Por Carlos de Bustamante

(Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo”, en la galería zamorana Espacio36, en marzo pasado)(*)
Cuando comienzo a escribir estas líneas, es un día muy especial. A uno que a falta de actividad exterior vive de recuerdos, no le puede pasar inadvertido sin hacer, siquiera, mención de él. Me refiero a que hoy es la festividad de la Asunción a los cielos de Nuestra Señora la Virgen María.
De forma similar en cada uno de los pueblos de la Vieja Castilla, la celebración matutina era la tradicional de muchos siglos atrás: La Santa Misa solemne en honor de la Patrona en muchos de ellos. He visto tantas veces a los castellanos-obreros y a las cuadrillas de mujeres y chicos acudir al “corte” en la Dehesa de Peñalba, que “todo parecido con la realidad en este día de gran fiesta, es pura coincidencia”. Con antelación suficiente acuden al Templo las mujeres primero.
De no conocer las costumbres, nadie diría que son las mismas que cuantas bajaban a escardar, recoger patatas, ayudar en las labores de verano a los agosteros…, que las vestidas con las mejores galas de los días de fiesta grande. Sin los pañuelos que, como los “burkas morunos”, tapan los rostros, en este caso para preservar sólo la belleza que da la blancura, ahora parlan, parlan y ríen, en el atrio y con sol radiante de justo mediados de agosto –como sus personas y atuendos- antes de penetrar en la umbría del interior. Atuendos que aún llevan prendidos, como los más vistosos pendientes, olores a lavanda, tomillo, menta y romero con los que preservaban de la polilla dentro de armarios o baúles. Mujeres o mozas, en fin, que huelen “que da la bendición”.
Sin corbata los mayores, aunque abrochado hasta el último botón en el cuello de la camisa muy blanca o con ella los mozos, más modernos, miran y admiran a lo más florido del pueblo que aún se rezaga “una miaja”, para entrar luego con la sana intención de ser bien vistas antes.
-¡Vamos chicas, vamos todas “pa dentro”, que ya han llegado los hombres!, es la Margarita quien capitanea el plantel de bellezas, como rosas castellanas. Sonrientes, ocupan los bancos, que saben de mil festejos, mientras el sacristán “de toda la vida” hace vibrar con sonidos limpios la enorme campana en el último y definitivo toque de “terceras” más repique.
Los hombres apuran los “pitos de cuarterón” (picadura selecta). Con andares de viejos lobos de mar, que no son en absoluto, sino que, con motivo menos prosaico, se duelen de los pies con zapatos nuevos en vez de albarcas. Algunos por vez primera en el año, entran también parsimoniosos. El olor a pinares y jardines de las mujeres y mozas, se confunde ahora con el incienso en honor al altar y la Virgen en el retablo por encima de él, que sonríe preciosa. La blancura de las camisas y el colorido intenso de los vestidos, hacen desaparecer la umbría. La Iglesia es ahora toda un ascua de luz. Nobleza radiante castellana en un día de fiesta grande de la Madre, celebrado desde antiguo. Otra cosa será luego, finalizada la función religiosa. Entonces y utilizando todos los medios de transporte conocidos-muy lejos aún los de mar y aire por otros motivos-, vayan en busca de la frescura junto al cauce de arroyos y fuentes o de la gran ribera, para celebrar con el yantar que merece festividad tan querida e importante.
Permítanme ahora, aunque me vea obligado a un segundo artículo con el mismo enunciado, que, más serio, escriba algo de lo que, relativo a esta fiesta, dijo san Josemaría en la homilía pronunciada un 15 de agosto de 1961:
“¿Por qué este gozo íntimo que advertimos hoy, con el corazón que parece saltar del pecho, con el alma inundada de paz? Porque celebramos la glorificación de nuestra Madre y es natural que sus hijos sintamos un especial júbilo, al ver cómo la honra la Trinidad Beatísima.
Cristo, su Hijo santísimo, nuestro hermano, nos la dio por Madre en el Calvario cuando dijo a san Juan: “he ahí a tu Madre”. Y nosotros la recibimos, con el discípulo amado, en aquel momento de inmenso desconsuelo….
Ahora, la humanidad conmemora su inefable Asunción: María sube a los cielos, hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. Más que Ella, sólo Dios”.
Porque es una maravilla el razonamiento, continúo con palabras de la misma homilía:
“Mirad cómo los cristianos han descubierto, desde hace tiempo, ese razonamiento: Convenía –escribe san Juan Damasceno- que aquella que en el parto había conservado íntegra su virginidad, conservase sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Convenía que aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitara en la morada divina. Convenía que la Esposa de Dios entrara en la casa celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la Cruz, recibiendo así en su corazón el dolor de que había estado libre en el parto, lo contemplase a la diestra del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo que corresponde a su Hijo, y que fuera honrada como Madre y Esclava de Dios por todas las criaturas…
Ante ese cúmulo de gracias de que se encuentra revestida María y que culmina con la Asunción a los cielos, los teólogos han formulado con frecuencia: Convenía, Dios podías hacerlo, luego lo hizo. Estuvo libre del poder de Satanás; es hermosa -¡`tota pulchra´!-, limpia, pura en alma y cuerpo”.
Si, siempre, Dios es servido; si Dios quiere…, algo diremos otro día del transporte por mar y aire. Nos vemos…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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