante de esta visión representaría una especie de película fotográfica con una parte ya impresa compuesta por el pasado y el presente – éste más nítido y quizá de un color más vivo – y otra por imprimir, como una película todavía virgen.

Sería interesante recoger el testimonio de una muestra elocuente de personas que nos permitiera distintas versiones de esta visualización. Quizás nos llevásemos entonces la sorpresa de encontrar que hay quienes ven la secuencia del tiempo como de abajo a arriba, es decir, con el futuro como algo a lo que cuesta llegar y en cuyo camino hemos alcanzado ya una cierta cota. O quizás viésemos que algunos visualizan un futuro orientado hacia abajo. También me asombraría, por muy lógico que parezca, encontrar un esquema “en tres dimensiones”, es decir, con el pasado a la espalda y el futuro por adelante. Digo que me sorprendería porque uno tiende a ver las cosas como se contemplan en un libro o en un escenario.

¿Que cómo lo veo yo, pregunta usted? Pues vengo observando que ahora, cuando ya se me va echando encima el final de la secuencia, tiendo a diferenciar entre lo que fue la mayor parte de mi vida y el tramo en el que actualmente me encuentro situado. Y éste es un cambio relativamente reciente. Mi esquema de ahora parece consistir en una larga fase ascendente que en un momento determinado – que podría identificarse como el comienzo de la recta final – gira hacia la derecha y se dirige horizontalmente hacia un punto no determinado pero ya inquietantemente próximo.¿Que por qué este esquema y no otro? Pues la verdad es que no sé por qué. Quizá porque esta recta final es como un tiempo diferente.

Dirá usted que a quién se le ocurre sacar a colación un tema tan raro como éste, pero deténgase un momento y dígame si no hay en él verdades como puños, y si no le importa a usted el tiempo o no le inquieta el misterio que el futuro le tiene reservado. Dígame si cuando habla del devenir del tiempo no recuerda usted su juventud o no cavila sobre lo que aún le queda por delante; si no tiende a ver las cosas en un cierto orden de encadenamiento o encuadradas en un cierto esquema secuencial. Ahora se trata de meditar sobre estos esquemas para definir cual es su caso, preguntarse por qué es así y no de otra forma, e intentar explicarse cómo una dimensión invisible e inquietante como el tiempo tiende a materializarse como una imagen más o menos concreta en nuestras mentes.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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