Labores de Ayer. La avaricia rompe el saco

Por Carlos de Bustamante

(Bodega. Acrílico de Jesús Meneses del Barco, en jesusmenesesdelbarco .blogspot.com.52×75)(*)

La avaricia a veces y la necesidad otras. Decíamos “ayer” que con las patatas “trempanas” Palogán, don José sacó muy buenos cuartos. Aparte de darse como los hongos en las tierras feraces del Sotillo y riego fácil… , los precios en el mercado de las deseadas patatas nuevas, alcanzaron cotas desacostumbradas. Pagó don José jornales; bombo e insecticida para matar el “sapo”; eliminó créditos de los bancos que le “freían” a intereses; repartió a la familia buenos dividendos…

Ante tal éxito, mandó sembrar mayor cantidad de la acostumbrada de patatas tardías –las extraordinarias “Desireé”- en muchos de los cachos tenidos por excelentes. Nacieron “divinamente”; se criaron libres de yerbas y sapos; florecieron con vigor y, en fin, que a finales del verano “daba la bendición el verlas”: hermosas, fuertes, vigorosas de mata y con la tierra abultada y “arpada” en los “caballones”, con todos los síntomas de tener fruto abundante debajo.

Confiado en que los precios seguían altos y, obligado por la cada vez mayor ausencia de personal, adquirió-siempre emprendedor- dos máquinas, dos, arrancadoras de patatas.

Como las matas “Desireé ya daban “la color”, el señor Julio le propuso hacer una “probadilla”.

-Digo ó, jefe, que es en la tierra “ande” “tié” que demostrar que la máquina que tenemos es mejor que la mano del obrero, que no tenemos. Como en procesión marcharon tras el tractor que remolcaba la nueva adquisición de don José. Como las dos eran idénticas, probada una, de servir o no, igual sería para su “melliza”. Llegaron al cacho de la Matilla. Expectación. El gran cazo hendió la tierra mullida abarcando todo el “caballón” bajo la mata reseca. Según avanzaba, la toma de fuerza del poderoso “Jhon Deere” (yondire) accionaba las cadenas de la arrancadora que ascendía cargadas de las rojas Desireé. Por las varillas engarzadas en la cadena, subían rodando las patatas y se filtraba la tierra. En movimiento lateral, las que llegaban casi limpias caían sobre otras varillas que las vertían-muy abundantes- en la “chasconera”. De ella las recogerían las mujeres…. Para envasar.

-Digo ó, jefe, que con estas máquinas tan “extrordinarias” la agricultura está vencida.

-No tanto, Julio, no tanto, le contestó el jefe. Que aún-continuó- puede que veas cosas mejores….

-¿Mejores….? , ¡quisió!, le contestó mirando complacido la labor de las nuevas arrancadoras. Tomó el azadón, escarbó en la tierra removida y exclamó gozoso:

-¡Velay Jefe! ¡Ni tampoco una patata! Que la máquina arrancadora, o como demontres se llame, es “extrordinaria” y se acabó, terminó convencido el cachicán de las bondades del nuevo artilugio.

-¡Ta, ta, ta, tá… ¡, exclamó Vidal Peduco que había acudido al corte en “cuantis” que oyó el estrépito de engranajes, varillas y cadenas.

-Y ¿quién va a recoger “tantisma” patata si no tenemos “nian” media docena de mujeres “pa apañarlas de las chasconeras” y meterlas en el “envás”? , dijo sin ánimo de ofender, pero con los pies bien puestos en la tierra. ¿O acaso va a traer usted, jefe, una máquina que “luhaga” todo.

La cara de “Peduco era un poema cuando le contestó muy serio don Julio:

-Puede que lo veas, Vidal; puede que lo veas. ¡y no tardando!, concluyó convencido y convenciendo.

Peduco se rascó la cabeza bajo la gorra; sacó una miaja la punta de la lengua y marchó en silencio a cambiar todas las tornas abiertas para el riego en cantidad de cachos.

Pasó don Julio el dedo gordo por las rojas Desireé y al mostrarlas peladas al cachicán, éste asintió.

-No, no. “Entodavía” no están en condiciones y no se “puén” sacar hasta “diquiá” un mes ¡por lo menos! El jefe asintió preocupado. Preocupado, porque pasó el verano y entró el otoño… fresquito.

Don Julio aprovechó el lapsus, para organizar la siembra del cereal de ciclo largo. Tractores tenía; pero sólo la máquina con la que Mariano “Fogato” sembraba al paso cansino del par de mulas. Las que hace tiempo descansaban para siempre bajo las arenas del pinar. Nuevo desembolso para nueva máquina sembradora de múltiples botas por las que, al paso “agudo” del tractor caía, medido, el grano de trigo o cebada del referido ciclo largo. Con buen tempero el terreno previamente arado y las lluvias oportunas de otoño, si no nacieron con fuerza, al menos crecieron “para adentro”. Quien por entonces presenciaba estos tejemanejes, pensó para sí en el significado de este crecer sin mostrarse al exterior. Pensamiento que hoy, ya maduro, les invito a considerar: ¿podríamos aplicar esta lección de la naturaleza a nuestra “vida interior” en crecer para adentro durante los períodos de forzosa menor actividad exterior? ¿No será ahora, en el atardecer de la vida, cuando más deberíamos crecer para adentro?

Terminó en un verbo la siembra de otoño. Por la abundancia de lluvias, los regadores y “cuatro mujeres” pudieron finalizar también la vendimia. El otoño “fresquito” maduró las Dessireé a punto para que entrasen en acción las nuevas arrancadoras apenas estrenadas en la “probadilla. Pendiente don Julio del precio de las patatas en el mercado, decidió acelerar en lo posible la labor ahora mecanizada. Adquirió otra nueva herramienta, fundamental para reemplazar a la mano de obra que había emigrado. Las cuatro mujeres y pocos más regadores sin necesidad de ir al corte por las lluvias caídas, recogían en “conachos” las patatas que a ritmo acelerado dejaban las arrancadoras en las ahora rojas “chasconeras”. De los conachos, no iban a los sacos, sino que la “pala” (nueva herramienta) acoplada a otro tractor las vertía, incansable, al remolque volquete. Y deprisa -ahora todo eran prisas en el campo-, el volquete las depositaba bien amontonadas en el almacén.

Tanto bajaron los precios del mercado de mayoristas, que don Julio decidió almacenarlas en espera de mejor ocasión. Ahí -pensó-, pobre don José: “no comen pan”… Se equivocó de medio a medio.

El almacén quedó lleno hasta los topes. Y los precios bajaron y bajaron… El de las tempranas que animó a don José a mayores extensiones de siembra, parece que fue el pensamiento de la mayoría de los labradores. Antes de que se “marrotaran” almacenadas, necesitado de “cuartos” para pagar tanta maquinaria adquirida, decidió venderlas a una fábrica feculera. No cubrió “nian” los gastos. Heladas un año (recuerden-o sea, recuerdo: “la primera helada”, sin precio éste y metidos ya en el “ivierno”, dedicó toda su atención a las remolachas. Comenzar y recomenzar. Como la vida misma. Regeneró las tierras con el cultivo de la alfalfa. Quebró la fábrica deshidratadora. Definitivamente, el labrador nunca se hizo, ni se hace, rico con los negocios. “Pué” que sepan ustedes el nuevo giro que optó don Julio para sacar la Dehesa adelante o, simplemente, para sobrevivir. Será otro día si Dios es servido. Valga lo dicho, para hacer buena la sabiduría popular que don Julio “exprimentó” en carne propia: “La avaricia rompe…”

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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