Rincones con fantasma. 33. En Teresa Gil, las Calderonas y san Felipe Neri

Por José María Arévalo

( Para la localización exacta de la iglesia – explica Urueña, refiriéndose a la de las Calderonas- se ha utilizado una antigua foto del convento haciéndola coincidir con una foto moderna de la calle Teresa Gil. Ha servido como magnífica referencia la espadaña del convento de Porta Coeli. Se aprecia el cuerpo superior de la fachada de la iglesia, completando en parte la información que sobre su aspecto da el dibujo) (*)

Continúa Juan Carlos Urueña Paredes el capítulo “Zona de la Plaza de España”, del recorrido que sigue en su libro “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, que estamos siguiendo, con la Calle de Teresa Gil, en la que dedica especial atención al convento de Porta Coeli o de las Calderonas, a la casa de las Aldabas, y a la iglesia de san Felipe Neri. “La de Teresa Gil –dice Urueña- es una de las calles más antiguas de Valladolid que ha conservado su nombre, pues ya se le llamaba así en el siglo XIII. Doña Teresa era hija bastarda de Alfonso III de Portugal, mujer de noble posición y muy apreciada en Valladolid por sus virtudes.

Entre los edificios de la calle destaca el convento de Porta Coeli, Es conocido popularmente como de las “madres calderonas”, apodo que les viene a las monjas por haber sido su patrono don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, de triste memoria. Fue nuestro marqués un satélite en la política del poderoso duque de Lerma y, cuando éste cayó en desgracia, arrastró en su caída a don Rodrigo, que dio con sus huesos en el potro de tortura.

El de Lerma se salvó de momento al lograr del entonces papa Paulo V que le nombrara cardenal, lo que hizo que se popularizase el dicho: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado”, que nos habla claramente del aprecio que el pueblo le tenía. El tiempo le dio su merecido, pues su propio hijo lo traicionó. Cuando todavía gozaba del favor del Felipe III era tan poderoso que se contaba cómo un soldado fue a ver al rey por ciertos asuntos, y como éste le recomendara acudir al duque para solucionarlos, el soldado le contestó: «Si yo pudiera hablar al duque, no viniera yo a ver a Vuestra Majestad.»

( El duque de Lerma, recreado a partir de su busto funerario) (*)

Otra prueba de las enemistades que se ganó el de Lerma es la magnífica talla de Dimas del paso del Descendimiento, que fue de la cofradía de las Angustias y que se exhibe en el Museo de Escultura. Algunos han opinado que es posiblemente un retrato descarado del duque de Lerma, al que Gregorio Fernández quiso hacer aparecer como ladrón, aunque fuera el bueno. En 1628, Andrés Solanes se encargó de realizar varias tallas para el retablo mayor del convento de san Pablo por encargo del duque, pues Fernández se negó a hacerlas incluso después de haberse comprometido en 1613. Algún roce de cierta importancia debió de tener con el de Lerma para negarse de aquella manera, aunque en la historia no aparece nada reflejado. Lo que sí ha quedado es el posible retrato del duque en esta talla del paso del Descendimiento, labrado en 1616, sólo tres años después de aquel episodio del retablo.

Decíamos que el marqués de Siete Iglesias no tuvo tanta suerte como el duque. Tras ser torturado, fue condenado a muerte y degollado en la Plaza Mayor de Madrid. La entereza del reo en esos momentos fue tal, que dio pie a otro dicho popular con el que se alaba el valor de alguien, diciendo que está “como un don Rodrigo en la horca” (aunque don Rodrigo no fue ahorcado).

Los restos del desventurado marqués se conservan en la iglesia del convento de Porta Coeli, donde también se pueden admirar los magníficos bultos funerarios de los marqueses de Siete Iglesias y de los padres de don Rodrigo. El templo comunicaba con el desaparecido palacio que fue vivienda de estos nobles, conocido como “casa de las Aldabas”, vergonzosamente víctima de la piqueta en fechas relativamente recientes. Lo único que se salvó fue la arquería del patio, que hoy se encuentra en el Museo de Escultura y el artesonado del salón principal que pasó a decorar el Alcázar de Segovia.

