Por José María Arévalo

( San José y el Niño. Óleo de El Greco en la Capilla de San José, en la calle Núñez de Arce, que normalmente está cerrada al público, pero se abre ahora con motivo del Centenario) (*)
Comentábamos, en el primer artículo sobre el IV Centenario del fallecimiento de El Greco, en Toledo, que en la ciudad imperial se había reunido en estas fechas casi la mitad de las 300 obras del pintor que hay en todo el mundo, 77 de ellas en el Museo de Santa Cruz, en una muestra sin precedentes que concluyó la semana pasada, después de tan solo tres meses a causa del enorme coste de los seguros. Pero, además de varias exposiciones de menor envergadura en otras ciudades, que procuraremos comentar más adelante, se mantienen a nuestro alcance los llamados Espacios Greco existentes en Toledo: la Sacristía de la Catedral de Toledo, la Iglesia de Santo Tomé y el Hospital Tavera, que son los más conocidos, y además el convento de Santo Domingo el Antiguo y la Capilla de San José. A ellos hay que añadir el Museo del Greco en Toledo, en la que pudo haber sido su casa, que se considera aparte, no sabemos por qué. En el artículo anterior comentamos la muestra del Museo de Santa Cruz y la Sacristía de la Catedral, así que vamos con el resto de los Espacios Greco. Los comentamos en orden inverso, para acabar con el más importante, la Iglesia de Santo Tomé con el maravilloso Entierro del Conde de Orgaz, su obra cumbre.
De la antiguamente llamada Casa-Museo del Greco, que ha dejado de llamarse Casa porque la suya, próxima, desapareció, y que ha estado cerrado por obras de reforma desde 2006 hasta marzo de 2011, solo decir que, aparte muchas obras de varios autores de los siglos XVI y XVII -25 de ellas cedidas en depósito por el Museo del Prado-, aloja de El Greco un San Bernardino, El Redentor (1610-1614), una Vista y plano de Toledo, y sobre todo un Apostolado completo del mayor interés por ser, muy probablemente, el último que pintara (el primero, de 1590, está ahora en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, lo comentaremos la semana que viene), porque tres de los cuadros de los apóstoles están inacabados, en distintas y sucesivas fases de su ejecución, lo que permite comprobar cómo pintaba el gran maestro manierista. Hay un buen comentario sobre ello, titulado “El estilo del Greco” en http://www.youtube.com/watch?v=Wa6dT5tVjkA&feature=relmfu
Y nos vamos a la Capilla de San José, donde encontraremos dos Grecos importantes, San José y el Niño y La Coronación de la Virgen. Conviene que aprovechemos estas fechas porque la Capilla está normalmente cerrada al público, y es por ello uno de los Espacios Greco menos conocidos. La capilla de San José puede verse estos días en el número 7 de la calle Núñez de Arce, muy cerca de la parroquia de San Nicolás y no lejos de la plaza de Zocodover, centro neurálgico del casco histórico. Esta capilla se erigió en 1594, y tres años después encargaron su decoración al Greco los herederos de Martín Ramírez, un rico comerciante que tuvo en la zona varias casas, que había cedido a Santa Teresa para la fundación de su quinto convento, proyecto que nunca llegó a realizarse, y en su lugar erigieron la capilla que podemos contemplar hoy, tal como fue concebida por El Greco, a excepción de dos retablos laterales.
Todavía se conservan, en el retablo central, considerado el más innovador de los concebidos por el Greco, los dos únicos lienzos originales, San José con el Niño y la Coronación de la Virgen. Los retablos laterales fueron adquiridos por la National Gallery de Washington. Efectivamente, en 1907, un antepasado del actual titular, el político conservador Joaquín María de Mencos y Ezpeleta, Conde de Guendulain, vendió a un marchante francés, por 300.000 francos, dos de los soberbios Grecos conservados en la capilla, que hoy se guardan en la National Gallery de Washington: “San Martín partiendo la capa” y “La Virgen y ángeles acompañados de Santa Martina y Santa Inés”, que hemos podido contemplar hasta la semana pasada en la exposición del Museo de Santa Cruz, cedidos al efecto por la National Gallery.
