Por José María Arévalo

( Retrato de Jorge Guillén, pintado por Cristóbal Hall, y aportado a la exposición por El Norte de Castilla, que publicó esta foto) (*)
Desde el comienzo del verano se están celebrando una serie de conferencias y actos en torno a la exposición ‘La residencia de Estudiantes. La cultura de la edad de plata y Valladolid’, organizada en la Casa Revilla por la Fundación Municipal de Cultura, en la que se refleja la historia de esta institución que impulsó la actividad cultural e investigadora de nuestro país en el primer tercio del siglo del siglo XX, y que es conocida sobre todo por haber contado entre sus residentes a Federico García Lorca, Luis Buñuel, Salvador Dalí, Severo Ochoa y Rafael Alberti, entre otros. En la muestra se hace referencia a la veintena de residentes vallisoletanos, protagonistas de la historia de la institución, entre los que figuran Jorge Guillén, Pío del Río Hortega, Marcelino Pascua, Galo Sánchez, José María de Corral, José Antonio Rubio Sacristán y Emilio Gómez Orbaneja.
La Residencia de Estudiantes de Madrid es un centro fundado en 1910 por la Junta para Ampliación de Estudios, producto directo de las ideas renovadoras que había iniciado en España el krausista Francisco Giner de los Ríos con la fundación en 1876 de la Institución Libre de Enseñanza. Como explica Wikipedia, desde el primer momento quiso ser un complemento educativo a la universidad en el que se formaran los hijos de las clases dirigentes liberales, y de 1910 a 1939 fue uno de los principales núcleos de modernización científica y educativa de España.
Almudena de la Cueva, doctora en Filología Española, que actualmente realiza labores de investigación en la Residencia de Estudiantes, en una de las múltiples conferencias que se han celebrado estos días, resumió el significado de la Residencia, a partir de los ecos de la Institución Libre de Enseñanza que revolucionaron la educación promoviendo conceptos como el rigor científico, el valor de la conciencia individual, el estudio en la misma proporción de ciencias y humanidades, la igualdad de sexos y clase social o el seguimiento cercano del profesor al alumno. «Estaban convencidos –recogía la crónica de El Norte de Castilla- de que había que sacar provecho de la fuerza educativa, de que la educación debía enfocarse a la vida, a ser primero persona y luego químico, biólogo o artista». En ese ambiente formativo la figura del tutor era esencial. «Vivía en la residencia y hacía el seguimiento individualizado de los estudiantes, siendo uno de los famosos el pintor malagueño José Moreno Villa», apuntó la filóloga, que reseñó cómo la Residencia de Señoritas creció en número de alumnas más rápidamente que la de hombres, surgiendo de sus filas activistas políticas como Victoria Kent en un tiempo, dijo, en el que «las mujeres universitarias se incrementaron a velocidad de vértigo». Ideas como la responsabilidad, el ocio inteligente o la práctica de deportes formaban parte de un ideal de educación integral truncado por la guerra civil.
Esta crónica me ha recordado mi encuentro, en los años sesenta, en mi época de estudiante de periodismo de la Universidad de Navarra, con estas ideas educativas, a través del magnífico estudio de don Vicente Cacho Viú, profesor aquella Universidad y catedrático de Historia Contemporánea, fallecido en 1997, “La Institución Libre de Enseñanza. Orígenes y etapa universitaria (1860-1881)”, por el que recibió el Premio Nacional de Literatura del año 1962. Años después, ya profesional y padre de familia numerosa, se me ocurrió mencionar estos valores que defendía la Residencia de Estudiantes, en una intervención en la que los padres promotores dábamos a conocer las novedades de los principios educativos de los nuevos colegios Pinoalbar y Peñalba, de Fomento de Centros de Enseñanza, en nuestra ciudad. La sola mención de la Institución Libre de Enseñanza escandalizó entonces a algunos de los asistentes, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que a aquellos principios educativos, hoy generalmente aceptados, se unía una ideología muy laicista e incluso antirreligiosa. Y sin embargo he visto como muchos de aquellos postulados, como las tutorías, han llegado a integrarse, no hace mucho, en el sistema oficial educativo, gracias y a través de la experiencia de Fomento de Centros de Enseñanza. Por eso cuando se ataca la educación diferenciada que sigue Fomento, y veo las noticias de que en el mundo anglosajón también se está aplicando (por ejemplo Australia la está introduciendo en todos los centros públicos), confirmo mi convicción de que el filtro del tiempo nos lleva a entender la Historia.

( Dos dibujos de Federico García Lorca a la izquierda, y un retrato del escritor realizado por Francisco Bores. Foto de Ricardo Otazo en El Norte de Castilla, de la exposición de la Casa Revilla) (*)
Sobre el anticlericalismo de la Institución Libre de Enseñanza veo en Wikipedia que aquella se funda en 1876 por un grupo de catedráticos (Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Teodoro Sainz Rueda y Nicolás Salmerón, entre otros) que habían sido separados de la Universidad Central de Madrid por defender la libertad de cátedra y negarse a ajustar sus enseñanzas a cualquier dogma oficial en materia religiosa, política o moral; “Cánovas en 1875, mediante el «Decreto Orovio», suspendió la libertad de cátedra en España «si se atentaba contra los dogmas de fe», [entre otras cosas] para afianzar un principio integrista que hacía de la nación un proyecto sostenido en la voluntad divina, como defendía Cánovas. En consecuencia, tuvieron que proseguir su labor educativa al margen del Estado creando un establecimiento educativo privado laico, que empezó en primer lugar por la enseñanza universitaria y después se extendió a la educación primaria y secundaria. Apoyaron y secundaron el proyecto intelectuales de la talla de: Joaquín Costa, Leopoldo Alas (Clarín), José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal, Antonio Machado”. En cuanto subió al gobierno el partido Liberal, suprimió el «Decreto Orovio».
