Por José María Arévalo

( Más o menos así se vería la fachada de la iglesia de la Merced en la calle de su mismo nombre si no se hubiera derribado) (*)
Seguimos el capítulo “Zona de la calle del Santuario y san Juan” del itinerario que realiza Juan Carlos Urueña Paredes en su libro “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, que estamos reseñando, y que comenzó por las calles del Santuario y Fray Luis de León, pero vuelve a referirse a la calle Santuario para incluir una reconstrucción de la extraordinaria Casa del Cordón, que ahora veremos. Antes, bajo el título “Calle de la Merced y san Juan”, al que dedicaremos el artículo de hoy y el siguiente, reconstruye la iglesia y el convento de la Merced.

( La calle de la Merced en la actualidad. En el solar que ocupan los bloques de casas de la izquierda, había hasta hace pocos años unos patios de deportes del colegio de san José que conservaban aún restos del claustro) (*)
“Más o menos –incluye Urueña al pie de la foto de la reconstrucción de la iglesia- así se vería la fachada de la iglesia de la Merced en la calle de su mismo nombre si no se hubiera derribado. Como en otros casos, para su reconstrucción ha sido fundamental el dibujo que para ilustrar la “Historia de Valladolid” de Antolínez de Burgos hizo Ventura Pérez –que incluimos más abajo-, pero arreglando sus proporciones. Era una bella fachada clasicista, de calidad similar a la de las Angustias o san Agustín, obra de Pedro de Mazuecos. Su portada fue, tras su derribo, vuelta a montar en el Portillo del Prado. Tenía las estatuas de la Virgen de la Merced y a ambos lados dos santos mercedarios; el de la izquierda lleva un libro y quizá fuera san Pedro Pascual. El de la derecha pudiera ser san Pedro Nolasco, pues parece llevar el báculo de doble travesaño, atributo suyo como fundador de la Orden”.
“El convento –continúa Juan Carlos Urueña- se conservó hasta fechas recientes. A él pertenece la foto que corresponde a la fachada que daba a la calle de Maldonado. Con ella, ayudado del plano de Ventura Seco y de la planta dibujada en 1849 (abajo) se ha podido recrear aquel espacio urbano (arriba). Es curioso ver en la foto varios ejemplares de olmo, alguno de ellos añoso. Aún persiste en la calle y por la zona una buena cantidad de ellos y no se sabe si los habría en el siglo XVII, pero no nos ha parecido mal incluirlos. Lib. prd: M.ª Antonia Fdez. del Hoyo. “Patrimonio perdido. Conventos desaparecidos de Valladolid”. Pag. 201”.

( Dibujo de la iglesia de la Merced, obra de Ventura Pérez) (*)
Ya en el texto del apartado, prosigue Urueña: “El convento de la Merced Calzada existió en la calle de su mismo nombre. Fue de muy antigua fundación. Cuando la exclaustración de 1836 fue dedicado a cuartel, y más tarde derribada la iglesia para abrir la calle.
La iglesia de la Merced tuvo muchas capillas pertenecientes a las principales familias de la ciudad y, dada su antigüedad, pasaron sus patronatos de unas a otras muchas veces. Durante las obras de reforma de una de ellas tras cambiar de dueño, apareció en un nicho
«…un cuerpo como un esqueleto que tenía las insignias de caballero de la Banda, que eran banda y espada y espuelas doradas. Hizo admiración que le durase entera grande barba y cabello igual, y consistente armadura. Viose una tarde arrimado a la pared sin que se desarmase y destrabase la corporal compostura, y al moverle se desvaneció toda aquella fábrica.»
La historia local está salpicada de noticias así. El mudar de los tiempos no respeta nada, ni los lutos y ceremonias que se hicieron para honrar el descanso de los nobles fallecidos, ni los suntuosos mausoleos hechos para resistir los siglos. Condes, marqueses y obispos han sido sacados de sus tumbas, trasladados a otras, o simplemente enterrados en cualquier sitio debido a reformas o al derribo de los templos.
Los beatos y religiosos de vida ejemplar tampoco se libraban, pues eran muchas veces exhumados y examinados para encontrar signos de santidad. Las más de las veces eran hechos picadillo para conseguir las ansiadas reliquias que hoy “decoran” iglesias con huesos y miembros momificados. A partir de la Contrarreforma estas prácticas fueron mucho más comunes, y aunque no nos ha llegado ninguna relación exacta de tan tétricas autopsias, sí nos encontramos con citas del tipo:
«…se le hallaron los sesos frescos con todos sus lineamientos y buen olor…» De todas maneras, muchas veces era la misma gente que acudía al velatorio del beato de turno la que dejaba al muerto hecho unos zorros. Se puede calificar de surrealista la crónica de las “honras” que le hicieron al padre Jerónimo Benete, narradas por Canesi:
«…prosiguió la multitud innumerable tocando los rosarios al cadáver, relicarios, joyas y otras alhajas y crecieron los santos robos, aun por la gente más principal; desde la mañana se reconoció que tenía menos el dedo pequeño de una mano;…la cabeza ya sin más pelo que cercenar, el manteo y sotana padeció demasiada disminución, hurtáronle los zapatos; un caballero le quitó una crucecilla que tenía en las manos; fue de ver como un retazo de sotana, que repartían, ocurrió una muchedumbre de manos, que cada una le esperaba; aún se supo que algunas personas llevaron instrumentos para cortar lo que pudiesen del cadáver…»

