Por Carlos de Bustamante

(El Buen Pastor. 1950. Óleo de Pére Pruna. Fons d´Art de la Caixa de Tarrasa; pintura.aut.org. 100 x 73)(*)
Les decía en mi artículo anterior, sobre “la puerta de las ovejas” que por la rutina me entró la tibieza en trabajo tan propicio para relacionar con nuestros principios morales y cristianos. Como no quisiera que un tema ganadero tan castellano se convierta en “moralina”, he de decirles, que aun siendo tan apropiado para consideraciones de este tipo, saco de él ahora las últimas confidencias y me limitaré luego, en lo posible y sin necesidad, creo, de pedir disculpas, al desarrollo “mondo y lirondo” de lo que es directamente relacionado con la serie que nos ocupa.
El caso es, y ahora que aún no es tarde lo reconozco, que al menos durante una buena (o sea no tan buena) temporada, cometí un grave error. Aunque debiera ser confidencial, por lo frecuente y extendido, se lo manifiesto sin rodeos: No me olvidé de mi condición de cristiano, ni dejé de practicar las firmes creencias inculcadas y vividas-con altos y bajos- desde niño. ¿Entonces?, podrían preguntarse. Hecha la pregunta, también yo mismo les doy la respuesta: De la oración y el trabajo, hice compartimentos estancos. Pues miren, me equivoqué. Oía Misa, sí, los domingos e incluso no pocos días entre semana; tenía, como acostumbraba durante años, algunos momentos dedicados sólo a la oración; recitaba a diario el Santo Rosario a la Virgen, para quien los sentimientos eran, como siempre, de verdadero cariño. Confesaba y comulgaba, en fin, sin apenas diferencia en cuanto a fervor se refiere con lo acostumbrado. Pero… a pesar del coscorrón contra el mismo dintel de la puerta de las ovejas, el apasionamiento del trabajo me absorbía de tal forma, que claramente creo poder afirmar, que allí y sólo allí ponía todo el corazón.
Desde esta perspectiva, hoy puedo decir, que aquél era mi tesoro. Alguna vez surgía una voz extraña que parecía interrogar: ¿Es ésta tu condición de cristiano? En esto consisten todos los méritos para alcanzar aquello en lo que dices creer en sólo tus momentos para Dios? Con las anotaciones en el libro de registros, la contemplación, satisfecha, de las “niñas de mis ojos”, desechaba tales insinuaciones interiores y proseguía con la plena satisfacción, orgullosa, de los logros conseguidos y reconocidos por gran número de compañeros y amigos labradores. ¿Y Dios…? : “Sólo” en los momentos concretos que le dedicaba, que en absoluto eran los del trabajo. Durante ellos Él permanecía arrinconado. Error.
En las labranzas de entonces era raro que faltase al menos un buen hatajo de ovejas. Como la fama del buen ganado en la Dehesa se extendió como la pólvora en una mecha encendida, la venta de sementales churros constituyó uno de los ingresos con los que paliar los gastos enormes que trajo consigo la mecanización impulsada por un progreso imparable. Mayor motivo éste, para ver en la ganadería famosa el gran tesoro. El compartimento estanco de una actividad frenética. Sin Dios.
Pagaba jornales. Con la venta de sementales y el gran incremento de leche, en las nuevas ovejas, hacía frente a los vencimientos de préstamos para adquisición de los nuevos medios que la nueva labranza requería.
¿Y los pastores…? A ellos les debo caer en la cuenta de mi error. Si no me voy demasiado por las ramas, lo verán “a escape”.
Contemplaba cierto día cómo “careaba” un rastrojo el hatajo de Valeriano. Una estampa bella donde las haya. Inhiesto él como una atalaya en el páramo; la vista vagando, como perdida, sin estarlo, en el ganado. A su alrededor, todo silencio. Silencio sonoroso por el tintineo de las esquilas que, como referencia, llevaban sólo algunas ovejas. Y cosa rara, sentía vanidad, orgullo, de lo conseguido, pero no alegría. Pensaba… cuando corrió Valeriano en dirección a la ribera. Como un resorte corrí también. El bálago apetitoso que crecía abundante en la orilla atrajo a la oveja mejor, sin tener en cuenta el animalejo del peligro que suponía comer de él justo a la orilla de aguas que allí corrían veloces y profundas. Los balidos desesperados hicieron que quien conocía su lenguaje corriera en su auxilio. Con riesgo, trataba de sujetar por el cuello con la comba de la cachaba al pobre animal que proseguía pidiendo auxilio. “Voz” desesperada, cuando de vez en cuando asomaba la cabeza a la superficie para respirar. Tanto se inclinó Valeriano para rescatar a la campeona, que cayó también al agua. El pastor, no sabía nadar. Con una mano se aferró a la rama de un árbol que besaba al río. Con la otra, sostenía a flote a la campeona. La imagen del “buen Pastor que da la vida por sus ovejas”, pasó por mi mente como una película. Y reaccioné. “Ora et labora”, sí. Pero, sencillamente, en medio de los trabajos comunes ordinarios o extraordinarios; sin solución de continuidad. Ora et labora al estilo del “santo de lo ordinario”: san Josemaría Escrivá. Nuevamente a recomenzar. Cristianos con vocación de serlo; sin mentalidad de selectos, que de eso, nada; laicos que buscan-lo he dicho repetidas veces- santificar el trabajo; santificarse en el trabajo; y santificar a los demás con el trabajo. Sin compartimentos estancos, ni hacer cosas raras. Metidos de lleno en el torrente circulatorio de la sociedad. Con ovejas churras, merinas o castellanas. Con coscorrones o sin ellos, aunque les recomiende “despertadores”. Entre maquinaria rural o cavando la huerta. En el taller, cuartel u oficina. En el despacho de director de empresa; de barrendero en la ciudad; de político -¡ay!- en el Congreso. Pero siguiendo, en fin, los “silbidos del buen pastor”. Y como Valeriano que, aún asalariado, fue ejemplo de pastores. Como en la Iglesia, que, sin pasar por lo mejores momentos, gracias a Dios ahílos.
Cuando comencé este artículo, no iban los tiros por donde ustedes los han visto. Será en el próximo, si Dios es servido, donde, de verdad les escriba sobre los diversos pastores en esta Dehesa ganadera. La cosa es, que “volví”. Y vale.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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