( Don Rodrigo Calderón, recreado a partir de su busto funerario) (*)

En este palacio nació el rey Enrique IV y, según Agapito y Revilla, por eso le fueron colocadas las once grandes aldabas en su fachada que le dieron nombre. Tales adornos, según este estudioso, eran para recordar el privilegio dado por el mismo rey por ser su casa natal: que no se tomasen huéspedes en ella y quien allí se acogiese no pudiera ser apresado por ninguna justicia”.

Urueña continúa con una breve referencia a la iglesia de san Felipe Neri, pero antes vamos a ampliar lo ya recogido con varios artículos de Vallisoletvm, el primero “La Calle de Teresa Gil”, que publicara en Diciembre de 2009. “Fue esta una calle que adquirió muchísima importancia en el siglo XIII, porque arrancaba de un sitio donde había parte del mercado, que se extendía en lo referente a tiendas y puestos de mercaderes hasta «la Frenética», y terminaba en una puerta de la segunda muralla, cuya puerta se llamó como la calle, «de Teresa Gil», y que debía ser de interés conservar siempre en buen estado, por lo que se la reparó y modificó algún tanto a fines del siglo XV y principios del XVI, a fin de facilitar buen acceso al barrio de los tahoneros y panaderos que se había formado desde dicha puerta hacia el brazo sur del Esgueva.

En ella, por lo mismo, tuvieron sus casas principales familias acaudaladas y de gran prestigio, siendo una señora que en ella vivió a fines del siglo XIII y albores del XIV, la que dió nombre a la calle, seguramente desde el principio, pues en 1369 se la denomina ya como cosa corriente y muy conocida «calle de Teresa Gil», y se la cita en un documento del Archivo catedral al reseñar «dos tiendas del Mercado al cantón de la calle de Theresa Gil». Fue esa ilustre dama, a la que debió de guardársela gran consideración en la villa, Doña Teresa Gil, infanta de Portugal y ricahembra de Castilla, hija natural de Alfonso III de Portugal, hermana de Don Gil Alonso, bailío de San Blas en Lisboa, y del rey Dionís de Portugal.

Una de las casas mas curiosas de esta calle es la conocida por «casa de las Aldabas», desde tiempo inmemorial, y señalada hoy con el número 18 por tener empotradas y sujetas en el muro de fachada unas doce aldabas de hierro, redondas, pendientes de una anilla alta, sin que puedan moverse por haberse sujetado en lo bajo con alcayatas, que de otra suerte algunas hubieran desaparecido.

Esas aldabas fueron señal de fausto suceso, pues en ella nació el 5 de enero de 1425 el rey Don Enrique IV, que fue regidor de Valladolid y contador mayor de los Reyes Católicos.

El 18 de marzo de 1963 se decidió el aciago futuro de esta casa, procediendo a su derribo, a pesar del intento de declararla monumento local. Tan sólo se consiguió salvar una parte de la arquería, trasladándola al Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

( Convento de Porta Coeli ) (*)

Verdaderamente fue casa histórica, pero no la única, pues al lado se construyó el convento de «las calderonas», llamadas así por el apellido del magnate Don Rodrigo Calderón. Denominado convento de Porta Caeli, en tiempos de gran apogeo de Don Rodrigo, fue adornado espléndidamente, como lo prueban el retablo de mármoles de Italia y buenas pinturas de la capilla mayor y los murales sepulcros con estatuas orantes de Don Francisco y Don Rodrigo Calderón y sus esposas.

En la clausura del convento, en el coro bajo, próximo al nicho de la iglesia donde están arrodilladas las estatuas de Don Rodrigo y su mujer Doña Inés de Vargas, se conserva la caja que encierra los restos momificados del desgraciado marques de Siete Iglesias y conde de la Oliva, restos del «santo fundador» en los que se observa perfectamente la sección que la afilada cuchilla del verdugo causó en el cuello de Don Rodrigo (ajusticiado el 21 de Octubre de 1621).

Nada hay que recuerde la puerta de Teresa Gil, ya mencionada. Se sabe que sobre ella había una especie de capilla con la efigie de Nuestra Señora de la Guía, que se trasladó al Salvador, y allí se venera, colocándose nueva el 13 de agosto de 1724.”