( Reconstrucción aproximada de la Casa del Cordón, tal como luciría en la calle Santuario si se hubiera conservado) (*)
Entre la Merced y el Santuario, justo enfrente de la fachada de éste último, se alzó la casa del Cordón. Como se comentó anteriormente, también hubo en Valladolid casa “del Cordón” y casa de “las Conchas”, como en Salamanca y Burgos, pero aquí desaparecieron.
La de las Conchas o de las Veneras estuvo enfrente del colegio de Santa Cruz, y al no conservarse ni rastro de cómo era no se ha podido reconstruir. Sin embargo, se conserva un dibujo de la del Cordón, recopilado en el libro “Arquitectura y nobleza” por Jesús Urrea. Es un mero apunte que se conserva en la Biblioteca Nacional, pero que permite recrear este vetusto edificio que perteneció al marqués de Aguilafuente, y que se quemó en 1898 cuando estaba dedicado a manicomio municipal”.

(Aspecto actual de la calle Santuario, donde hubiera estado la Casa del Cordón) (*)
Respecto de la casa del Cordón, en el pie de la foto de su reconstrucción, Urueña explica que “ podría lucir así, ciñéndonos literalmente al dibujo de la Biblioteca Nacional obra de Valentín Cardereda (1836) y su situación según el plano de Ventura Seco (página anterior). El dibujo no es más que un bosquejo y poco deja entrever. La reconstrucción ha sido dificultosa, pues los elementos no están nada claros. El remate triangular en forma de frontón de tres de sus ventanas no corresponde a un edificio del siglo xv, lo que hizo pensar en una actuación posterior que aportase tales adornos clásicos. Efectivamente, Jesús Urrea en su libro”Arquitectura y nobleza” documenta el reparo que sufrió en 1668 cuando se cambiaron suelos, puertas y ventanas de toda la casa. El mismo autor opina que el edificio sería de ladrillo salvo la portada y la cimentación. El dibujo parece darle la razón, pues los rasgos de la portada delimitan lo que parecen sillares y los del resto de la fachada son más menudos.

(Dibujo de la Casa del Cordón, en la Biblioteca Nacional obra de Valentín Cardereda en 1836) (*)
Sin embargo, consultadas otras opiniones dignas de crédito, se nos sugirió la posibilidad de que todo el edificio fuese de piedra dado el empaque de su portada. Ante la duda se optó por una solución intermedia, y se ha recreado con un tipo de piedra más pequeña e irregular que la de la portada. Otras fuentes, a la vista del dibujo, me indicaron que los frontones de las ventanas parecían en realidad tejadillos de madera, y así se han representado. En la ilustración de arriba el edificio tal como luciría en la calle Santuario si se hubiera conservado. Debajo, aspecto actual de la calle”.

