Los lunes, revista de prensa y red

“La honradez perdida en España”, de Alfonso Ussía, y “Lugar de reconciliación y de paz”, de Victoria Prego

(Valle de los Caídos. Viñeta de Pepe Orcajo en orcajohumor. blogspot.com)(*)

LA HONRADEZ PERDIDA EN ESPAÑA

Artículo de Alfonso Ussía publicado en alertadigital.com el pasado día 3

Nadie se confunda. No defiendo un régimen autoritario. Sí a muchas personas decentes que lo tuvieron todo al alcance de sus manos y no permitieron que ni una sola peseta se desviara a sus bolsillos. He leído un formidable artículo del no menos formidable Manuel Martín Ferrand, en ABC. Se lo dedica a Claudio Carudel, y nos narra una inolvidable y divertida anécdota de un domingo en el hipódromo. La Yeguada Militar competía con varios de sus caballos, y en el hipódromo se presentó, conduciendo su «Seiscientos», el que era Vicepresidente del Gobierno, el Capitán General Muñoz-Grandes. España salía de su durísima posguerra y la economía temblaba. A Muñoz-Grandes no le gustó la cantidad de coches oficiales con matrículas del PMM presentes en el aparcamiento de socios. Habían acudido al hipódromo llevando a ministros, subsecretarios y altos mandos militares. Llamó a uno de los conductores, el de más rango, un brigada de Infantería, y le ordenó que volvieran a Madrid a sus respectivos garajes. Al término de la reunión hípica, los ministros, subsecretarios y altos jefes militares que habían acudido en sus coches oficiales con sus esposas se las vieron y desearon para conseguir un taxi que los llevara a sus casas. El Capitán General volvió en su flamante «Seiscientos».

El palacete de Castellana 3 albergaba la Presidencia del Gobierno. Era el Día de la cuestación en beneficio de la ayuda contra el cáncer. Presidía la mesa petitoria instalada ahí la esposa del entonces Presidente del Gobierno, el Almirante Carrero Blanco. La mujer de Carrero, Carmen Pichot, para agradecer a sus compañeras de mesa la colaboración prestada, encargó en el inmediato restaurante «Jockey», templo sagrado de la gastronomía madrileña, unas bandejas de canapés y unas bebidas. Llegó el Almirante y reconoció, por el inconfundible cuello verde de los camareros de «Jockey», a quien servía los canapés y las bebidas. Y amablemente le preguntó por el motivo de su presencia. «La señora de Carrero Blanco nos ha encargado este servicio». «Pues servicio cancelado», dijo Carrero. Y dirigiéndose al camarero, que era el célebre Torres, por quien supe del sucedido: «Muchas gracias. No tenemos dinero para pagar un restaurante tan caro. Dígale al señor Cortés de mi parte que considero sus canapés como su aportación a la lucha contra el cáncer». Cortés, enterado del asunto, se presentó en la mesa y depositó un generosísimo donativo.

Casualmente y por haberlos conocido desde muchos años atrás en Comillas, soy amigo de Agustín Muñoz-Grandes Galilea, Teniente General e hijo del Capitán General Muñoz-Grandes, y de Luis Carrero Blanco Pichot, Almirante de la Armada. Dos personas excepcionales, militares ejemplares y abiertos al respeto por todas las ideas. Sus padres fueron dos personajes con un poder ilimitado en todos los sentidos. Sus hijos no heredaron de ellos otra cosa que el ejemplo de la honestidad. Tanto uno como otro viven modestamente de sus pensiones de retiro después de cuarenta años de servicio a España en las Fuerzas Armadas. Se podrá discutir el beneficio o el perjuicio que las ideas políticas –para mí, supeditadas a la interpretación militar de su situación– procuraban en aquellos momentos. Pero nadie, ni sus más enconados enemigos, ni sus más resentidos adversarios, pueden poner en duda la decencia y honestidad de aquellos poderosísimos señores que durante decenios, y hasta su muerte, cerraron sus bolsillos al vuelo de una peseta ajena. Tomen nota los de ahora.

