Por Carlos de Bustamante

(El buen pastor. Óleo de Bartolomé Esteban Murillo, en el museo del Prado; en pintura.aut.org)(*)
No sé ustedes, pero servidor, “como que se ha quedado” con la miel en los labios tras “Cada oveja con su pareja” de la serie Dehesa ganadera. Por el mismo precio… ¿por qué no continuar? Prosigo.
La atracción hacia el aprisco era poco menos que irresistible. La estampa del apartado de los pequeños churrillos, tan iguales; tan cuasi perfectos; tan representativos del amor de hijos… y de madres… me atraía como un imán. Y me dejaba llevar. Mejor, deseaba llegar al caserío para contemplar ensimismado la escena que, no por repetida a diario, dejaba de ser de un atractivo singular y cada día nuevo. El porqué de la novedad, tuvo un origen primigenio que, justo es reconocerlo ¡ahora! se fue diluyendo.
Leía por entonces, al igual que ahora, un trozo de los santos Evangelios, que durante los viajes diarios desde la capital a la Dehesa, recordaba, meditaba e incluso si me venía la inspiración, cantaba. De entre ellos , y pasados no menos de treinta años, recuerdo los más atractivos que “copio y pego”:
“De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, mas sube por otra parte, el tal es ladrón y robador.
Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es. A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz: y a sus ovejas llama por nombre, y las saca.
Y como ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, antes huirán de Él: porque no conocen la voz de los extraños.
Esta parábola les dijo Jesús; mas ellos no entendieron qué era lo que les decía. Volvióles, pues, Jesús á decir: De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y robadores; mas no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta: el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar, y matar, y destruir: yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Yo soy el buen pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve al lobo que viene, y deja las ovejas, y huye, y el lobo las arrebata, y esparce las ovejas. Así que, el asalariado, huye, porque es asalariado, y no tiene cuidado de las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen. Como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.
También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también me conviene traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor”.
Puede decirse que la carretera que familiarmente llamábamos “de Soria” (¨hoy Nacional no sé qué), quedó impregnada de cantos sobre todo a la Señora. Hipersensible a la belleza, si los pequeños retoños me entusiasmaban y me llevaban a pensar o meditar en el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, ¡cómo no tener presente a la Madre que, con su “fiat”, hizo posible el prodigio! Sí; cada día los veinticinco kilómetros del mismo trayecto los recorría hechos canción.
Inconstante, esto no duró siempre. Sibilinamente y sin apenas resistencia, fue tomando posesión de mis adentros un mal tan astuto como lo era el causante: el que no descansa por tergiversar los más nobles sentimientos tan hermosos como éstos, de forma tal, que las consideraciones dichas pasaron progresivamente a segundo plano. Las canciones se las llevó el viento. Y el trabajo, noble y bueno en sí, poco a poco perdió “la guinda del pastel” y se quedó en sólo humano. El Amor se amortiguó en sólo amor. No quiere esto decir que los principios mamados desde la niñez, y practicados durante años, desaparecieran, no. Entró ladinamente un mal peor: el de la tibieza por la rutina. La del trabajo por el trabajo. La vanidad sutil, pero evidente por los logros conseguidos. El ídolo de un “becerro de oro” con forma de extraordinarias, sí, pero sólo ovejas churras. Dios se hizo invisible. El despertador en forma de coscorrón contra el dintel de la puerta de las ovejas, era cada día sólo coscorrón. Amaba el trabajo, pero no tenía en cuenta a Dios en él. En resumen, hice “de la disciplina látigo; de la pureza, decencia; de la caridad filantropía. Y al perder el sentido sobrenatural de cuanto “maquinaba”, las obras fueron sobrenaturalmente estériles”.
Con tales disposiciones, las mediciones con las “media sangre” no por ello dejaron de ser espectaculares. La producción lechera de las escogidas castellanas quedó tan superada, que, comiendo igual o más que las rústicas descendientes de éstas y Campeón, cuando menos las doblaban en rendimiento y por él, en beneficios. Cuando al fin pasaron los datos al libro de registros con las nietas de las castellanas (un cuarto sólo de sangre de ellas), las primeras anotaciones se desplomaron. Y el relator se encumbró. Si la base fue de aquéllas –las que alcanzaban un litro de leche entre los dos ordeños del día más el “repaso” dado a cada una-, el listón subió a desechar cuantas no alcanzaran esta primera altura. No sin dolor agudo, éstas no fueron excesivas. O mejor pensado luego, opté por la venta “para vida” a ganaderos con menos pretensiones. Me las quitaron de las manos…
Me arriesgo al sopor que pudieran producirles estos relatos con el o los que aún continuarán si Dios es servido.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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