Eran otros tiempos, de agrios debates hoy felizmente superados para la mayoría; aunque algunos costarían sangre, sudor y lágrimas. La primera de las conferencias celebradas con motivo de la exposición ‘La residencia de Estudiantes. La cultura de la edad de plata y Valladolid’ sirvió para recordar la figura de Santiago Alba, dirigente del Partido Liberal, bajo cuyo gobierno se puso en marcha en 1910 la Residencia de Estudiantes; y que Julio Guillén, padre del poeta vallisoletano también residente, era secretario del Partido Liberal. Alba fue impulsor del diario que dirigiera después Delibes, y que celebra ahora su 160 aniversario.
En otra de las conferencias, Ana María Arias de Cossío destacaba el ambiente cultural que vivió Valladolid en los años 20 y su trascendencia en la cultura española. “Pintores, poetas, escritores y científicos –reseñaba Alfredo Gómez en otras crónica- disfrutaron de los nuevos valores de la cultura, de la permanente evolución y renovación de las ideas y de las formas estéticas, a través del debate, las tertulias y la libre formación de quienes se interesaban por cualquier manifestación artística, desde la fantasía hasta el rigor científico. (…) Ana María Arias de Cossío quiso rendir homenaje «a quienes tanto nos enseñaron» recordando la atmósfera familiar y cultural que disfrutó Valladolid «en una época, la década de los años 20, la llamada Edad de Plata, con un proceso histórico de renovación cultural por parte de la Institución Libre de Enseñanza y de los escritores de la Generación del 98. Unos querían hacer la renovación a través de la educación y los otros, a través de la literatura. Antes de ellos, surgió el grupo del 14 que apelaba a nuevos valores contrapuestos al utopismo de los primeros y al pesimismo de los segundos».
Sobre la proyección que todo eso tuvo en Valladolid, Ana María Arias de Cossío recuerda a los científicos, médicos o cirujanos «a los que les interesaba mucho el arte y la pintura», citando a Pío del Río Hortega, Marcelino Pascua y José María del Corral «que patrocinaron el Ateneo, con clara temática regionalista y foro de debates». Valladolid se convirtió en un foco cultural «con sus tertulias y veladas en los cafés. Francisco, Mariano y José María de Cossío eran jóvenes que participaron activamente en esa vida cultural lejos de la rigidez pedagógica. Para los Cossío, café y tertulia eran normas de obligado cumplimiento».
Gracias a la amistad de todos ellos con los artistas de la Residencia, por Valladolid pasaron «la generación de Lorca y Alberti, para dar charlas, también de la mano de Jorge Guillén, el poeta más esperado en las tertulias».
Sin embargo -reconoce Ana María Arias de Cossío- la Guerra Civil «truncó y quebró todo el proceso de arte nuevo, de humanismo y ciencia, de libertad y creación y sus representantes cayeron en un injusto olvido».
Bueno, no por mucho tiempo. Ya a principios de los años cincuenta Pancho Cossío era un pintor reconocido entre los de vanguardia; precisamente mi suegro le compró entonces uno de sus cuadros en una conocida galería madrileña. Es cierto que con la instauración de la dictadura de Franco –dice Wikipedia-, buena parte de los residentes y profesores se vieron forzados a exiliarse al extranjero o silenciados en un exilio interior. A partir de 1939, se clausuró la Junta de Ampliación de Estudios y la mayor parte de las instalaciones de la «Colina de los Chopos» pasaron a depender del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Sobre el Auditórium de la Residencia se erigió la iglesia del Espíritu Santo, obra de Miguel Fisac, confiada al cuidado de sacerdotes del Opus Dei. En 1943 se trasladaron los 16.000 libros de la biblioteca de la antigua Residencia de Estudiantes al recién creado Colegio Mayor Ximénez de Cisneros, en la Universidad de Madrid, actualmente Universidad Complutense. Se desconoció el paradero de los libros hasta 2010, cuando el director del colegio mayor, el profesor José Luis González Llavona, logró rescatar y catalogar 2.301 volúmenes.
Así que me han parecido muy oportunas estas celebraciones en torno a la “cultura de la edad de plata y Valladolid”. Leo que la Residencia de Estudiantes actualmente se dedica a la recuperación de la memoria histórica de la llamada Edad de Plata de la cultura española (1868–1936) a través de la celebración de actos públicos y exposiciones, y del rescate documental de su Centro de Documentación. El tiempo va decantando, positivamente, entiendo yo, los valores, y da gusto confirmar que nada de lo bueno se pierde. Claro que en mi caso hay bastante optimismo.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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