LUGAR DE RECONCILIACIÓN Y DE PAZ

Artículo de Victoria Prego publicado en El Mundo el pasado 16 de Septiembre

Antes de que fuera señalado por la izquierda española como un «museo de los horrores» el Valle de los Caídos era, descontados los museos, el monumento del Estado más visitado de España. Ahora, colocado en el centro de una virulenta polémica política, ha pasado a ser el tercero en el ranking.

Un sábado cualquiera por la mañana. Centenares de personas entran y salen de la Basílica y deambulan por el interior mirándolo todo. Son en su mayoría hombres y mujeres de 30 ó 40 años, parejas con hijos pequeños y veinteañeros con aspectos variadísimos. Rodean el altar sin prestar casi atención a la tumba de José Antonio Primo de Rivera pero deteniéndose todos largo rato ante la lápida de granito en la que pone Francisco Franco. Los mayores de 50 guardan un especial silencio al pasar ante la lápida. Uno de ellos puede incluso que esté rezando. El resto parece sentir sólo una vaga y lejana curiosidad ante lo que tiene delante. Todo esto sucede después de que los monjes benedictinos que guardan el Valle de los Caídos y atienden al culto de la Basílica concelebraran la Misa, todos alrededor del altar presidido por un magnífico Cristo clavado en un tronco de enebro que Franco eligió personalmente entre los que había en el monte y a cuya corta también asistió.

Porque resulta que este impresionante monumento sí que tiene la huella indeleble de Franco. Y no porque el general tenga allí otra presencia que la de sus puros huesos guardados bajo la lápida con su nombre. Tiene la huella de Franco porque fue él quien ideó que hubiera un Valle de los Caídos; fue él quien eligió personalmente el lugar donde había de levantarse el monumento; él quien supervisó directísimamente el proyecto, las obras, las esculturas de Juan de Ávalos –un republicano con carné de las Juventudes Socialistas– y hasta el diseño de la gigantesca cruz de piedra de 150 metros que preside la abadía. Y fue también Franco quien definió su cometido. Por eso es imposible, históricamente hablando, desligar el nombre de Franco del Valle de los Caídos. Ésta es su obra, sencillamente.

Desde 1937, mucho antes de que ganara la Guerra Civil, Franco tenía, según cuenta Diego Méndez, uno de los dos arquitectos del Valle, la obsesión de levantar un monumento con el que «honrar a los muertos cuanto ellos nos honraron». Desde luego, en aquel momento Franco estaba pensando en honrar a sus muertos, a los de su bando. Y eso queda claro en el decreto del 1 de abril de 1940, al año de terminada la guerra, que dispone que «se levante un templo grandioso […] en el que reposen los héroes y mártires de la Cruzada».

Pero 18 años después las cosas ya eran de otra manera. En 1958, un año antes de su inauguración, los gobiernos civiles informaban oficialmente a todos los ayuntamientos que el propósito del monumento era «dar sepultura a cuantos cayeron en nuestra cruzada, sin distinción del campo en el que combatieron, […] con tal de que fueran de nacionalidad española y de religión católica» puesto que se trataba de sepultarles en un lugar sagrado. E invitaban a que, quienes lo desearan, llevaran a enterrar allí a los suyos. La segunda condición para que los restos identificados fueran depositados en Cuelgamuros fue que ello contara con el consentimiento pleno de los familiares. A partir de 1958 empezaron a llegar a la cripta de la basílica las primeras cajas.

Ahora mismo la Basílica cobija en la cripta los restos identificados de alrededor de 35.000 caídos en el frente y en las retaguardias, la mayoría de los cuales, asegura el abad, pertenecen al bando republicano. De los que faltan hasta sumar la totalidad de los restos guardados allí, casi 100.000, procedentes la mayor parte de las fosas comunes abiertas en los frentes de batalla, no se conocen las identidades y sería hoy ya muy difícil su identificación. Esta es la realidad demostrable y documentada de los muertos en la Guerra Civil española que descansan en este Valle de los Caídos, objeto hoy de tan agria polémica.

