Delacroix, el primer pintor moderno

Por José María Arévalo

(Mujeres de Argel en su aposento, 1834. Óleo de Eugène Delacroix, en la exposición de Caixa Forum, cedido por el Musée du Louvre)(*)

Habían pasado por mis manos dos libros de las acuarelas que pintó Delacroix en sus viajes a Marruecos, de las que le servirían después para realizar sus famosos óleos de gran formato sobre temas orientales, quizá los más difundidos del gran romántico francés, que revolucionó la pintura de su tiempo al sostener que la emoción que genera una pintura está más en sus valores plásticos -materia, luz, color-, que en el asunto que representa, adelantándose así, como lo hicieran Turner y Corot, a la gran ruptura con las formas que supondría el impresionismo. Como ocurre con los apuntes del natural que tomaba Turner, la simplificación de su factura puede inducirnos a creer que estamos ya ante la desfiguración de nuestros días, cuando se trata de meros bocetos para captar una luz o un movimiento. No obstante, aquellos apuntes del natural revelan las intenciones del pintor y desvelan muchos de sus logros posteriores.

Así que estaba deseando ver la muy completa, con 130 obras, exposición que ha organizado La Caixa en colaboración con el Museo del Louvre, y con aportaciones de la National Gallery de Londres, el Metropolitan Museum de Nueva York y el Art Institute de Chicago –entre las sesenta colecciones que participan-, sobre el gran pintor francés Eugène Delacroix (1798-1863), una de las figuras más destacadas del Romanticismo. Es la exposición más importante desde la que le dedicó el Louvre en 1963 con motivo de su centenario. Afortunadamente lo conseguí el penúltimo día de la muestra en Madrid, el pasado día 14, aunque los próximos días se repite en Barcelona, pero ya nos queda mucho más lejos.

Sorprendente Delacroix, tan atrevido y variado. «Delacroix es búsqueda –manifestaba Sébastiene Allard, conservador jefe de pintura del Museo del Louvre y comisario de la exposición-. Se reinventa sin descanso. Su obra es un giro continuo para agotar cada tema y alcanzar la expresividad pura». Un pintor grande seducido por Goya y por España, clásico e innovador al tiempo -el primer moderno según Baudelaire- que sedujo a su vez a Picasso, Cezanne o Degas.

La muestra incluye sus más famosos cuadros, como Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi (Museo de Bellas Artes, Burdeos), uno de los bocetos de Muerte de Sardanápalo (Museo del Louvre, París) o Las mujeres de Argel en su aposento (Museo del Louvre, París), con la que ilustramos este artículo, el mejor fruto –se ha dicho- del crucial viaje de Delacroix a Marruecos en 1832, que forzó su paso por varias ciudades españolas y que el Louvre ha cedido para la ocasión a pesar de tenerlo declarado como imprestable. Cezanne aseguró que Delacroix «fundó la pintura moderna» con este cuadro excepcional.

También recoge aspectos menos conocidos de la producción del artista, como el retrato. Extraordinario el gran Retrato de Louis-Auguste Schwiter, que sedujo tanto a Degas que lo compró.

«Cuando pinto un cuadro no escribo un pensamiento» advirtió Delacroix en sus muy interesantes diarios, que recientemente han sido estudiados en profundidad y reeditados, y que arrojan nueva luz sobre la figura y las ambiciones de un artista que cuestionó la necesidad del tema en la pintura. De ese diario surge la nueva lectura del pintor en la que incide esta histórica muestra.

La exposición de Caixa Forum permite también acercarnos a la relación de Delacroix con España. Su obra evidencia una «fuerte influencia española» y «respira cierto aire goyesco» según Sébastien Allard, que –recoge la prensa- recordó como Delacroix fue uno de los primeros franceses en conocer los “Caprichos” de Goya, ya que en su viaje a Marruecos hizo escalas en Algeciras, Cádiz y Sevilla. «Todo Goya palpitaba a mi alrededor», escribiría el pintor francés a su amigo Pierret, manifestando su precoz interés por el arte goyesco.

En cuanto a acuarelas, efectivamente pude ver alguna de las que conocía por las ediciones de sus apuntes en Marruecos, con el encanto de la inmediatez en posturas, trajes y rostros de tan abigarrados motivos orientalistas. Los trazos rápidos y sueltos de estos apuntes contrastan con la perfección de una acuarela suya que también se exhibe, muy anterior, de 1827, “Cama deshecha”, donde el gran pintor demuestra sus dotes para el dibujo pero sobre todo para recoger contrastes de luces y sombras. Un dechado de acuarela, que bien me hubiera llevado para disfrutarla y, como no, copiarla una y otra vez. Me quedé con las ganas. Como de hacer otro viaje a Barcelona para recrearme en la exposición.

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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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