Cuando el amor es la virtud de la caridad (I)

Por Carlos de Bustamante

(Niños. Acuarela de Lola Catalá en lolacatala.com)(*)

Antes de escribir nada, les hago un ruego “encarecidamente”: simplemente, que no me tuerzan el gesto ante lo que alguno podría presuponer sermón de sacerdote. No; mis improbables lectores. Rotundamente no. Con el profundo respeto a los que Dios llamó, por vocación al Sacramento del Orden Sacerdotal, quien se dirige a ustedes -más de campo que las amapolas- es, además, laico entre los laicos, que en absoluto es antónimo del que quiere ser -sin conseguirlo nunca del todo- profundamente cristiano.

El artículo de hoy, puede ser el resultado de la serie escrita sobre conceptos que guardan estrecha relación con el que puede resultar del encabezamiento presente. Cerebro, corazón, afectos, emotividad, sentimientos, sensibilidad… y tantos otros que bien resalté o el lector, siempre atento, pudo sacar como consecuencia. Como doy por sentado, que aun el lector menos conspicuo lo es mucho más que quien se lo dice, habrá notado que en el título hay una más que “reiteración”. Más, porque (sin recordar cómo se denomina) la caridad es sinónimo de amor y la virtud del amor se da más claramente en la caridad. Lío; fácil para filólogos. Como cristiano- y lo repito una vez más- que no deja su condición de serlo como el abrigo en la percha de entrada a la oficina, bar, taller… “cuando el amor es la virtud de la caridad”, tiene pleno significado en el Amor (con mayúscula). Razón sin rodeos: porque Dios es Amor.

Bueno, sí, bien, pero ¿a qué nos vienen a nosotros esas monsergas…? Alma, calma.

Dios me libre de no apreciar, en lo mucho que valen, a la inmensa mayoría de las ONG,s. Tantas y tan extraordinarias como proporcionan a los que no tienen nada, “la caña con qué pescar” lo imprescindible para el sustento propio y el de las familias en el llamado-porque lo es- tercer mundo.

En llegando a este punto, he de recurrir a alguien que de esto sabía un… rato. ¿Quién si no san Pablo? Lo hemos escuchado hoy precisamente en una de las lecturas de la Santa Misa y que me permito utilizar, para seguridad de no desbarrar. Creo, además, haber tomado esta referencia llamada “Himno a la caridad”, en algún otro artículo publicado o por publicar en este blog.

Dice textualmente: “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.

Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.

Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.

En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor”.

Para “soltar” de un golpe todas las citas importantes, transcribo ahora la que, por si no lo pareciese, comentaré despacio:

“Si pierdes el sentido sobrenatural de tu vida, tu caridad será filantropía; tu pureza, decencia; tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo, y todas tus obras, estériles”. Es el punto nº 280 del libro, de cabecera durante no pocos años, del hoy san Josemaría Escrivá.

La pregunta, en principio complicada, se cae sola: ¿Es que entonces al amor no se le llama indistintamente así o también caridad? Para que el enunciado arriba escrito no sea una reiteración clamorosa, el amor dicho con minúscula, es realmente reiterativo. Pero no lo sería con la expresión Amor (con mayúscula). Puede que a ustedes esto les parezca una perogrullada o divagación inútil. Si lo fuera, asumo la responsabilidad de ser “cortito de luces”. Y si resultase que no, tampoco merecería el calificativo de “brillante”. Digo nada más, que no parece sino que en ésta y otras cosas busco continuamente “tres pies al gato”. Sería mucho pedir en un mundo tan revuelto, particularmente en lo que nos atañe a los españoles, que, encima, les complicase la vida con adivinanzas que bien pudieran importarles “tres pitos”. Será preciso, pues, una segunda entrega con idéntico título. Les aseguro que ni es adivinanza, ni asunto que nos traiga al pairo. No les desvelo el porqué de mis afirmaciones tan… seguras y ¿presuntuosas? Léanlo, se lo ruego, que de verdad creo que vale la pena. Pudiera con el (y II) “desfacer algunos entuertos”. Nos vemos…¿no?

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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