Por Javier Pardo de Santayana

(San Sebastián. 1914. Óleo sobre cartón, de Joaquin Sorolla, en pintura.aut.org. 16 x 22)(*)
Los mayores recordarán a aquel alcalde tan culto que escribió un bando en latín. El mismo que dirigiéndose a los jóvenes universitarios les instó a “colocarse” y acabó exclamando: “Y ahora ¡al loro!” Con este lanzamiento no es extraño que muchos jóvenes buscaran la cultura entre las drogas y otras marranadas parecidas.
Éste pudo ser el lanzamiento de aquella añorada “movida” madrileña que, mitificada hasta la náusea, nos dejó “iconos” como Alaska, una esotérica muchacha de carnes cerúleas y estatura tan escasa como su voz, o un extraño dúo, especialista en provocar vergüenza ajena, formado por un tal Mac Namara – que salía a escena ataviado con falda y zapatos de tacón – y un entonces desconocido Pedro Almodóvar que también exhibía sus preferencias. Me refiero, sí, al famoso ¡Pedrooo! voceado por nuestra artista de Alcobendas, también conocida como Pe (no confundir con la Pe de Pérez).
Luego, nuestra cultura se fue ilustrando con consignas, formulitas de éxito arrimadas al gusto del poder, y artistas oficiales que se autoproclamaron la personalización de la cultura y dieron lugar a escenas tan “alipóricas” como las del dúo de marras. Así el numerito de las pegatinas o los sonrojantes spots publicitarios de “los artistas de la ceja”. Mientras tanto, los jóvenes sustituyeron el petardeo “transgresor” de la movida por las arcadas etílicas del botellón, sin abandonar en ningún caso, claro está, ni los pinchazos ni las rayitas que nos permitieron situarnos en cabeza de Europa aunque no fuera más que en eso.
Ahora tendremos ocasión de vivir una nueva e interesante experiencia: la de conocer otra novedosa versión de la cultura española, esta vez a cargo de ciertos intelectuales de taberna creadores de obras tan sublimes como el excelso “Borrón de Euskalerría”, que ustedes habrán visto multiplicado en concentraciones, manifestaciones, balcones de ayuntamientos, cuadrillas, fiestas populares y hasta carreras ciclistas. Así podremos reconocer la capacidad creativa de esa gente, hasta ahora limitada a su propia especialidad artística, que es el “happening”. Los “happenings” a los que me refiero” incluyen, como ustedes saben, el tiro en la nuca y la explosión de la bomba lapa. Pero si dudan de ello, esperen a ver como interpreta el perfil cultural de la bella Easo la muchachada del chiquito y la chistorra, que, más que a evocar las exquisiteces cortesanas de antaño o las ansias intelectuales del tradicional paisaje humano donostiarra – gente culta y educada, por no decir “de clase” – en el mejor de los casos se sentirá inclinada a glorificar los elementales efluvios del caserío.
Uno se pregunta cómo se puede vender nuestra cultura a tan bajo precio. Y se asombra de que una ladina maniobrita destinada al medro partidista y personal – denunciada y anunciada, por cierto, por un preclaro y ahora ya casi infalible político caracterizado por la limpieza de sus ideas y la honradez de su proceder – no sólo haya desacreditado a la justicia española, arrojado a un rincón a las víctimas del odio y entregado el poder a los cómplices de los asesinos, sino que, para mayor y más definitivo inri, haya dejado la interpretación de nuestra cultura, qué es como decir el “alma” de nuestra nación, en manos de quienes pretenden destruirla..
Digo que uno se pregunta todas estas cosas porque, en efecto, aquí se empezó por tergiversar el objetivo de la designación cuando, un individuo extranjero – como mínimo mal informado – reveló que el espíritu de pacificación había sido uno de los criterios decisivos para la elección de Donostia. Criterio que, además de ser un sangriento sarcasmo y no caber en el estatuto, se hizo a sabiendas de que la que en su día fue noble ciudad de San Sebastián había pasado a manos de otra nueva y cansina versión de una organización clasificada como terrorista por las más altas instancias internacionales. Manda eso que ustedes saben mejor que el señor Trillo.
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Como se ve palpablemente, estamos entrando en un mundo absolutamente kafkiano en el que el Estado se dedica a tirar piedras a su propio tejado para, de paso, fastidiarnos a todos. Un mundo en el que, en este caso, se habla de “cultura” cuando en realidad se trata de algo que no se parece a ésta ni por el forro. En resumen: un verdadero insulto para la verdadera cultura y también para mi inteligencia y la de ustedes mismos, y una prueba de quienes son los malos, los tontos, y los tontos útiles.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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