Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Mary Whyte en charileiva.com) (*)
El ser humano revela quien es por dentro en su expresión externa. Y la primera es la del rostro: «la cara es el espejo del alma» dice el refrán, y, efectivamente, quien estuvo de mal humor toda su vida lo suele llevar impreso en sus facciones: la configuración de las arrugas le delatan. También se expresa el ser humano con la forma que tiene de vestir, sobre todo en los excesos. Se nota, por ejemplo, a simple visita, si es persona descuidada o demasiado pendiente de cosas superfluas. También puede darnos algunas claves importantes saber con quien se relaciona. En fin, también uno suele retratarse por sus gustos y aficiones.
De ahí que me preocupen algunas expresiones habituales de los jóvenes de hoy. Por ejemplo, las relacionadas con el ocio. La televisión nos muestra el paisaje después de un botellón y en él se ve una increíble acumulación de detritus, cuantificados en toneladas por los servicios de limpieza. A mí esto me parece una vergüenza. Me avergüenza, sí, que la gente se encuentre a gusto en ese ambiente; que pueda disfrutar materialmente estando rodeada de basuras y con las ambulancias preparadas para asistir a los borrachos y drogados. También me asombra que encuentre atractivo dar saltos y saltos en el seno de una multitud adocenada que supongo sudorosa y por tanto maloliente, mientras escucha varias horas a un rapero; algo que a mí me parece insoportable. Me preocupa ese estúpido gregarismo de rebaño.
Me preocupa, claro está, que la gente no se sienta incómoda entre paredes enmarranadas por pintadas y grafittis sin sentido, demostración palmaria del escaso respeto por el prójimo que tienen quienes las perpetraron. Y me rebelo aun más ante quienes hablan de tanta suciedad visual como de un «arte urbano». Me extraña que alguien pueda sentirse a gusto en un ambiente degradado por chafarrinones sin sentido.
Me entristece oír blasfemias encubiertas y el lenguaje soez de los jóvenes de ahora porque revelan una suciedad mental que no augura desde luego un buen futuro. Quienes así se expresan serán luego padres de familia y responsables de una sociedad que cada vez se identifica más con la fealdad. Y siento sobre todo que la muestra de incultura y mala educación del mal hablar salga también de labios femeninos.
Me asombra y me indigna ver las universidades pintarrajeadas y pobladas de grupos destructivos que, como tengo comprobado, derriban las puertas de las aulas y acuden al kiosco de los bocadillos para sentarse en los pasillos con sus porros. Detesto unas pintadas justificadas como símbolos de libertad, y la coacción consentida por rectores pusilánimes o decididamente impresentables.
Observo que casi ningún joven se siente movido a ceder paso al prójimo en la acera, y me repele la falta de delicadeza y de respeto de quien así se comporta con sus semejantes. En resumidas cuentas, temo un futuro poblado de egoístas que no se complacerán con la belleza y la bondad; que no buscarán el bien sino lo que les apetece en el momento; que actuarán por eslóganes y no por convicciones propias, que no se darán cuenta de que el mal se expresa en su relación con los demás.
Sé que sigue habiendo jóvenes sanos y hasta ejemplares; no faltaría más. Sé que muchos han sabido aprovechar los avances de todo tipo que nuestra generación les ofreció; que sigue habiendo incluso idealistas y poetas, que de todo habrá en la viña del Señor. Que los hay generosos, inquietos por el sufrimiento de los demás y voluntarios para apoyar con su esfuerzo a los necesitados. Lo malo es que no se les oye demasiado, y que el ambiente general refleja la falta de un sentido trascendente de la vida. Supervivientes de la complejidad y el caos, muchos andan sin otro rumbo que el que les van marcando el día a día y los estímulos externos.
De ahí que me preocupe sobre todo el ambiente educativo que promueven algunos que desprecian los deberes; aquellos a quienes tan sólo importan los derechos. Quienes, a la manera de Sartre, creen que el infierno son los otros. Observo que, habiéndose perdido el sentido del pecado, ya nadie admite haber obrado mal ni aunque se haya cargado a su vecino a cuchilladas. Nada de responsabilidad respecto a lo que uno tiene tiene alrededor; las leyes nada tendrán que ver con la conciencia, sólo serán fruto de mecanismos sociales exigibles para lograr una convivencia organizada y proveedora de necesidades y caprichos.
Temo que nuestros jóvenes puedan llegar a ver con naturalidad la expresión de mala baba e irresponsabilidad de esos vociferantes de su edad que violentan la paz y acaban destruyendo todo cuanto en su camino encuentran, o la asombrosa presencia de cómplices del terrorismo en puestos de responsabilidad y de poder.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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