El retablo mayor de esta la Capilla de San José ha sido considerado como la obra más revolucionaria de El Greco, por el carácter tan dinámico y por la estructura de retablo dentro de otro retablo, aunque no se conserva tal y como lo diseñó el cretense al haberse añadido a la parte central en el siglo XVII nuevos elementos barrocos. Supone, según Soehner, una innovación con respecto al retablo tradicional porque no se organiza en varios cuerpos que alojan cuadros superpuestos, sino que acoge una sola escena de gran tamaño, el lienzo de “San José con el Niño”, de El Greco. En el ático, enmarcado por pilastras, aparece un recuadro rectangular que alberga el otro cuadro de El Greco, la “Coronación de la Virgen”.
El “San José con el Niño” del altar mayor es, a juicio de Álvarez Lopera, una de las mayores creaciones del pintor y además muy original en su iconografía. En efecto, durante toda la Edad Media, San José había sido tratado como una figura secundaria dentro del marco de escenas mayores y solo a partir de 1500, en Alemania y en los Países Bajos, se le representa con la categoría de figura independiente. El Greco lo que hace es introducir esa representación en España, “aprovechando” que el Concilio de Trento había prestado un nuevo auge al culto al santo patriarca y cambiado la imagen que hasta entonces se tenía de él como un varón provecto y no como un hombre joven, fuerte y vigoroso tal como aquí nos lo representa.
Con esta representación, escribe Soehner, “el Santo se remonta sobre la Tierra en tamaño sobrehumano: un gigante que custodia el mundo y que vela sobre él. Así se hace visible la excelsitud de San José, quien se convierte en el símbolo del “héroe cristiano”, que protege a la Tierra y en especial a Toledo” .
En el otro cuadro, el del ático, la “Coronación de la Virgen”, el artista retomó un modelo muy popular en el arte italiano, que ya había utilizado en el retablo de Talavera la Vieja, con el que los críticos lo relacionan. La diferencia es espacial, el formato vertical de aquel retablo se trasforma en este en un formato apaisado, pero la composición, dividida en dos zonas, es idéntica. Álvarez Lopera también observa que aunque entre ambos cuadros existen similitudes, “aquí se ha acentuado la tendencia al alargamiento de las figuras que aparecen también algo desmaterializadas y la Virgen ha cobrado una mayor plenitud y flexibilidad corporal”.

( Retablo mayor de Santo Domingo el Antiguo) (*)
Vamos ahora con el Convento de Santo Domingo el Antiguo, que actualmente conserva los cuadros, en su retablo, de El Greco: San Juan Evangelista, San Juan Bautista, La Resurrección de Cristo con San Ildefonso; La Trinidad, que estaba colocado en la parte superior, se conserva en el museo de El Prado, del que se trajo a la exposición del Museo de Santa Cruz recién clausurada.
El Retablo mayor de Santo Domingo el Antiguo de Toledo, realizado por El Greco entre 1577 y 1579, fue su primer encargo importante recién llegado a España y conseguido gracias a Diego de Castilla que había conocido en Roma. Le proporcionó inmediata fama.
El encargo total consistió en nueve lienzos, siete para el retablo mayor y otros dos para dos altares laterales. De ellos en la actualidad solo quedan tres pinturas originales en el retablo, San Juan Evangelista y San Juan Bautista en el retablo mayor y la Resurrección del altar lateral de la derecha. Los demás han sido vendidos y sustituidos por copias. El primero que vendió la comunidad religiosa al infante Sebastián Gabriel fue el lienzo central La Asunción de la Virgen en 1830; poco después se vendió el San Bernardo y el San Benito, comprando el escultor del rey La Trinidad que hoy se encuentra en el Museo del Prado.
La influencia de Miguel Ángel, cuya obra estudió el Greco en su estancia en Roma, es evidente en el lienzo de La Trinidad (300 x 179 cm.), aunque el Greco se inspiró en una estampa de Durero, actualmente conservada en la Albertina de Viena. La iconografía cristiana que refleja, la llamada Compassio Patris, donde el Padre, que conmovido, sostiene el cuerpo del Hijo muerto en la cruz, tiene una simbología eucarística y redentora: la aceptación por parte del Padre del sacrificio de su Hijo para que la humanidad alcance la salvación.

