Por Carlos de Bustamante

(Vendimiadoras. Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)
La “señá “ Venilde, como tantas otras venildes castellanas -de Traspinedo en este caso-, quedó en casa cuando su hombre o sus hombres marcharon a trabajar al campo (Dehesa de Peñalba “la Verde”), para ganar el jornal imprescindible que, junto a los pocos ingresos de su “cachejo” de labranza, les permita vivir si no bien, con la dignidad al menos que merecen las familias labradoras. Dignidad tan sobrada de méritos como escasa de medios materiales.
La señá Venilde, como tantas… se levantó la primera de la casa; incluso antes del canto del gallo. Enrojó la lumbre y con una miaja de aceite, ajo rehogado, pimentón picantillo y los rebojos duros de pan sobrantes en el cajón de la mesa en la cocina, cortados en rebanadas, preparó a escape las sopas para su hombre el señor Demetrio. Comenzaba a despuntar el alba, cuando alforjas y hato al hombro, marcha “agudo” al corte que le espera en Peñalba. “Arrebaña” Venilde la cazuelilla “ande” hizo las sopas, y aún más aguda que su Demetrio por el atajo entre arenales a Peñalba, se apaña en condiciones el pañuelo en la cabeza y hace su entrada en el corral. Es un mundo –su mundo- de voces y algarabía: dejó de cantar el gallo y como su harén de “cuatro gallinas”, corre entre cacareos hacia su ama que les lleva la comida en un rebujo del mandil: ración medida de las granzas que arrojó la beldadora por la boca del infierno al beldar la pequeña parva de la cosecha del “cerial” que les dio el cachejo de media obrada que tienen junto al camino de las bodegas. Picotean y escarban las bobaliconas en el suelo lo que no hay, como llamada de atención para que les eche la diaria ración. Y como son bobaliconas, donde una picotea y escarba, acuden todas… para nada.
No por vista hasta decir basta, la estampa dejar de tener belleza. Por el momento la señá Venilde parece que ignora la corte de bobaliconas que la siguen. Va a lo suyo. Bajo el cobertizo con techo de los manojos de sarmientos secos de unos “líneos” que tienen de majuelo, están los nidales (cestillos deteriorados por el uso y el tiempo) donde ponen las gallinas. En una cesta aparente de mimbres muy blancas, recoge media docena de “buevos”. La puesta del día. Frescos y hermosos todos… menos uno. No está huero, no, aunque tuviera galladura; es que tiene sólo el cascarón. La misma gallina que lo parió entre cacareos estridentes, se zampó, hambrienta, el contenido. Bobalicona que padece ovofagia. Venilde que no entiende del nombre que mentó don Vicente el veterinario, la miró que taladraba y prosiguió la labor. El cortejo, despojado en los ponederos del fruto de sus entrañas, la persigue insistente. Al fin, mete la mano Venilde en el hueco del mandil y lanza puñados de granzas al tiempo que las dice satisfecha: ¡Pitas, pitas, pitas…! Pasado san Antón y las Candelas, las “pitas” se han portado bien. Hicieron bueno el refrán: “Por san Antón, la gallina pon; por las Candelas, la mala y la buena”. Se le acerca la ovófaga (antropófaga de los huevos… que pone) y continúa: ¡Pitas, pitas, pitas!…¡¡puta!! (con perdón, que es textual). Y prosigue las labores en el corral.
Del cobertizo-sotechado que hace de gallinero, cuadra, panera, almacén y marraneras-, surge la llamada destemplada y sonora de otro animal hambriento. Toma “deseguida” Venilde un cazo de patatas pequeñas, cochineras, cocidas en un pote, las mezcla y machaca con salvados de la propia cosecha, y la vierte en el pesebre del cochino. Con las pezuñas dentro de él y ansia infinita, devora la ración en menos de lo que canta un gallo. Y calla. También el gallo y su harén que, comidas las granzas, escarban incansables el suelo de tierra en busca de alguna lombriz o acuden al rincón de “servicio” para los de la casa.
Ni para almorzar descansa la señá Venilde. Toma la herrada de la cocina, la brocha de la “dispensa” y, como en todas las primaveras, “jalbiega” de blanco, muy blanco, toda la casa. Como la casa es pequeña y la Venilde trabaja rápido y bien, enjalbegadas todas las habitaciones, quedan blancas como la nieve.
Entra ahora un nuevo inquilino al corral. Es la cabra que viene de carear los pastos con las ubres como cántaros. Salió temprano de casa, y sin que nadie la condujera, se reunió con todas las del pueblo en la placilla donde las espera el cabrero de la “guariza”. A la vuelta, parte cada una del mismo sitio de reunión y sin saber, claro, de números, cada cabra entra en su casa; viviendas molineras todas, que a lo largo de las calles, en poco o en nada se diferencian unas de otras. Mas no para ellas que las conocen “divinamente”.
Deja la señá Venilde la herrada y la brocha y ordeña con maestría de pastor la vaca de los pobres. Un puchero bien lleno de leche superior para el gasto de toda la familia: el señor Demetrio, la señá Venilde y los tres hijos: Pepeíllo, Mariano y Margarita. Terminada esta labor, mira al basar donde tiene la olla y aunque se lo pida el estómago no cata ni una de las tajadas que contiene. Las que introdujo en ella con manteca del cochino de la matanza anterior. “Pa mi hombre-dice entre dientes- (los pocos que le quedan), que vendrá pronto hambriento y medio deslomado”. No descansa. Castellana de pura cepa, se “entriega” por entero al cuidado de la casa y de cuantos hombres, mujeres o animales moran en ella. Cambia de brocha y de herrada y en un verbo unta de almazarrón las baldosas rojas, que menos el pasillo de cantos que lleva al corral, palidecen por el uso. Blanco y rojo deslumbrantes, que lo son aún más cuando dadas de cera todas las baldosas, las saca destellos como la grana “restriegando” con la bayeta pegada al pie que la desliza sobre ellas con reciura e insistencia.
Llegan los hijos. Nueva labor: más largos los días, “entodavía” tiene tiempo para “cambearles” de ropa y llevar la sucia al lavadero del pueblo “ande” ahora se reúnen todas las comadres. Trabajan y ¡cantan! “restriegando” una y otra vez la ropa sucia con el cantero de jabón sobre la tabla rugosa.
Del sol que se acuesta tras el páramo de Peñalba, les llegan las últimas luces, mortecinas, del día. Recoge la señá Venilde la ropa limpia en un “barreñón” y vuelve a casa con él apoyado en la cadera. Enroja otra vez la chapa de la cocina y con los “buevos” cogidos por la mañana prepara a escape la cena “pa los chicos”. Reza con ellos las oraciones al acostarles, cuando suenan en los cantos del pasillo los cascos de la burra que entra con su hombre a horcajadas sobre ella hasta el corral. No son muchas las palabras que se cruzan, pero en el rostro de ambos, que lo dice todo, se lee divinamente el peso del día. Con una “miaja chicharro” de cena y un vaso de vino de la cosecha, el señor Demetrio marcha a la “habitación”. “Pa la función matamos a la gallina que se come los “vuebos”, dice bajo la gorra, que no se quita. A continuación, ronca como un bendito. La señá Venilde-muy recias las castellanas- aún tarda en conciliar el sueño.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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