Por Javier Pardo de Santayana

( Campo de amapolas en La Overuela. Acuarela de J.M. Arévalo. 34×46 ) (*)
Estos versos, que escribí en la plácida soledad de El Palancar, pretendían, efectivamente, evocar la presencia en el Sáhara de una unidad que conocí en Aaiún y sobre la que entonces – unos diez años más tarde – yo mismo ejercería el mando:
¿Recordarán las piedras
y el sol de Hat-a-Rambla
tu acero, centinela
de los últimos confines
de la Patria?
Desde estos canchales, florecidos
de tomillo y de jara,
¿no anhelas el desierto
bajo la luna clara?
Esta noche, evocando
tu aventura africana
– amapolas de sangre
entre la arena blanca –
he soñado en tu escudo,
junto a la vieja heráldica,
sobre un campo de gules
media luna de plata.
El caso es que ahora, ya cuarenta años después de aquella fuerte presencia en el desierto de unos cañones* que plantarían cara a la ambición de nuestros adversarios, un cúmulo de circunstancias familiares no me permitiría asistir a sus actos conmemorativos. Y de verdad lo siento. Ahora se honrará el recuerdo de aquella patrulla volada en la frontera por una mina oculta: aquel grupo de hombres que vertieron su sangre generosa haciendo brotar amapolas rojas de la arena del Sáhara.
Tiempos duros, tiempos fascinantes también que dieron ocasión para el deber cumplido. Escenarios que permitían a uno conocerse así mismo, saber sus propios límites, probarse a fondo. Regusto agridulce de saberse fuerte y al mismo tiempo ser capaz de la renuncia por amor a la Patria: disciplina en su versión más dura. Su única satisfacción, la de haber hecho lo que era necesario hacer; no haber fallado.
Seguramente recordarán ustedes más o menos lo que sucedió: El Sáhara estaba en un proceso de descolonización que Marruecos distorsionaría aprovechando arteramente una situación especialmente delicada para nuestra nación. Naciones Unidas, que hasta entonces había tenido arte y parte en la descolonización del continente, decidió confiar temporalmente la administración del territorio a dos de los vecinos. El del sur, incapaz, tiró finalmente la toalla, y el del norte, como siempre y sin sanción, se fue al hecho consumado, que le salió redondo sólo a medias, porque encontró una resistencia que le obligó, fíjense ustedes, a escudarse en una especie de “línea Maginot”.
¿Que qué fue de los pobres saharauis? Pues pagaron su ingenuidad: oyeron los cantos de sirena de los argelinos, que deseaban sacar partido de la descolonización tutelándola de lejos, y en vez de seguir los pasos que les ofrecía España, jugaron a perversos con el Polisario secuestrando personas, poniendo alguna que otra carga explosiva y provocando la defección de soldados nativos. Y caro lo pagaron, ciertamente: ahí los tienen ustedes viviendo de subvenciones en la aridez de sus precarias instalaciones de Tinduf, mientras los marroquíes se afianzan en el Sáhara “útil” – con las minas de Bu Craa incluidas – instalando allí a su propia gente. Algo así como lo que hacen los nacionalistas en España cuando trincan la educación, la utilizan para fomentar el odio a España, y, conseguido su objetivo, alardean de apoyos a su causa. O cuando recogen las nueces del terror que ellos mismos dejaron estar o fomentaron de una o de otra forma y dan lugar a una falsa democracia donde sólo han podido hablar ellos y las bombas.
Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces, y según parece todo continúa igual. Marroquíes y argelinos siguen a la greña, con la frontera sin definir; los primeros esperan que el censo les acabe por resultar favorable por cansancio y los que perdieron la partida mantienen el divieso en el trasero de sus vecinos inmediatos en espera de mejores tiempos. En cuanto a los del sur, desconectados ya definitivamente, se ocupan de sus múltiples problemas. Y nosotros nos olvidamos cada vez más del tema; que bastante tenemos con la crisis.
Respecto a la ONU, pues, sencillamente no hacen nada que yo sepa. Siguen dando muestras de su inutilidad creciente, pues pretender descolonizar el Sáhara sin molestar lo más mínimo a Rabat es cosa próxima al milagro. Sí que hay que reconocerles un gran mérito: el de mantener un puro “satu quo” y aguantar cuarenta años con el mismo gesto sin que el menor sonrojo asome a sus mejillas.
¿Cuáles son, entonces, y para qué sirven los rastros de esta Historia?
Pues yo se lo diré. Aquellas vidas jóvenes, casi incipientes, que quedaron cortadas de raíz en la aridez de Tah, serían tomadas como ejemplo por otros jóvenes soldados que hoy, cuarenta años más tarde, recuerdan orgullosos cómo unos antiguos compañeros suyos se jugaron literalmente la existencia por hacer lo que debían hacer en aquel tiempo y hora haciendo de esta forma honor al juramento que un buen día prestaron a su Patria
* En rigor, el término es en este caso obús, pero la mayoría de la gente, desconocedora de la terminología propia, utiliza esta palabra para referirse a un proyectil de artillería cualquiera que sea el medio de lanzamiento
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm4.staticflickr.com/3867/14364740337_63fee53682_o.jpg