( Retrato del Cardenal Tavera . Óleo de El Greco. 1609 – 1614. Óleo sobre lienzo.103 x 83 cm. Fundación Casa Ducal de Medinaceli. Hospital Tavera, Toledo ) (*)
En cuanto al Hospital Tavera, cuya sacristía se ha restaurado para la gran exposición del Greco, las obras de este que en ella pueden verse desde el el 14 de marzo son: la magnífica Sagrada Familia con Santa Ana, con el rostro de la Virgen María más bello que pintó El Greco; San Pedro en lágrimas; El Cardenal Tavera (que El Greco pintó en base a la máscara de cera que, probablemente, realizó Berruguete sobre el propio cadáver del cardenal); San Francisco arrodillado en oración; El Bautismo de Jesús (que está situado en el retablo lateral de la iglesia y que es una de las últimas pinturas del cretense que no concluyó él sino su hijo Jorge Manuel); y una escultura también suya, su Cristo Resucitado, que es la única documentada del Greco y acaba de ser restaurada en el Museo del Prado.
El Hospital Tavera es el único Espacio Greco situado fuera del casco urbano propiamente dicho, frente a la puerta de Bisagra. Se ha buscado reunir las piezas del Greco entre la iglesia y la sacristía, que en realidad es donde estuvieron hasta prácticamente la guerra civil. Junto a los grecos puede verse el maravilloso sepulcro del cardenal que construyó Berruguete entre 1557 y 1561, y que ocupa un lugar principal en la nave central de la iglesia. El retablo de la iglesia fue proyectado por El Greco y llevado a cabo por su hijo Jorge Manuel.
Actualmente el edificio sigue siendo propiedad de la Casa de Medinaceli y en su interior se encuentra el Museo Fundación Lerma que alberga numerosas obras artísticas de gran valor: además de los cuadros de El Greco, otros de Ribera, Tintoretto, Luca Giordano, Tiziano, Snyders y Jacopo Bassano entre otros. Sobresalen uno de los pocos retratos pintados por Zurbarán y una copia de Carlos V a caballo en Mühlberg de Tiziano (Museo del Prado) pintada por Sánchez Coello.

( El entierro del Conde de Orgaz, en la Iglesia de Santo Tomé. Obra cumbre de El Greco, y obra maestra de toda la pintura ) (*)
Y vamos ya a la gran joya toledana, El entierro del Conde de Orgaz, en la Iglesia de Santo Tomé. Nos dice la Historia que gracias a la ayuda de don Gonzalo, señor –no Conde- de Orgaz, los monjes agustinos que vivían en la parroquia de San Esteban, a orillas del Tajo, consiguieron trasladarse al lugar donado por el noble para construir allí una nueva iglesia. Cuando murió don Gonzalo en el año 1323 pidió ser enterrado en su parroquia, la de Santo Tomé. Antes de fallecer, don Gonzalo había legado ciertas rentas de la villa de Orgaz a la iglesia de Santo Tomé, que fueron pagadas religiosamente por la villa a la iglesia todos los años hasta 1564, cuando las gentes de Orgaz decidieron unilateralmente finalizar la donación. El párroco de Santo Tomé inició un pleito contra la villa para recuperar esas rentas, y obtuvo el respaldo judicial. Con las ganancias obtenidas decidió mejorar la capilla funeraria de don Gonzalo Ruiz, incluyéndose entre estas mejoras el encargo del cuadro a El Greco. El contrato fue firmado por Doménikos en 1586.
Se decía que en el momento de enterrar el cuerpo del señor de Orgaz en la fosa, aparecieron milagrosamente San Esteban y San Agustín para depositarle, momento que describe el pintor. La zona superior se considera la zona de Gloria, hacia donde se dirige el alma de don Gonzalo. Se organiza a través de un rombo, crea un movimiento ascendente hacia la figura de Cristo que corona la composición. Viste hábito blanco -símbolo de la pureza- y está sentado, siendo una de las enormes figuras tradicionales del cretense cuyo canon estético rompe con el tradicional. A su derecha vemos a la Virgen, vestida con sus tradicionales colores azul y rojo, que simbolizan la eternidad y el martirio, respectivamente. Frente a María se sitúa una figura semidesnuda que se identifica con San Juan Bautista, siendo ambos los medios de intercesión y salvación ante Dios. De esta manera se representa una Deesis, muy habitual en el arte bizantino. En la zona izquierda de la Gloria encontramos a San Pedro, portando las llaves de la Iglesia, junto a querubines, ángeles y otros santos. En la derecha se sitúan San Pablo, Santo Tomás -con una escuadra- e incluso Felipe II, a pesar de no haber fallecido, como también hizo Tiziano para Carlos V en la Gloria, hoy en el Museo del Prado.
