Por José María Arévalo

(The Bird, acuarela de Miki Leal expuesta en la muestra “Art Situacions. Una mirada prospectiva” en el Museo Patio Herreriano de Valladolid, que muestra el trabajo de diez artistas españoles y portugueses emergentes)(*)
En el capítulo “Grandeza y servidumbres de la Cirugía”, de la conferencia, “Humanismo y Cirugía: Grandeza y servidumbres de una profesión”, que estamos reseñando en esta serie, abordaba el doctor don José Rabadán Jiménez, catedrático de Cirugía de la Universidad de Valladolid, esta interesantísima cuestión de la relación médico-enfermo. “Cuando el hombre enferma merece un respeto absoluto. El cirujano sabe de sobra que no es dueño de la vida del paciente, puesto que nadie es dueño de la vida de nadie, y cada persona es sólo administradora de su propia vida. Sin duda alguna el enfermo es el primer responsable de su salud. Pero este hecho evidente, no faculta al paciente a esgrimir este derecho con un talante altanero, rechazando toda posible intervención del médico, como si se tratase de una intromisión en su propia vida”.
“A este respecto –continuaba el doctor Rabadán- me parece clarificadora la anécdota que ha narrado el Profesor Sanna en relación con Juan Pablo II. Como todos recordamos, tras el atentado sufrido por el Papa el 13 de mayo de 1981, fue intervenido urgentemente en un hospital romano. Posteriormente sufrió una grave infección por citomegalovirus, pasada la cual, se pensó en una segunda intervención. Los médicos querían retrasarla debido a su precario estado de salud. Entonces el Papa, que pensaba lo contrario, tuvo una reunión con todo el equipo médico, animándoles, entre otras cosas, a un diálogo continuo con sus enfermos.
Pasado el tiempo, el Profesor Sanna preguntó al Santo Padre si recordaba aquel discurso quejoso que les había dirigido y éstas son sus palabras: «Me respondió que entonces se sentía ya fuerte, aunque algunos le creían todavía demasiado débil, y que les había dado esa información para tratar de ayudarles; que les había explicado que el enfermo, en vías de perder su subjetividad, debía luchar constantemente por recobrarla y volver a ser sujeto de su enfermedad en vez de seguir siendo objeto de tratamiento; que los médicos no son responsables de este estado de cosas, ya que se trata de una pura cuestión de vida interior, pero que les conviene darse cuenta del peligro y de los esfuerzos que tiene que hacer la persona para reconquistarse a sí misma» (M.VV., «Juan Pablo II, del temor a la esperanza», Vol. 1, Ed. Solviga, S.L., Madrid, 1993).
A lo largo de la historia de la Medicina, la relación médico-enfermo ha sido heterogénea; el médico, como la parte fuerte, y el enfermo como la débil. Hoy no se acepta una relación de tipo «paternalista», que ha sido sustituida por otra «informada y compartida».
Algunos alegan que, al reforzarse los «derechos» del enfermo, se ha producido cierta deshumanización, aunque no debería ser así. Desgraciadamente se ha llegado a un enfrentamiento entre el principio de benificencia, propio del médico, y el principio de autonomía, propio del paciente, y mucho me temo que, de seguir este enfrentamiento o agravarse, pocos bienes se van a obtener, tanto para el médico como para el paciente. En realidad, de lo que se trata es de dar más protagonismo al enfermo como beneficiario de los sistemas de salud, lo cual nos parece algo muy positivo y muy deseable. De hecho, son cada vez más abundantes las quejas sobre la aplicación de criterios puramente economicistas en la gestión de los sistemas sanitarios, los cuales han llevado a descuidar lo que constituye el centro de la actividad sanitaria: la atención del paciente.
Para ello es necesario hacer los esfuerzos convenientes para conseguir una atención más personalizada del paciente. Por eso S.S. Juan Pablo II (Alocución a los participantes al Congreso de Cirugía, 19 de Febrero de 1987, Ecclesia, 2329, Madrid 1987) recomendaba en 1987 a los participantes de un Congreso de Cirugía: «Es necesario, pues, que se establezca un vínculo entre la esfera psicoafectiva del paciente y vuestro mundo interior de hombres, antes incluso que de profesionales». y ésta es la razón por la que el trato entre el cirujano y sus pacientes ha de convertirse en «un auténtico encuentro entre dos hombres libres…, entre una confianza y una conciencia» («El reto de humanizar la Medicina», Alocución 12 de noviembre 1987, Ecclesia 2350, Madrid, 1987) y esta «confianza» y esta «conciencia» son las responsables de que, a lo largo de la historia, se haya acuñado el conocido aforismo de que «el médico cuando puede curar, cura; cuando no puede curar debe ayudar, nunca hacer daño y siempre dar esperanza».
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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