Puerto de Los Tornos

Por Javier Pardo de Santayana

( Los tornos. Foto de Jesús García Collado en flickr.com) (*)

Les costará creerlo, pero aún recuerdo – aunque sea vagamente – mi primer viaje por los Tornos. Sólo tenía entonces cuatro años, y Santander, donde residía una buena parte de mi familia, acababa de ser liberada por las tropas nacionales. Conocí a algunos parientes nuestros que habían vivido ocultos en el desván de las casas de sus generosos protectores, y conservo en mi retina las repugnantes huellas que en la vieja Casona de Gama dejaron quienes merecidamente se ganaron el calificativo de «hordas» . Lo que aún me asombra es que mi familia se movilizara con tal motivo para trasladarse desde Valladolid hasta allí atravesando media España cuando aún estábamos en plena contienda.

De entonces recuerdo sobre todo el olor a quemado de los campamentos y de los edificios abandonados. Y una advertencia al alcanzar los Tornos para que los niños no viésemos supongo que algún espectáculo excesivamente duro para nuestra edad; la muerte, probablemente.

Con el paso del tiempo he vuelto repetidamente por aquel lugar pero siempre con cierta prevención, pues la belleza del descubrimiento de las montañas y los valles desde el mirador tiene la contrapartida del peligro que sus curvas encierran en los días de nieve abundante o niebla cerrada. Y así pasamos a elegir una autopista que garantizara una mayor seguridad habida cuenta de la frecuencia con que emprendíamos la ruta. Decisión ésta que tenía sus problemas, pues a veces nos obligó a entrar en pueblos en los que se exhibían impúdicamente las fotos de terroristas de los del tiro en la nuca y la bomba lapa, y a leer en las señales de tráfico nombres de lugares que hicieron hijos adoptivos a tan abyectos criminales. Ver para creer. Y nos recordarían cómo las leyes y regulaciones nacionales relativas a las banderas y a los nombres de localidades y regiones eran – son – incumplidas con la mayor desfachatez: desafíos de chulos de barrio y. por añadidura, caos para el viajero. Todo un espectáculo de desafecto interesado, odio a la patria y caos organizativo.

Pero, amigo, de tal forma aumentaron los precios del peaje, que dejamos a un lado el plus de seguridad garantizado por las autopistas para probar de nuevo la emoción del puerto de Los Tornos. A cambio ganaríamos la imponente belleza, no sólo del gran paso, sino también de todo el recorrido que se inicia en Burgos, y preferentemente de aquel que se estrecha en los desfiladeros de Oña y Trespaderne; esto es, el espectáculo de lo que yo he venido en llamar «la ruta de los corzos».

Claro que este cambio suponía exponerse un poco más – o un mucho si ustedes quieren – sobre todo cuando la cumbre del puerto se envuelve en la nube y se obstina por cegar nuestra mirada. Y éste fue el caso de nuestro último viaje a La Montaña este mismo verano de 2013; es decir, tan sólo hace unos días.

Ya a la salida de Bribiesca comenzó un diluvio, fuerte, denso y agresivo, que no daría tregua a los limpiaparabrisas; una de esas mantas de agua que casi obligan a parar en pleno viaje para esperar a que escampe ante la imposibilidad de avanzar bajo ella manteniendo un cierto sentido de la orientación. Pero el chaparrón pasó, y aunque relámpagos y rayos se sucedieron para iluminar un escenario amenazante y coincidente con el declinar del día, el viaje pudo continuarse sin alterar excesivamente la paz de nuestro espíritu.

Ya había entrado la noche cuando iniciamos la subida al puerto con sus interminables vueltas y revueltas. Primero, aún en su inicio, topamos con una nube a ras de tierra. «Estamos buenos» pensamos entonces imaginando lo que se nos avecinaba. Pero el problema acabó pronto y creímos poder respirar hondo. Falsa impresión por cierto, pues pocos kilómetros más allá – ahora ya en plena oscuridad de la noche – la niebla volvería a cerrarse y no nos abandonaría hasta que no hubimos descendido un considerable trecho de la ladera norte. Por supuesto, ni un solo coche delante que sirviera de guía, y visibilidad prácticamente nula. Riesgo indudable de salirse por un lado u otro de la carretera pese a los altos jalones que señalan el trazado de los bordes y los reflectantes que favorecen la orientación del conductor. Ánimo en vilo durante demasiados minutos, algunas admoniciones – «niños, por favor, estad callados» – y algún rezo que otro bajo la lluvia y los relámpagos. En todo lo alto, el momento crítico de la coronación del puerto, cuando existe el peligro de no girar a tiempo.

En fin, Los Tornos en su salsa y en su esplendor de siempre; el que nos mueve a la emoción cuando el viajero que llega desde la meseta ve como se abre ante sus ojos asombrados, ya con la cercanía de un mar intuido, lo que antes llamamos La Montaña; en realidad la montaña de Castilla: la de los «tres foramontanos». Pero que también, como en este caso, le hace temer por su existencia cuando el cielo exhibe su inquietante panoplia de excentricidades y se alía con la brutal naturaleza de los montes cántabros.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm4.staticflickr.com/3723/9375963005_9d1d393bf8_o.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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