Rumores, cotilleos y especies sembradas por la Cofradía de la Mala Baba

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Montoro en La Razón el pasado 26 de Septiembre) (*)

Que España es un país de cotillas es cosa evidente. Ya publiqué un artículo sobre la afición al cotilleo y su reflejo en los programas mal llamados «del corazón», que más parecen corralas o patios de vecinos que otra cosa; me refiero a esos mataderos con lentejuelas donde se despelleja al prójimo y se inducen odios y desacuerdos por mor del vil metal, eximiendo a sus beneficiarios de la necesidad de exprimirse el meollo para generar verdaderos temas imaginativos: mecanismos de recaudación creadores de «contenidos» radiofónicos o televisivos que se realimentan y adquieren vida propia abaratando precios. Fábricas de famosos sin motivo. Escenarios en los que se exhibe un muestrario de defectos y pecados contra el prójimo en los que se hace gala del mal y se convierte en juguetes rotos a pobres desgraciados que son sometidos a la indignidad una vez atraídos por el anzuelo de un enriquecimiento sin esfuerzo.

Bueno, pues he aquí otra modalidad en boga para el encanallamiento de las masas alienadas por la posibilidad de medrar sin méritos y de disimular su ignorancia aireando una mala baba que les dé un cierto marchamo intelectual. Sabido es que una de las formas de simular categoría mental consiste en criticar todo cuanto se le ponga a uno por delante: ver o inventarse en cualquier cosa el lado malo y sórdido, y no reconocer el bien jamás sino resaltar lo peor del prójimo; enaltecer el mal y sumergirse después en la desesperanza. «Aquí estoy yo», parecen decir muchos al encontrar la posibilidad de depositar sus exabruptos en un lugar donde puedan ser oídos o leídos. «Me van a oír» piensan asombrados de poder escuchar embelesados su berrea, incapaces como son de formular una sola idea creativa o ajustada a la razón. Porque lo fácil es partir de lo que hacen o dicen otros y, luego, simplemente, destruirlo.

Acérquense, por favor, al territorio Twitter y aledaños y descubran a esta chusma; prueben a ver lo que se dice en la mayoría de los espacios abiertos al comentario en las redes «sociales» o sencillamente en Yahoo. Intenten tomar el pulso a esa masa de indocumentados y contaminados por la moda. Yo, desde luego, lo intenté y he optado por no caer siquiera en la tentación de contemplarlos. No importa que el asunto sea político o simplemente deportivo – traten de lo que traten – los comentarios tenderán a ser sencillamente deplorables cuando no directamente vomitivos. Esperen a que Nadal pierda y verán como se le echan encima como quien olfatea una presa.

Ahora nos dicen que, al saberse que nuestro Rey sufría dolores en una de sus caderas, las redes sociales se poblaron de toda clase de rumores, y ahí salió, como era de temer, todo un repertorio de intencionadas maldades – con o sin piel de cordero – que se exhibieron a gusto durante algunas horas: justo el tiempo para que se produjera una hábil y modélica reacción institucional que disipó buena parte del deterioro ambiental.

Yo, de verdad, les confieso que, aunque valoro enormemente la figura del Rey en su triple función representativa, integradora y moderadora, garantía de los tres aspectos más esenciales y críticos de nuestra nación – la evidencia de la continuidad histórica, la unidad y la convivencia en paz – no entré en el cotilleo ni me puse tan nervioso con la noticia como se pusieron según parece, algunos de mis conciudadanos; me malicio que por razones no precisamente santas, pues dudo de que se viesen motivados por una sana y patriótica preocupación por el futuro de la Patria. Y lo que hice simplemente fue sentir el sufrimiento del monarca y poner mi confianza en que los médicos acertasen en su diagnóstico y tratamiento. Y punto.

Además, fíjense ustedes qué casualidad: aunque dicen que los casos de infección en prótesis de cadera no pasan del uno por cien, yo, así, a bote pronto, ya conocía dos: el de un hermano de José María Carrascal, que lo cita éste en ABC, y el de la madre de mi párroco, cuyo proceso de recaída y reinstalación seguí casi día a día durante cierto tiempo.

Naturalmente uno se pregunta a qué viene tanto revuelo interesado y qué hacía esa masa de comentaristas aparentemente anónimos mientras circulaban los rumores. ¿Es que aquí nadie trabaja? Porque, desgraciadamente, parados hay muchos, pero no atribuiremos a ellos el monopolio de las redes; en cambio sí que uno tiene la impresión de que hay bastante gente activa que pierde el tiempo cotilleando por las redes sociales como las ratas merodean las cloacas. Incluso no me extrañaría en absoluto que determinados grupos de la Cofradía de la Mala Baba dedicasen una parte de su presupuesto a marranear el ambiente lanzando y amplificando los rumores. Es más, conociéndolos como los conocemos, incluso me extrañaría que no lo hiciesen.

Desde luego hay base para ello, porque «cuando la Transición», recuerdo haber oído a un determinado grupo político jactarse de haber organizado una especie de «comando» cinematográfico permanentemente listo para saltar a la calle y cubrir cualquier incidente callejero que pudiera ser manipulado y explotado como propaganda. Su mentor era una firma insigne de la cinematografía española cuya familia sigue haciendo cosas parecidas por el bien de la causa. Pura «agitprop» de manual.

El problema es que «los medios» han acuñado la idea de que twitter y compañía son algo así como la nueva expresión de la democracia real, cuando en realidad el efecto de sus opiniones es fruto de la maniobra consciente o inconsciente de realidades minoritarias que siembran las noticias que convienen a su ideología, a su cabreo permanente o simplemente a su mala educación. En este juego las redes sociales actuarían como un extenso mecanismo amplificador de mensajes.

No ha mucho que aquí mismo comenté un artículo de Guy Soreman desmontando la ingenua teoría de unas redes espontáneas. Así que no caigamos en ese lugar común torticeramente difundido. Sencillamente, la verdad es que las redes fueron descubiertas por los grupos de la Cofradía a que aludí, y desde entonces han pasado a convertirse en feudo de quienes se dedican a hacer de España el «País de la Mala Baba» convertiendola en una nación ingobernable.

Así que, lo que empezó como un cotilleo de porteras y una cofradía de hipócritas con pose de indignados, puede acabar llevándonos a todos a la ruina, pues, tanto arte tienen para ello, que han conseguido su «desideratum»: que hasta la «gente de bien» se vea contagiada por el cabreo que ellos siembran.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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