Por lo que se refiere a los presos políticos que construyeron el Valle, estos son los datos. Durante los casi 19 años que duró su construcción trabajaron allí entre 800 y 1.000 presos políticos, nada de decenas de miles como quiere la leyenda negra divulgada. Nunca acudieron en régimen de trabajos forzados, como dice esa leyenda. Todo lo contrario: para ir a trabajar a Cuelgamuros los reclusos políticos tenían que solicitarlo oficialmente. Porque ocurría que las perspectivas penales, económicas y personales eran mucho mejores allí que en cualquier prisión.

En lo personal, porque los presos fueron autorizados a llevar a sus mujeres y a sus hijos, que se quedaron en muchos casos a vivir con ellos. En lo penal, porque los reclusos políticos podían redimir de dos a seis días de condena por cada día de trabajo. Los primeros presos llegaron a finales de 1942, dos años y medio después de comenzadas las obras, y al terminar 1950 no quedaba ninguno porque todos habían redimido ya sus penas y estaban en libertad. Muchos de ellos, sin embargo, optaron por seguir en el Valle como personal contratado. Y en lo económico porque las condiciones de los presos políticos eran idénticas a las de los trabajadores libres. Cobraban el mismo salario, aunque a los reclusos se les retenían las tres cuartas partes de la paga, un dinero que se les ingresaba en la Caja Postal de Ahorros para entregárselo a sus mujeres e hijos, si los tenían, o a ellos mismos cuando recuperaban la libertad. Cobraban los «puntos» por cargas familiares, las horas extraordinarias y estaban asegurados. Todo esto está documentado, además de avalado por los testimonios directos de quienes trabajaron allí.

Tampoco existieron nunca esos miles de muertos en el tajo que cuenta la leyenda negra ahora revivida y admitida como buena por casi todos. En los casi 20 años que duró la construcción se registraron exactamente 14 accidentes mortales. Y la mayor parte de las víctimas, si no la totalidad, fueron obreros libres que, por razón de la especialización de las tareas, eran la mayoría de los que estaban allí trabajando.

Ni siquiera está claro que Franco quisiera ser enterrado en el Valle de los Caídos, como se sostiene. El único testimonio existente en ese sentido es el del arquitecto Diego Méndez quien cuenta que, durante las obras, Franco le señaló a él un lugar junto al altar mayor y le dijo: «Yo, aquí». Nada más. No existe constancia escrita de este deseo ni nadie lo supo nunca: ningún miembro de su familia, ni tampoco el presidente del Gobierno. En los últimos días de la enfermedad del general, Arias Navarro le preguntó a su hija Carmen exactamente eso, y la respuesta fue «No».

Lo que sí consta es que las obras para acondicionar una tumba al otro lado del altar se realizaron a toda prisa estando el dictador ya irremediablemente enfermo. Consta también, y hay testimonio de ello, que a comienzos de los 70 Franco envió a su mujer a visitar la cripta de la ermita del cementerio de El Pardo, que está adornada por los mismos artistas que participaron en la decoración del Valle de los Caídos. Y consta que en esa cripta había una urna funeraria con capacidad sobrada para dos cuerpos y que, una vez enterrado Franco en Cuelgamuros, esa urna fue retirada. Y, finalmente, consta que allí reposan ahora en solitario los restos de su viuda, Carmen Polo.

Entre tantas conjeturas y tanta leyenda, hay, eso sí, una certeza: la de que el Valle de los Caídos es uno de los pocos lugares de España donde la huella física de Franco existe todavía. Y la de que sólo la destrucción del monumento, estilo Budas de Bamiyán, sería capaz de borrarla.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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