Más información nos proporciona Vallisoletvm, que recoge en Agosto de 2010 un artículo titulado “La momia de Don Rodrigo Calderón”, de Santiago Martinez Hernández publicado en El Norte de Castilla, y en el que agradece “al Vicario del Arzobispado de Valladolid D. Félix López Zarzuelo, así como a las hermanas del Convento de Porta Coeli por su amabilidad y entrega a la hora de facilitarme la visita a los restos de D. Rodrigo”. “Una de las imágenes más perdurables asociadas al ocaso del valimiento del duque de Lerma fue la del favorito don Rodrigo Calderón camino del cadalso. Mitificado en la muerte, de una trayectoria política y personal plagada de desaciertos y excesos pero singular y meteórica. Marqués de Siete Iglesias y conde de la Oliva, capitán de la Guarda Alemana, secretario de cámara del rey y embajador extraordinario en los Países Bajos, don Rodrigo fue uno de los más poderosos y controvertidos ministros de Felipe III. Su notoria influencia, cimiento de un asombroso patrimonio, amasado no siempre de manera lícita, conseguida por ser un apoyo imprescindible para el duque de Lerma, le permitió erigirse en poco tiempo en el alter ego del valido. Sucumbió, como un Faetón destronado del cielo que rimase Quevedo, a la pérdida del favor regio de su patrón y a las presiones de una oposición nacida en el propio seno del clan dirigente.


( Sala Capitular donde se encuentran los restos de Don Rodrigo Calderón ) (*)

Sometido a un largo proceso judicial en 1619, a tormento y privaciones, fue hallado culpable de decenas de delitos y condenado a la pena capital. Fue arrestado. y el día 7 de enero de 1621 fue salvajemente torturado para conseguir que confesase los cargos que contra él pesaban de asesinato y brujería. Su ejecución pública en la Plaza Mayor de Madrid el 21 de octubre de ese mismo año fue, en palabras de Andrés de Almansa y Mendoza, «el día más famoso que ha mirado este siglo». En Valladolid se conserva – o quizá sería mejor decir sobrevive– la momia de D. Rodrigo Caldéron, que vela con justificado celo la comunidad dominica de Porta Coeli, las “Calderonas” (c/Teresa Gil, 20).

El que fuera todopoderoso ministro de Felipe III, Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, conde de la Oliva, comendador de Ocaña, capitán de la Guarda Alemana de Su Majestad, secretario de cámara del rey, regidor perpetuo, alguacil y registrador mayor de la Chancillería de Valladolid, embajador extraordinario en Francia y los Países Bajos, fue ajusticiado en la Plaza Mayor de Madrid, el 21 de octubre de 1621, acusado de numerosos delitos (asesinatos, fraude, cohecho y malversación de caudales públicos).

La degollación fue el método de ejecución aplicado al reo, circunstancia que permitió tras una hemorragia masiva y su posterior inhumación sobre tierra, que su cuerpo se momificase de manera natural. Trasladado pocos años después a Valladolid, se conserva en el mismo arcón en que vino de Madrid.

Desgraciadamente, los restos perviven muy deteriorados al paso del tiempo, pese al cuidado de las madres dominicas. El desaparecido doctor Federico Carrascal realizó en 1984 un interesante estudio forense del cuerpo. Sus conclusiones han resultado muy valiosas para determinar los rasgos físicos del que fuera valido del duque de Lerma. Las horrendas huellas de la degollación – como también las de las torturas a las que fue sometido durante su proceso judicial– son hoy perfectamente visibles en el cuerpo.

( La momia de don Rodrigo Calderón conservada en el convento de las “Calderonas” ) (*)

La importancia de un personaje tan relevante de la Historia de España obligaría a proceder de inmediato a aplicar las medidas necesarias para la mejor conservación de los restos y a realizar un análisis más moderno que determinase cuestiones igualmente interesantes como las enfermedades que padeció, su alimentación, su talla (dado que las piernas fueron quebradas a la altura de las rótulas para poder introducirlo en el arcón de metro y medio de longitud) e incluso sus facciones (que hoy conocemos idealizadas a través de varios retratos de época). Si estuviéramos en cualquier otro país de Europa, más sensible e interesado de su Historia, el cuerpo de D. Rodrigo gozaría de mucha mayor atención y cuidado.