( Situación de la Casa del Cordón según el plano de Ventura Seco) (*)
Volvemos al texto de Urueña: “A medio camino entre la Merced y los Vadillos se encuentra el barrio de san Juan, cuyo nombre procede del convento de Templarios que allí se alzaba. Según Ortega y Rubio, era uno de los cinco más importantes de España y cuando la Orden fue suprimida, la iglesia del convento quedó como ermita de la misma advocación, convirtiéndose con los años en parroquia. En 1842 se derribó dado su estado ruinoso y más tarde se construyó el actual templo, que no merece mayor comentario. Existe el correspondiente dibujo de Ventura Pérez, pero tan confuso que la reconstrucción se hace difícil”.
En el próximo artículo recogeremos algo más sobre la iglesia de san Juan, pero ahora vamos a ver lo que incluye Vallisoletvm sobre los Templarios en nuestra ciudad, en un artículo de Marzo de 2012 que titula “Templarios en Valladolid”, en el que cita como fuente “Aportaciones al estudio de la Orden del Temple en Valladolid”, de Javier Castán Lanaspa: “La existencia de un convento templario en Valladolid es indudable, nombrándolo todos los historiadores locales, quienes citan una bula de Alejandro III (1159-1181) en la que aparece junto a otros cuatro que la orden tenía en la península. No sabemos la fecha concreta de su establecimiento en nuestra ciudad, pero sí que organizaron sus actividades en torno a una ermita dedicada a San Juan Bautista que existía desde la segunda mitad del siglo XII y que estaba situada junto a una de las puertas de la ciudad, a la que dio nombre. Posteriormente, y tas la ampliación de las murallas, quedó incluido en el interior de la ciudad, en una zona que adquirió gran importancia residencial y cortesana. Ocupó el espacio que actualmente está comprendido entre las calles Cardenal Mendoza, Colón y Huelgas y la plaza de San Juan.
Al ser suprimida la orden en 1312, la iglesia pasó a ejercer la función de parroquia y las dependencias del convento a poder de la Corona, como en otros lugares de Castilla. La reina doña María de Molina las cedió a su canciller, el abad de Santander don Nuño Pérez de Monroy, quien habilitó parte de ellas para hospital de pobres, y el resto lo convirtió en palacio, en el que en ocasiones se hospedaron los propios monarcas, entre ellos Pedro I cuando vino a Valladolid a contraer matrimonio con doña Blanca de Borbón. Al morir , don Nuño Pérez cedió el patronazgo del hospital al cercano monasterio de las Huelgas, que lo poseyó hasta que un incendio lo destruyó completamente, siendo los materiales empleados por las monjas para la construcción de su nueva iglesia.

( La iglesia de San Juan, de los Templarios, según dibujo del libro «La historia de Valladolid», de Antolinez de Burgos) (*)
En los solares que quedaron tras la desaparición del hospital se abrió una calle a la que, en memoria de los caballeros que allí vivieron, se dio el nombre de calle de los Templarios, paralela a otra llamada de la Magdalena, en la que se levantaba la iglesia del mismo nombre. Entre los años 1886 y 1889 se derribaron los edificios situados entre ambas, abriéndose la actual calle Colón, denominada así por creerse que en una casa cercana al templo de la Magdalena murió el descubridor de América.
En cuanto a la iglesia, desempeñó sus funciones parroquiales hasta el año 1841 fecha en la que, debido a su estado ruinoso, se cerró al culto, siendo sustituida en su cometido por la del antiguo convento de Belén. Fue derribada poco después, pero conservamos dos representaciones de ella, por lo menos. La más antigua es de hacia 1738 y correspondiente al plano de Valladolid que por esas fechas realizó Bentura Seco y que conocemos por la reproducción que a principios de siglo se realizó bajo la dirección de Agapito y Revilla. En él nuestra iglesia aparece como un sencillo edificio rectangular cubierto con un tejado a dos aguas, con estrechas ventanas y una torre de cuatro cuerpos y remate piramidal.
La segunda puede situarse entre los años 1756 y 1774, y forma parte de la colección de dibujos que acompañaba a una de las ediciones de la Historia de Valladolid de Antolinez de Burgos que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. La iglesia de San Juan Bautista aparece también como un edificio alargado, sin cabecera, rodeado por contrafuertes y con una torre de mampostería de escasa altura que lleva en su parte superior un cuerpo de campanas y remata con un tejado a cuatro aguas. No parece posible reconocer en ella estilo alguno, quizá porque debió sufrir constantes modificaciones a lo largo de su historia.
Nada ha quedado, pues, del antiguo monasterio. Juan Agapito y Revilla creyó ver en una lápida situada sobre la puerta de una casa ya desaparecida de la calle de Renedo el último testimonio de la presencia templaria en nuestra ciudad; quizá llegó a esta conclusión porque, aunque no pudo leerla, creyó que la cruz que en ella estaba inscrita era la cruz del Temple. Sin embargo, el análisis de esta lápida (realizado a través de una fotografía, porque ella desapareció con la casa), revela por el tipo de letra empleada (capital romana no usada en la Edad Media), así como por el sistema de abreviaturas, que cronológicamente puede situarse a finales del siglo XVI o comienzos del XVII.
Mucho más dificil es la lectura del texto, pero por el significado de algunas palabras puede deducirse que se trata de una oración corta o una jaculatoria, lo que vendría a reforzar la presencia de la cruz, inscrita en un círculo, en su parte superior”.
Así que la semana que viene ampliaremos la información sobre la iglesia de san Juan, y nos centraremos en el, próximo a ella, Colegio de los Ingleses.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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