Por Javier Pardo de Santayana

(Elefantes. Acuarela de Ana Vanderghem en anavanderghem.com.ar.) (*)
A punto – supongo – de cerrar mis «Ecos de Mozambique», que prolongaron en el recuerdo mis «Nuevas imágenes» de aquel país y sus alrededores, creo que no puedo por menos de dejar dicho algo sobre los elefantes, materia que ustedes agradecerán después de oír los telediarios españoles. Así que hablar de elefantes encaja perfectamente en la línea que he seguido últimamente, y además me parece indispensable teniendo en cuenta que mis ochenta fueron celebrados – eso sí con varios meses de retardo – montando por primera vez en este paquidermo.
El evento tuvo lugar en la República Sudafricana cerca de Hazy View, en los aledaños de los Drakenberg, y mi compañera de cabalgada fue mi nieta más pequeña, que no mostró el menor temor a la hora de montarlo a pelo y sin artificio alguno que lo facilitara. El animal elegido sería «Andali»: un hermosa hembra cuyo nombre significa, según nos dijo el guía, «la que tiene hijos». Constaté entonces que montar en elefante se parece a hacerlo en camello, por cuanto el paso que hace el animal de sentado a posición de marcha da lugar a unos movimientos enormemente bruscos que uno ha de contrarrestar echándose sucesivamente a tope adelante y atrás hasta una estabilización definitiva. Bueno; esto es un decir, porque uno no puede prescindir de sentir el vaivén y los huesos del animal bajo las posaderas y va simplemente agarrado al cinturón del de delante.
Esta experiencia, teóricamente inadecuada para un octogenario, me permitió conocer muchas cosas sobre la especie, entre las cuales la que más me divirtió, y lo confieso sin rodeos, fue caer en la cuenta de que las grandes orejas del elefante africano – en contraste con las relativamente pequeñas del asiático – tienen una forma extraordinariamente parecida a la del continente en el que habitan. En efecto, recorte usted una oreja de la fotografía del animal, y verá como aparece hasta el golfo de Guinea.
Otra cosa curiosa es lo porosa que es esa piel que uno tiene por dura y casi impenetrable. Échele usted agua aunque sea en abundancia, y verá como la piel la va absorbiendo según resbala hasta hacerla desaparecer del todo. También es interesante saber que las uñas van al aire, sin conexión con los huesos, y que las patas se ensanchan o adelgazan según el peso, actuando como amortiguadores. O dónde se localiza el agujero de sus descomunales orejas. O el lugar, cerca de las sienes, donde el comportamiento de una glándula determinada expresa el estado de ánimo del animal, que también avisa de su predisposición para atacar mediante la posición de las orejas…
Y muchas cosas más. Por ejemplo, supe que, para coger cosas pequeñas, el elefante usa el extremo de su trompa cual si tuviera dedos, y que los dos orificios que ésta tiene sólo se unen al final, allá arriba, al llegar a la entrada de la boca. Y, claro está, la enorme cantidad de agua que bebe; que eso lo constaté yo mismo, porque encargaron a mis nietos que vaciaran repetidamente un gran bidón repleto del líquido elemento en el final de aquel apéndice, y lo hicieron hasta decirles basta porque el animal volvía inmediatamente a pedir más y más avanzando su trompa como si fuera el brazo de un mendigo solicitando unas monedas. En cuanto a comer, ya ni les digo: creo que son como trescientos o cuatrocientos kilos los que ingiere diariamente cada uno, así que una familia al completo puede devastar en poco tiempo hectáreas de vegetación de la sabana.
Otra curiosidad: la relativa al mito de los conocidos como «cementerios de elefantes», sustentado en la idea de que hay como un instinto que induce a éstos a reunirse en un lugar determinado para morir allí; que esto sucede sin que realmente se conozca la razón por qué. Pues la cuestión, según nos revelaron los expertos, es que los elefantes mueren, sobre todo, por culpa de su dentición. Creo, en efecto, recordar que tienen hasta seis mudas sucesivas y que cada una de ellas empuja a la anterior, de suerte que, consumido ya el último repuesto, el animal ha de aguantar con él hasta el final, cuando el desgaste le obliga a buscar pastos más blandos. Total, que, no pudiendo ya seguir el plan de vida de sus compañeros, el anciano elefante preferirá vivir hasta el final de sus días, ya sin posibilidad de alimentarse y sin familia, junto a los grandes charcos. Triste final para este entrañable y poderoso amigo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.staticflickr.com/2885/12071775766_1216bd0227_o.jpg