Estas figuras de la zona superior tienen mayor movimiento, acentuándose algunos escorzos como el del ángel del centro de la imagen. Las tonalidades se han hecho más variadas como el amarillo, el verde o el naranja, colores totalmente manieristas junto a los tradicionales de la Escuela veneciana, presididos por el azul, el rojo y el blanco. Entre ambas zonas existen numerosos nexos de unión que hacen que la obra no esté formada por dos partes aisladas entre sí. El primero viene determinado por la luz, ya que el episodio se desarrolla en un interior y la única luz existente procede de la parte superior. En la zona baja encontramos algunos personajes que miran hacia arriba como el párroco, el Protonotario Mayor de Toledo o la figura que se sitúa tras el sacerdote que lee. La Virgen mira hacia abajo como si fuera a recibir el alma de don Gonzalo, que es transportada por el ángel con las alas desplegadas, la figura que se sitúa entre medias de los dos mundos. Incluso la cruz procesional se eleva hasta la zona celestial.
El Greco ha trabajado la obra con manchas de color, como había aprendido en su estancia veneciana. Si se observa detenidamente apreciamos la ausencia casi total de dibujo; en la zona de los nobles toledanos el traje está conseguido a través de manchas negras que soportan los rostros y las manos, enmarcados por las golillas y los puños obtenidos con manchas de pasta blanca. La escena tiene un elevado componente didáctico al aparecer la pequeña figura de Jorge Manuel señalando con su mano izquierda al señor de Orgaz. De esta manera indica cuál es el destino del hombre que ha realizado buenas acciones en su vida, considerándose las obras de caridad como condición indispensable para la salvación eterna. El rechazo de estas buenas acciones como determinantes para el resultado final por parte de las doctrinas protestantes llevaría al Catolicismo a realizar una especie de «cruzada» para resaltar el valor de la caridad, siendo este cuadro un típico ejemplo de la Contrarreforma.
Algunos autores la han definido como “no sólo es la obra cumbre de El Greco, sino la obra maestra de toda la pintura”. El Greco lo pinta en plena madurez artística. Tiene rigor arquitectónico y una unidad extraordinaria a pesar de los dos partes en las que está dividido. En esta obra están presentes todos los elementos del lenguaje manierista del pintor: figuras alargadas, cuerpos vigorosos, escorzos inverosímiles, colores brillantes y ácidos, uso arbitrario de luces y sombras para marcar las distancias entre los diferentes planos, etc.
Cuando el Greco se instala en Toledo, había alcanzado esa madurez pictórica que arrastra de su paso por Italia y los talleres de los mejores pintores de la época. Es entonces cuando el Greco apunta nuevas formas donde los cuerpos se distorsionan, se llenan de arrebato místico: las posturas, las miradas, … Que el Greco pintase una serie de personajes reales contemporáneos suyos supone el primer retrato colectivo de la historia del arte español.
El cuadro tiene influencias de la pintura italiana de los juicios finales, de los “Santos Entierros de Cristo” de Tiziano. Y también influencias de los pensamientos de la época sobre la construcción visionaria e idealizada de la gloria celeste desde lo alto. El Greco incluye personajes en tamaño real en el cuadro, cuadros dentro del cuadro –el martirio de San Esteban y los santos de la capa pluviales del obispo y el párroco-.
También es curioso, como consecuencia del manierismo, que no existe profundidad en la escena, por lo que no observamos ni suelo, ni fondo, ni casi podemos afirmar que la escena se representa al aire libre o en el interior de una cripta. La luz existe casi exclusivamente en la parte superior. En la inferior, la luz proviene de las vestiduras.
En fin, El Greco es uno de los pintores más universales que existe. Su obra está diseminada por todo el planeta, principalmente gracias al interés que despertó desde finales del siglo XIX y a la gran acción llevada a cabo por el Marqués de la Vega-Inclán, que vio en esa diseminación un inmejorable vehículo para llevar a Toledo y su pintor a todos los rincones del mundo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+) :
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