Efectos de la crisis en mi día a día

Por Javier Pardo de Santayana

( Mercado. Acuarela de Christian Couteau en Facebook) (*)

Naturalmente no será esta la primera vez que trato de la crisis. Pero si hablo ahora de nuevo de ella es porque no quisiera que mi improbable lector se llamara al comprensible engaño de pensar que cuando hago comentarios al respecto es porque aquella no me afecta; que la veo como algo que fastidia a los demás pero no a mí mismo, dichoso ciudadano libre de preocupaciones económicas. Así que les confiaré cómo me afecta personalmente pese a que hasta le busco el lado bueno, como, por ejemplo, lo que me ha hecho aprender de aquella economía que siempre desprecié por mi falta de interés por los dineros. Hasta ya sé más o menos qué es “la “prima de riesgo”, un “riesgo” que yo imaginaba con mayúscula como el apellido de un compañero mío de carrera.

Pues de entrada diré que por culpa de esas crisis tengo yo a mi hijo a ocho mil kilómetros de casa, en medio de la sabana africana, martirizado por las garrapatas – hay que ver sus huellas en las piernas – y durmiendo con el arma presta por si acaso. Podría haber estado en Repsol, o en el Banco de Santander, o en otros lugares más tranquilos; sin embargo, la crisis le obligó a aprovechar algunas de sus habilidades y hubo de vérselas a tiros con cazadores furtivos compinchados con la policía local y salir a duras penas de sus trampas y persecuciones. O sea, jugándosela. Como diría Bisbal, ¿qué fuerte, no?

También a esa distancia más o menos anda mi hija, cuyos planes familiares de posible retorno a España quedaron en el aire a la vista del ambiente que se sufre aquí. Vive muy bien, eso es cierto, y, sobre todo es una valiente, pero no desconoce, por ejemplo, que la malaria anda rondando hasta entre sus amigos, y que últimamente en los colegios se habla de secuestros de niños y de jóvenes. Así que hay que andar con ojo. Ahora, a ver qué tal las elecciones próximas; esperemos que sean tranquilas.

Como verán, los efectos de la crisis en mi día a día no son cosa baladí, y menos cuando uno ha sobrepasado los ochenta y no sólo desea la alegría de los hijos y los nietos, sino también, llegado el caso, su apoyo material y físico. Claro que la situación no llega ni con mucho a la de quienes han de recurrir a Caritas y los bancos de alimentos, pero sí justifica la importancia que podría atribuir a mi condición de víctima.

Y no me quedo aquí; que también noto lo que está pasando en otras aspectos de mi día a día. Por ejemplo, cuando veo encima de la mesa del cuarto de estar un papelito con una simple resta hecha por mi mujer. Por una parte está la paga de jubilación; por otro, los gastos fijos. Luego, la diferencia, que con lo que habrá que llegar al fin del mes. De ahorros, cero, excepto para limar los pocos que nos quedan, así que haremos equilibrios. Y seguimos sin saber los precios por una sola y única razón: siempre compramos lo que es más barato, así que para qué aprendérnoslos…

También he dicho adiós a algunas cosas que en su día hicimos, como asistir a las reuniones de ex alumnos de mi promoción americana; que ya tenemos bastante con los largos vuelos africanos…

Pero lo que más noto de la crisis es la cantidad de gente cabreada y hablando de ella todo el tiempo, efecto éste que va bastante más allá del sufrimiento que supongo en quienes carecen de empleo y sobreviven no sé bien cómo. El caso es que casi siempre oigo protestar precisamente a gente que está bastante mejor que yo: pura verdad aunque me dé no se qué decirlo – como ahora – en público. Me aburre, sí, soberanamente, oír a esos señores que siempre tuve por mayores y más serios que yo regodearse con lo mal que nos va a todos, como si así luciera más su inteligencia.

Pero en ese sentido hay otras muchas cosas que me extrañan. Por ejemplo, no veo la crisis en los supermercados. No hace mucho inauguraron uno muy conocido cerca de Laredo, en una zona en la que en menos de un kilómetro cuento, por orden de aparición en escena según se viene de Colindres: una frutería gigante, “El Árbol”, un “BM”, un gran “Mercadona», un “Aldi”, un “Lidle” y un “Telco”. Pues bien, la carretera colapsó y sigue planteando problemas de circulación pese a la construcción de una rotonda y la presencia de agentes del tráfico rodado. Un buen día reparé en el bullicio de fondo que acompañaba al contacto de codos a que obligaba la profusión de clientes acumulados en el gran recinto. Era un nivel apabullante y muy continuo, así que se lo hice ver a la cajera, a la que comenté también que no veía que la gente se centrase demasiado en los productos esenciales como carne, leche o patatas, sino que gran parte de la compra tenía que ver con lo que podríamos llamar “caprichos”, como las galletitas de coco, los bollitos de leche, el jamón, el agua mineral, las cocacolas o los quesos selectos… “Pues tiene usted razón” me dijo la mujer, “eso mismo veo yo aquí desde la caja”.

Hay quienes dicen que esto es porque no hay tantos parados de verdad como se contabilizan, pues de ser ciertos los datos andaríamos ya a farolazos por las calles. Quizá, como ellos aseguran, haya mucha economía sumergida, y, además, ahí están las familias, que están al quite. Y, sobre todo, los abuelos. Yo desde luego veo que las terrazas siguen como siempre, o sea a tope – quizás por el recurso actual a los pinchos en sustitución del menú de restaurante – y un alto nivel de asistencia a todo cuanto se nos ofrece. Quizá esto me haga verme a mí mismo como fuera de la corriente general, aunque no sea por poder más que los demás sino por todo lo contrario. Pues, mire usted por dónde, no noto los efectos de la crisis precisamente en lo que por lo visto más lo nota una gran parte de mis compatriotas, esto es, en salir menos días a cenar o ir al cine y al teatro; en dejar de fumar, en no tomar aquella cervecita de no sé qué hora y en cosas por el estilo. Y no lo noto porque nunca frecuenté esas actividades y placeres que la gente tanto echa de menos. Vamos, que remedando el verso aquél de Becquer – “¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?…¡Poesía eres tú!” – yo podría decir: “¿Qué es austeridad? ¿Y tú me lo preguntas?… ¡Austeridad soy yo!”

Así que por lo que se ve me encuentro vacunado de muchos de los efectos más citados y sensibles de la crisis de marras.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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