Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Joan Centellas)(*)
El hombre, animal de costumbres, se hace a cualquier cosa siempre que ésta se halle debidamente consolidada en el devenir diario. Hasta se acostumbra – usted lo ha constatado, estoy seguro – a vivir tanto en el absurdo como en la estupidez – y éste es el caso de los españoles que aún no se largaron a otras tierras. De ahí el desconcierto y el asombro que yo mismo experimento ante pequeños detalles al parecer normales y corrientes aquí, en este gran país de Mozambique.
Me refiero a cosas tan banales aunque dolorosas como el pago del consumo de energía. En todos los países en que tuve ocasión de vivir uno abona el importe de la factura “de la luz” a fin de mes o cada dos meses, pero en todo caso de forma más o menos automática y con cierto grado de periodicidad. Pues aquí no. Aquí la electricidad se compra como uno compra una docena de manzanas o un par de camisetas, así que, gastado lo que se pagó, las bombillas se apagan y la familia se queda materialmente a oscuras. “Bueno, pues así aguantaremos esta noche, pero mañana a primera hora no hay que olvidarse de comprar más kilovatios” nos decimos entonces. Y lo mismo podría comentarse de Internet, porque, si uno se descuida, ésta puede esfumarse en el momento más inoportuno.
Otra curiosa costumbre de esta tierra es que al servicio se le paga diariamente en mano un estipendio para el almuerzo, detalle del cual no sé si es más asombroso el procedimiento utilizado o el mismo hecho de que esta situación pueda tener lugar en una familia de clase media, para la que tener servicio es hoy punto menos que imposible. Así que si uno prevé ausentarse hasta después de mediodía, deberá dejar en un sobrecito o simplemente encima de la mesa y a la vista la cantidad necesaria para sufragar la primera comida de los sirvientes y del miembro del servicio de seguridad de la casa.
Luego hay costumbres obligadas pero que no dejan de llamarnos la atención. Y una de ellas es la de ver venir otro coche de frente y en sentido contrario por el carril por el que va uno mismo. La razón es que más allá de cualquier otra precaución, prevalece la de evitar colar la rueda en un bache de los muchos que salpican el paisaje circulatorio y que usted puede encontrar en plena capital, y sin necesidad, por tanto, de encontrarse en un lugar alejado de la civilización. Advierto que cuando digo “bache” me refiero casi siempre a un auténtico agujero cuando no a un gran obstáculo tipo montaña rusa de parque de atracciones. Así por ejemplo, para acceder al club hípico en el que mis nietos dan sus primeros pasos en la práctica ecuestre. Y no se llamen ustedes a engaño: esto es compatible con la exigencia de una seguridad extrema en el deporte. Así los niños deberán ir perfectamente equipados con casco, peto, guantes y botas adecuadas.
Claro que en la ciudad también encontrarán ustedes baches compatibles con un aspecto general de urbe moderna, porque la alta tecnología ya llegó aquí, y muchas instalaciones comerciales se encuentran a la altura de cualquier país avanzado. Puede decirse, en suma, que los países africanos, y por lo que parece éste en particular, se adelantaron a nosotros en la pasión por la gymkana automovilística, con la sola diferencia en favor de ellos de la simpática espontaneidad con que se originan y conservan, puesto que en España este tipo de incidencias son fruto de la voluntariosa iniciativa de las altas instancias oficiales.
Pero, claro, por encima de estas curiosidades de poca monta también salen a flote algunas viejas rémoras, entre las cuales no es menor la omnipresente y fastidiosa corrupción. Dirá usted que de esto poco tendrían que enseñarnos a nosotros, y que para demostrarlo bastaría con mencionar algunos nombres conocidos. Pero la diferencia está quizá en que, mientras en España se distinguen en su ejercicio personajes de alto rango y que manejan grandes cifras del dinero público, aquí se hace ya patente en el policía que aprovecha su condición de autoridad para afanar unos meticalis, moneda por demás desconocida para el gran público europeo. Y lo hace con tal asiduidad que no hay residente o turista que no considere a los guardias como una de las plagas más molestas, es decir, a la misma altura que los propios mosquitos anopheles, transmisores como ustedes saben de la malaria. Claro que con la precaución anda el remedio, y éste consiste en exigir humildemente la factura de la multa, medida a veces suficiente para desanimar al pedigüeño. El hecho es que uno anda todo el día intentando no llamar la atención cada vez que se aproxima a un control de los muchos que se montan a la entrada de supermercados y centros comerciales, Y no abordo otro tipo de corrupción oficial por no entrar en más jardines.
Aún podría añadir otras muchas curiosidades de esta tierra en que me encuentro, pero no pienso alargarme. Podría referirme, por ejemplo, al gesto que utilizan al darle a uno la mano, cuando se agarran con la otra el brazo que nos avanzan como silo sujetasen Dios sabrá por qué. Quizás más adelante…
Pero bueno, en esta misma circunstancia los ghaneses hacen chascar sus dedos como cuando los flamencos tocan los pitos de acompañamiento. O sea, que, en resumidas cuentas, así es el mundo de curioso a poco que uno se fije en él.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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