Afectividad, corazón, amor

Por Carlos de Bustamante

(Familia campesina.1983. Óleo de de José María García Fernández, “Castilviejo”.135×135) (*)

Si pudiera suponer, que este blog tiene muchos lectores- suposición tal vez improbable- se habrían dado cuenta de que cada uno de los tres foramontanos que escribimos en él, tiene caracteres claramente diferenciados. Vanidad de vanidades si me permitiera emitir un juicio exhaustivo de cada uno. Lejos de mi semejante atrevimiento. Mas sí digo, que el intelecto y la originalidad en grado sumo preside la calidad de cuanto escribe uno. El arte y la profesionalidad periodística, otro. La afectividad, tierna a veces, enérgica otras, la del tercero. La conjunción de los tres en publicaciones periódicas e infrecuentes en este medio, deberían dar como resultado una mayor aceptación. Como hago propios los defectos –más que las apenas existentes virtudes del tercero- , puedo hacer autocrítica sin “meterme en camisa de once varas” de los demás. En mi opinión, la afectividad cuando desborda como pudiera ser éste último caso, pudiera ser rayano, si no plenamente inmersa, en el sentimentalismo. Defecto. Sin paliativos.

Digo más (“ítem digo…”): incapaz de ser articulista “mondo y lirondo”, la afectividad hacia los temas que elijo, me lleva a una serie tras otra. Tal es así, que a lo largo de los ¡cuatro años! de darle a la tecla en más de mil artículos, por cada serie de ellos sobre tema similar pude componer-sólo como recreo por el momento- no menos de una docena de novelas o ensayos.

Cuando días pasados-muy pasados- escribí, en sentido figurado, sobre el “ordenador (computadora) personal”, referido a los afectos y emotividad, le siguió de inmediato, porque pensé en que había mucho sin comentar, “alma, cerebro y corazón”. Aún insatisfecho por incompleto, de un artículo inicial, hago porque me pete, nueva serie. “Afectividad, corazón, amor”, pudiera añadir alguna novedad de interés a lo ya referido sobre tema parecido.

Sin ningún respeto humano, (tan diferente a respetar a los humanos) digo como premisa de cuanto siga, que si Dios es Amor (que lo es), todo cuanto refiera tendrá esto presente. Propio del que es y se “siente” (¡vaya otro nuevo concepto!) cristiano. Quien no tuviere esta condición, con el mayor respeto dicho, le invito a que no continúe. No estaríamos en la misma “onda”. Para él, seguramente escrito ininteligible.

Y es, que incluso el que suscribe, cayó en la tentación de considerar la afectividad como defecto a extirpar “como sea”. Error.

Después de una información fiable, llego a la conclusión, ¿definitiva? , de que la afectividad en su justa medida lleva al amor y al Amor; amor (con minúscula) que, cuando es fruto de una afectividad excesivamente tierna, o sin medida, nos puede llevar al amor real, pero desordenado a las personas o cosas. Afectividad peligrosa. Si nos llevara al Amor, “miel sobre hojuelas”: verdadero don de Dios. En el caso anterior además de desorden, contrario al querer de Dios, puede flotar sobre el amor el sentimentalismo. Defecto. Error. Tanto el sentimiento como el, por exceso, sentimentalismo, pudieran ser objeto de escrito posterior de esta nueva serie, tan compleja. Cuando del Amor se trata, queda dicho que es un don (y en absoluto mal) digno de agradecer.

¿Y qué “pinta” en todo esto el corazón? No “volvería la burra al trigo” si les insisto en que no es el corazón el depositario ni el origen de la afectividad, sino el medio humano, perfectamente entendible de la expresión “más calurosa” que si sólo citásemos la frialdad del cerebro.

Claro ejemplo de afectividad superbuena, es cuando Dios nos concede en la oración este don. El que ayuda enormemente a que ésta sea placentera, encendida. Lejos de la aridez de la que, en cierto modo “se quejaba” santa Teresa. Es la que nos permite mantener un diálogo amoroso con nuestro Dios y Señor. Que esto y no otra cosa es hacer oración. Hablar con Dios. Si nos faltase afectividad, no quiere decir que nos sea imposible hacerla, dialogar, porque una simple mirada amorosa o un “estar en presencia de Dios”, aún sin hablar con Él, “como un perrillo a los pies de su amo”, y perdonen lo raro que pudiera parecer la cita, puede ser verdadera oración. Porque lo que no se expresa con palabras, lo dice la interioridad de todo nuestro ser (mente, alma y corazón).

A veces, sobre todo en el atardecer de la vida, no se hablan mucho los esposos; sin embargo, esto en absoluto indica que no se amen con todo el corazón, cansado tal vez de latir. “Están”. Sencillamente. Pero eso es otra historia, que trataré si Dios es servido y sé, en el próximo artículo de esta nueva serie; amor y Amor, son conceptos, que no sé a ustedes, pero a este “plomo” le apasionan ( ¡jó, otro concepto que se las trae éste de las pasiones!) Veremos…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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