¿Acaso no han merecido recursos y atención de los medios los transitados despojos de Cristóbal Colón? ¿Por qué no tratar a la momia de don Rodrigo con la misma atención que han merecido las de San Juan de la Cruz (Segovia), Sor María de Jesús de Ágreda (Soria), Enrique IV (Guadalupe), el infante don Sancho (Toledo), Fernando III (Sevilla) o San Diego de Alcalá (Alcalá de Henares), entre otras? ”

Asimismo recogemos otro artículo de Vallisoletvm, también de Octubre de 2010, “La Casa de las Aldabas”, que cita como fuentes un artículo de Esther Fuentes publicado en El Norte de Castilla el 31-07-2010, y “Edificios para el recuerdo: Las calles de Valladolid”, de Juan Agapito y Revilla. “La Casa de las Aldabas se ubica en el que hoy en día es el número 22 de la calle Teresa Gil, adyacente al convento de Porta Coeli. Su peculiar nombre le viene dado por las once grandes aldabas que colgaban a lo largo de su fachada. Las Aldabas eran de unos 20 centímetros de diámetro y estaban colocadas a poco más de dos metros del suelo en una línea horizontal a lo largo de la fachada. La casa fue fundada por la familia de Fernán Sánchez de Valladolid y Tovar a finales del S. XIII y principios del XIV, luego pasó a su nieto Diego Sánchez Manuel de Valladolid, contador mayor de Enrique III. La propiedad pasó al nieto de D. Diego Alonso de Valladolid, regidor de la ciudad y contador de los Reyes Católicos.

El 27 de abril de 1601 la casa la compró Juan Bautista Gallo, regidor de Valladolid y depositario general de la ciudad y de la Chancillería. El 12 de enero de 1605, la viuda de D, Juan, Mariana de Paz Cortés se la cedió a D. Rodrigo Calderón, Marqués de Siete Iglesias, Conde la Oliva de Plasencia y fundador del convento de Porta Coeli o de Las Calderonas, llamadas así en honor a su nombre. Al parecer, el aspecto exterior del inmueble amedrentaba a los viandantes, tal y como se refleja en un extracto del libro de Juan Agapito y Revilla “Arquitectura y urbanismo del antiguo Valladolid”. Sus muros fueron testigos de un hecho histórico, el nacimiento de Enrique IV, conocido como el Impotente, en el año 1425. Debido a este acontecimiento, a la casa se le concedió el derecho de asilo, las famosas aldabas eran la señal de estar distinguida con este privilegio, que fue confirmado el 29 de julio de 1524 por Carlos I de forma que las personas que tuvieran problemas con la justicia y llamaran a su puerta tenían inmunidad en su interior.

El nacimiento del futuro rey, junto con los inquilinos que habitaron sus habitaciones, como don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, le valieron la posición de una de las más notables de la ciudad. La fuente que se encontraba en el patio de la casa fue obra del escultor Juan de Juni. Don Rodrigo encargó a Diego de Praves las obras de reforma de la casa, y en ellas estaban cuando fue detenido el 20 de Febrero de 1619 acusado de asesinato y brujería. No llegó a verlas finalizadas, ya que fue ajusticiado el 21 de Octubre de 1621. La casa fue confiscada, y luego devuelta a su viuda Dª Inés de Vargas por concesión de Felipe IV del 20 de enero de 1623.

Al igual que otros muchos edificios civiles de Valladolid, desapareció en “los años del desarrollismo”, en la década de los sesenta concretamente en 1963, debido a que ocupaba un espacio muy atractivo en el que se podían construir casas y hacer un buen negocio, explica la doctora en Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, María Ángeles Fernández del Hoyo.”

