Por Javier Pardo de Santayana

(Desde Cacela, Portugal. Óleo de Florencio Aguilera, en pintura.aut.org)(*)
El día de la Epifanía viene a comer a casa un sacerdote español al que acabamos de conocer en la parroquia de Santo António de Polana. Mis nietos, que, “mejorando lo presente”, son los niños más sociables del mundo, le toman de la mano con la mayor familiaridad y simpatía y le muestran los regalos traídos esa misma noche por sus Majestades.
La sobremesa discurre a la sombra del porche, junto a la piscina. Nos enteramos de que lo que trajo aquí a nuestro invitado fue su vocación misionera; luego tirarían de él para cubrir huecos y así acabaría en una parroquia e incluso dirigiendo un colegio. Y así lleva lleva doce años por estas tierras del Señor.
Pero lo que a él le tira es “o mato”, forma portuguesa de referirse al campo – aquí una sabana algo más densa que la sudafricana. Esto ha de entenderse dentro de la especial pasión que, como franciscano que es, siente por la pobreza; algo que difícilmente entenderán muchos de mis compatriotas, ganados por el relativismo y la extinta sociedad del bienestar. Pero yo sí que entiendo plenamente ese ejercicio de libertad extrema que supone el no depender de nada ni de nadie más que de Dios.
Yo pregunto al reverendo cosas que me ayuden a conocerle mejor y a mejorar también mi perspectiva del país, que él ha vivido intensamente desde una interesante experiencia personal. Así espero llegar a acomodarme al nuevo ambiente. Ya he ojeado algunos libritos sobre él, y los comentarios de nuestro huésped me permitirán añadir algunas percepciones nuevas. De entrada parece claro que el gran trauma de su reciente historia no viene de la colonización portuguesa ni de la lucha por la independencia, sino de la cruenta guerra civil en que acabó sumido.
El caso es que la lucha contra los portugueses surgió al calor del ambiente propiciado por la confrontación entre los dos grandes bloques enfrentados en la la Guerra Fría, y así el movimiento liderado por el Frelimo (Frente Nacional de Liberación de Mozambique) recibió el decidido apoyo de los países comunistas. Lógica consecuencia de ello fue el alineamiento de Mozambique entre el grupo de países pro-soviéticos cuando el gobierno establecido en Lisboa tras la famosa “revolución de los claveles” decidió otorgar la independencia a este país africano, durante mucho tiempo joya del “Imperio Portugués”. Mas, como era de temer, esto supuso una masiva y casi instantánea estampida de los ciudadanos de origen luso – que con mucha y justificada razón no daban dos ochavos por su propio futuro – y, con ello. la casi absoluta paralización del país africano; hecho ciertamente grave, pero no tanto como su secuela histórica. Y es que, a la vista del perjuicio que para determinados vecinos y no tan vecinos suponía la incorporación de este gran país a la órbita soviética, se indujo la creación de un segundo movimiento revolucionario conocido como “Resistencia Nacional de Mozambique” (Renamo) que habría de enfrentarse al dominante Frelimo. Y ahí comenzó una guerra sin cuartel entre monzambicanos que acabó por destrozar lo poco que aún permanecía en pie.
No les aburriré con muchos más detalles, puesto que ya está dicho lo esencial. Los dos grupos combatientes, exhaustos tras la panda de garrotazos que se propinaron mutuamente, acabaron por firmar unos acuerdos de paz con los que felizmente se inició la fase de reconciliación nacional, y con ello, de progreso, que con algunos altos y bajos aún disfrutamos. Así pues, Mozambique pasó a ser uno de los países africanos etiquetados como “de éxito”. Claro está que con problemas remanentes del calibre de la corrupción y del sida, azotes ambos compartidos con muchos otros lugares del África negra.
En el extenso solar cubierto de hierba que se extiende entre nuestra casa y la orilla de la bahía de Maputo, un grupo de furgonetas aparcadas y una acumulación de contenedores parecen anunciar el comienzo de una nueva obra en este barrio de Sommerscheidt. El hecho es que, según me dicen, la embajada norteamericana anda detrás de trasladarse a un nuevo edificio que se levantaría allí mismo tan pronto como se resuelvan las muchas y tediosas gestiones administrativas que requiere la operación inmobiliaria.
Para mí que, dadas las dimensiones de este espacio, el resultado podría parecerse al que conozco de Accra: el surgimiento de un descomunal edificio de muchas ventanas, tras cada una de las cuales intuyo la presencia de un eficiente funcionario norteamericano trabajando ocho horas al día: significativa imagen de una colosal potencia de organización y de gestión; de una poderosa capacidad de impulso. No es de extrañar, por tanto, que en el caso ghanés Bush apareciera por allí en sus despedida de los países africanos, y que el presidente Obama hiciera poco después lo mismo en su primer saludo al continente negro.
En una de las grandes avenidas de la capital de Mozambique veo al pasar un gran edificio en construcción. Según me dicen, lo están levantando ahora “los chinos”, es decir, la competencia. Y recuerdo el plan que ésta presentó hace ya unos cinco años: un ambicioso y detallado conjunto de programas de apoyo al desarrollo que encubrían la búsqueda de nuevos mercados y de materias primas para un país en expansión.
Y, de pronto empiezo a comprender por qué, sin proponérmelo – casi burla burlando – he acabado por encontrarme aquí, en pleno extremo sur de África, a más de ocho mil kilómetros de España y con dos hijos trabajando en estas latitudes sin habérselo propuesto de antemano. Es decir, la razón más directa para ser ahora testigo de los significativos cambios que nosotros mismos experimentamos, por no decir sufrimos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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