Por Carlos de Bustamante

(Descargando la mies. Acuarela de Jesús Meneses del Barco, en la exposición antológica del Colegio Lourdes de Valladolid en 2006)(*)
En la cabaña de Ignacio, no se reunió el Gran Consejo; pero sí hubo “quórum” de asistentes para que las conclusiones pendientes fueran válidas. Desde la pequeña planicie, asiento de la cabaña, el panorama a la vista había sufrido un cambio radical. La brisa templada, aún al amanecer, circulaba a ras del suelo erizado de pajas punzantes donde antes ondeaban “los cabellos dorados de la jovencita”, acicalada para la gran fiesta del verano en el campo. El oro viejo del rastrojo pelado era sólo el vestigio de lo que, en más horas que días, fuera la maravilla de las mieses cargadas de pan. A pesar de ello, el contraste con los verdores intensos de la ribera, componían un espectáculo singularmente bello. Para que no careciese de ningún aliciente, a la hermosura de las vistas desde la altura, le acompañaban melodías tanto más melodiosas cuanto mejor conocidas: como las cluecas del corral, que tan bien conocía toda la familia de raposos, la perdiz madre llamaba insistente a los perdigones.
Los abejarucos entraban y salían de los orificios (nidos) en la cortadura de las derroñadas, en transporte continuo de la mercancía: insectos en el pico que los pequeños abejarucos en concierto ininterrumpido de clamores ininteligibles engullían una vez depositado el manjar en los picos siempre abiertos. Pero si había una melodía predominante, era sin duda el arrullo continuo de las tortolillas encaramadas en las ramas secas del populus nigra o, vigilantes, junto al nido sencillo de apenas “cuatro ramitas secas” en los zarzales. El carraqueo continuo también de las carracas madres que daban sosiego a los pequeños aposentados dentro del orificio practicado por sus progenitores en los pópulus albis secos.
Como instrumentos de sonido bronco en las orquestas -instrumentos de percusión- el cántico gutural de las palomas torcaces daba el ritmo a la sinfonía de la ribera, frente a la cabaña de Ignacio. El olor a paja seca y tamo, hizo soñar a Carolus con la labor manual de los agosteros en labores de siega, acarreo, trilla y panera.
Plagado el cielo de mosquitos y libélulas, los aviones (golondrinas) y vencejos, hacían su agosto con la superabundancia de manjares. Tras piruetas vertiginosas en las alturas superiores a la cabaña, se lanzaban como bólidos hacia el agua que, ajena a cuanto sucedía sobre ella, seguía, mansa, el camino marcado por los siglos. Con el pico abierto, tomaban con precisión la poquita agua necesaria para digerir la abundancia de alimentos.
Pese a la monotonía aparente, comida, bebida, acrobacias y vuelos a ras del agua, era un espectáculo siempre atrayente. Paz que penetraba en lo más intimo del observador enamorado de la naturaleza en pleno apogeo. A intervalos medidos, las aves con plumaje negro y blanco en la pechuga de los aviones, descansaban sobre las ramas secas de los sauces que besaban el agua del remanso. Rincón de paz en el que alternaban las pausas del continuo ajetreo aviones, abejarucos, vencejos, garzas reales y patos azulones.
Es de suponer que el alma especial de Escarcha, sus cachorros que también nos acompañaban hoy y la familia raposo, disfrutaran de sonidos y silencios de la ribera, junto al rastrojo.
De pronto, la voz cascada de Zorro El Viejo, rompió el hechizo:
-Si mal no recuerdo -dijo- hace unos días dejamos en suspenso el debate y conclusión de si era o no progreso la irrupción en el campo de la maquinaria como la que engulló en un santiamén toda la mies del cacho. Y digo, que ningún momento mejor que éste para dictaminar lo que no supimos o pudimos en el Gran Consejo. Vamos a estudiarlo con calma -añadió y terminó esta primera intervención introductoria-si Carolus no tiene inconveniente. Al sentir la mirada posada en mis ojos de muchos pares de ellos de mis amigos, tuve que responder:
-Aunque tenga mi opinión al respecto, dije con cierto engolamiento, más mi interesa vuestra opinión que la de los humanos. Y guardé silencio.
En ese preciso momento, irrumpió en el camino de la Dehesa, junto a la ribera, una caravana singular: en cabeza el gran bicho. El monstruo que engulló en un tiempo increíblemente corto toda la mies exuberante del cacho del Moral. No menos de siete obradas que, con los medios tradicionales, hubiera sido preciso un mes al menos, con todos los agosteros, para segar gavillar, acarrear, trillar, beldar y guardar el grano en la panera. Comenzaba a soñar, cuando el blanquísimo hijo de Escarcha, tomó la palabra:
-Acurrucado junto a mi madre y antes de pasar a Peñalba, escuché en el corral del caserío el estrépito de la caravana que pasa ahora frente a nosotros. Excepto mi hermana y yo, nadie (porque nadie había) prestó mayor atención al estruendo que conmovía hasta los cimientos de las casas. Pero ahora…
-¿Queeé…?, pregunté.
-Pero Carolus ¿es que no te has dado cuenta del silencio?, me respondió con la pregunta que no entendí.
-¿Silencio llamas al estrépito del bicho, dos tractores detrás con los enormes remolques volquetes metálicos? Pues si eso es silencio-añadí con sorna- que venga Dios y lo vea.
-¿Pero no te has dado cuenta Carolus?, preguntó ahora Raposilla La Guapa. Antes de molestar y molestarnos, toda esa tropa -añadió-, la ribera toda estaba envuelta en cánticos y música “de la nuestra” por todas las aves que la habitan al otro lado, como nosotros éste. ¿Las oyes ahora, Carolus? Y sin interrupción: ¿oyes ahora acaso las voces de los muleros, el chirrío familiar de los bujes de los carros, los cánticos de las espigadoras, o las bromas de los agosteros con el “muñeco” encima del último carro de mies? ¿Oyes acaso, amigo Carolus, -prosiguió- la música del organillo en las eras o de la charambita y el almirez que acompañan el baile de la jota de mozos y mozas? Nuevamente desperté del sueño por la sentencia de Zorro El Viejo:
-Pues si la cosechadora hizo callar no sólo el silbo amoroso de la ribera, sino de todo el valle nemoroso y que huyera con el personal también la alegría presente en el campo durante siglos, para mí que si no existen otros argumentos, el progreso, dijo tras las expresiones iluminadas, es una calamidad. Y, por el momento, declaro solemnemente a la cosechadora culpable.
Absortos todos en tales disquisiciones, nadie reparó en la ausencia de Escarcha, tras su intervención. Es preciso escuchar lo que a la hora del almuerzo trajo Escarcha como aportación aclaratoria.
Así pues, y si Dios es servido, será el próximo día el de las grandes revelaciones al controvertido progreso.
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