( Iglesia de S. Felipe Neri ) (*)

Y ahora volvemos al texto de Urueña: “La cercana iglesia de san Felipe Neri 4 fue fundada en 1675 para atender las necesidades de los curas de parroquia, que en aquellos tiempos no tenían los pobres ni dónde caerse muertos. Si alguno quedaba impedido o enfermaba, lo más probable era que acabase solo y abandonado. Este templo fue proyectado con residencia de sacerdotes para evitar aquellos males, de la que se conserva un trozo de su patio, excelentemente recuperado como puede verse en la calle Regalado. Posee numerosas obras de Francisco Villota y de Juan y Pedro de Ávila”.

Tan breve comentario nos parece merece una ampliación acudiendo a Vallisoletvm, que en el artículo “Ruta de las Iglesias”, de Noviembre de 2011 sintetiza bien lo que en San Felipe Neri podemos encontrar: “Próxima a la Plaza Mayor, la Iglesia de San Felipe Neri (S. XVII), guarda una importante colección de rejas y retablos barrocos cuya arquitectura es obra de Francisco de Villota mientras que las esculturas y relieves más notables lo son de Juan Pedro de Ávila”.

Pero la principal información que en Vallisoletvm encontramos es un artículo titulado “Iglesia de San Felipe Neri” de Abril de 2010, que cita como fuente: Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid. Parte primera. (Juan José Martín González y Jesús Urrea Fernández). “Cuenta Manuel Canesí la fundación de la Congregación de Sacerdotes de la advocación de San Felipe Neri, como resultado final de una larga gestión, que conduciría a integrar a sacerdotes en una entidad que les permitiera vivir en colectividad. Eran muchas las calamidades que pasaban los sacerdotes encargados fundamentalmente de atender a las parroquias, porque no poseían un hogar adecuado ni eran socorridos en los momentos de postración, enfermedad e invalidez. No era raro verlos fallecer abandonados. Primeramente estuvieron establecidos desde el año 1645 en la iglesia de Santiago, en capilla que les facilitó el Hospital de Esgueva. Sin embargo no obtendrían una debida satisfacción hasta disfrutar de edificio propio. El solar en el que se van a establecer perteneció a los marqueses de Almenara. En este punto otras entidades religiosas habían pretendido edificar, dada su céntrica situación. La licencia para edificar en este lugar se obtuvo en 14 de octubre de 1656, según refiere Canesí, mediando el Marqués de Almenara, y dando su beneplácito la Parroquia del Salvador, en cuyo distrito se situaba la fundación. Por esta razón se ajustó un pacto entre la parroquia del Salvador, con objeto de que la Congregación no se arrogara funciones que eran las propias de aquella.

( Interior y retablo de la iglesia de S. Felipe Neri ) (*)

Concluido el edificio, se verificó la inauguración, trasladándose la imagen de San Felipe desde la iglesia de Santiago. Se establecieron memorias, como la de Don Andrés Calderón, que dejó una renta de mil ducados para remedio de huérfanas. De ilustre memoria fue el Capellán Francisco Muñoz, fallecido en 1738, siendo sepultado según Ventura Pérez en el presbiterio de la iglesia. Este escritor se extiende en pormenores acerca de la calidad apostólica de aquel varón. Sacó de pila a numerosos niños y ejerció con gran santidad la vida del confesionario. En su túmulo se colocó el retrato, que en tiempos de Sangrador todavía se conservaba.

En este edificio quedó integrado el Hospital del Rosario y la Congregación de la Presentación de Nuestra Señora.

El edificio. El 14 de junio de 1675 se concierta la construcción de la iglesia con el maestro de obras Antonio de la Iglesia. No sabemos si la traza era suya. La bendición del nuevo templo se realizó el 24 de julio de 1683. El Santísimo fue colocado en el altar mayor el 9 de agosto del mismo año. En 1710 se hizo la fachada principal. La residencia ocupaba el espacio hacia la actual calle Regalado y de Teresa Gil. La actual casa es una pequeña parte de lo que fue vasta residencia de sacerdotes y en parte enfermería”.

Esta casa, o al menos la fachada, ha sido restaurada estos últimos años, y da cierto sabor antiguo a la calle de Regalado. Continuaremos en el próximo artículo con la iglesia del Salvador, que contiene notables joyas artísticas como veremos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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