El Greco y la pintura moderna, en el Museo del Prado

Por José María Arévalo

( La visión de san Juan. Óleo de El Greco en la actual exposición del Museo del Prado. Hacia 1608 – 1622. Nueva York, Lent by The Metropolitan Museum of Art. Rogers Fund, 1956. 222,3 x 193) (*)

El año de El Greco concluye – como ya comentábamos en anterior artículo con ese título- con la última gran exposición del Año de El Greco en Toledo, “El Greco: arte y oficio”, que acoge la sede de los Espacios Greco organizados este año en la ciudad imperial, el Museo de Santa Cruz, y que se mantendrá hasta el 9 de diciembre, con 70 “grecos” y los únicos dibujos que se conservan del pintor; mientras cierra la otra gran muestra presentada fuera de Toledo, en el Museo del Prado, “El Greco y la pintura moderna”, que se inauguró el 24 de Junio y que hoy mismo se clausura. Ya les dije en aquel artículo anterior que no quería perdérmela, y a punto he estado de no conseguirlo porque me han fallado los compas con los que había organizado la visita, y al final he tenido que ir solo. Pero ha valido la pena, he salido muy impactado de la muestra. Tanto que no me he dado después la habitual vuelta por las salas permanentes, y me he salido del museo como enajenado, sin recordar que tenía especial interés en ver la nueva y dicen que espectacular Sala Várez Fisa, dedicada al conjunto de obras de arte español de 1200 a 1500, donadas por esa familia cuyo nombre ostenta ahora. Lo había comentado en otro artículo reciente, “La temporada de exposiciones que se inicia”. Otro día será.

Avanzaba que esta que se clausura hoy está enfocada a mostrar la importancia que el redescubrimiento de la figura del pintor cretense tuvo para el desarrollo de la pintura de los siglos XIX y XX; y que en ella podemos ver 105 obras, 25 del maestro cretense y las restantes de Manet, Cézanne, Picasso, Chagall, Modigliani, Kokoschka, Pollock y Saura, entre otros destacados artistas. Eso es lo que dice la propaganda y la crítica. Pero para mí ha sido mucho más, sobre todo el redescubrimiento de El Greco. Y es que hay en esta exposición dos obras suyas fundamentales para entender el carácter innovador de este auténtico monstruo de la pintura, nada accesibles para nosotros, el “Laoconte” de la National Gallery of Art de Washington, y sobre todo “La visión de san Juan”, traído del Metropolitan de Nueva York, con cuya foto abrimos el artículo.

Voy a hacerles, siguiendo la web del museo y la de Hoyesarte, un resumen, muy resumido de la exposición, para comentar después más tranquilamente estos dos cuadros del Greco que, para mi gusto, son la gran aportación de esta exposición de El Prado, además de la estupenda selección de obras del XX que permiten seguir su influencia en la pintura contemporánea, la mejor –con grandísima diferencia- de todas las que ha presenciado este año del Greco, desde la ya comentada aquí del Museo Nacional de Escultura Policromada, en Valladolid, la propia del Museo del Greco que se cierra también hoy, y la de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando que permanecerá hasta el 8 de noviembre.

( La dama del armiño. Óleo de El Greco en la actual exposición del Museo del Prado, cedido por el Glasgow Museum. 60 x 50 cm. Hacia 1577 – 1579) (*)

La muestra traza un recorrido – resume hoyesarte.com- a través de ocho ámbitos. El primero de ellos, titulado “La modernidad de la pintura. De Manet a Cézanne”, refleja el interés de los pintores españoles decimonónicos por su obra. La selección de artistas comienza con Mariano Fortuny, de cuyo autor está presente la acuarela “La Trinidad” –magnífica, por cierto-, y Ricardo Madrazo, autor de copias como la de “Caballero anciano”. Pero la fascinación por el pintor alcanzó también a artistas norteamericanos como Chase y a franceses como Manet y Cézanne. Este último, que en 1882 copió la Dama del armiño, influyó decisivamente, junto con el Greco, en el cubismo y el expresionismo.

( Cristo abrazado a la Cruz. 1597-1607. Óleo de El Greco en el Museo del Prado. 108 x 78) (*)

El segundo ámbito está dedicado a Picasso y el cubismo y en él se analizan obras del artista malagueño, de su período azul, influenciadas por el Greco, y el papel que tuvo el pintor cretense en el nacimiento del cubismo, ya que algunos de los artistas posteriores que se fijaron en la obra de Picasso se inspiraron a su vez en el Greco, como son Derain, Modigliani y los cubistas checos Emil Filla y Procházka.

Zuloaga y Sorolla componen el tercer sector, en el que se evidencia la valoración del Greco entre los artistas españoles a partir de la década de 1890. El siguiente apartado, titulado “El orfismo y su influencia”, se centra en este movimiento artístico derivado del cubismo, ya que su creador, Delaunay, se inspiró en el “San Sebastián” para realizar su obra Gitano. El expresionismo germánico también redescubrió el trabajo del Greco. Artistas austriacos como Schiele y Kokoschka, y alemanes como Macke, Beckmann, Hofer y Steinhardt recibieron la influencia de una importante versión del Expolio, propiedad de la Alte Pinakothek de Múnich, y del Laocoonte.

( Fray Hortensio Félix Paravicino. Hacia 1609-1613. Óleo de El Greco en la actual exposición del Museo del Prado, cedido por el Museum of Fine Arts de Boston 112,1 x 86,1) (*)

A la vez, el Greco ejerció su ascendencia sobre otros artistas, como Modigliani y Henry Moore, inspirado éste por “La visión de San Juan” y, en especial, sobre el surrealismo, cuya valoración del “modelo interior” y de la “belleza convulsa” propiciaba esa recepción de su obra. Así ocurre en las obras de pintores como Óscar Domínguez y André Masson.

El ámbito sexto se ha titulado “La visión de Toledo y el Greco por otros expresionismos”. Además de haber influido a los pintores centroeuropeos, el Greco fue una referencia para otras vías expresivas de la pintura. El Laocoonte influyó al holandés Korteweg, pero también los paisajes toledanos del Greco sirvieron como punto de referencia para la interpretación de numerosos artistas que viajaron a Toledo. Entre ellos estuvieron Diego Rivera, en su etapa influida por el cubismo, Ignacio Zuloaga, que pintó varios paisajes de Toledo, y David Bomberg. Esa concepción del paisaje influyó, a su vez, sobre las vistas que Chaïm Soutine pintó en Céret. Tanto este artista como Marc Chagall, pintores eslavos de origen judío que desarrollaron su obra en una órbita cercana al cubismo, se sintieron muy atraídos por la pintura del Greco. El apartado siete, “América”, presenta al Greco como modelo y referencia para los pintores norteamericanos del siglo XX, que vieron en el artista cretense un ejemplo estimulante por haberse formado en diferentes culturas artísticas. En México interesó a los grandes pintores muralistas como Diego Rivera y Orozco, y en EE. UU. a Pollock, influido por su maestro Benton.

( Mis amigos. 1920 -1932. Obra inacabada a lápiz, carboncillo y óleo sobre lienzo, de Ignacio Zuloaga en la actual exposición del Museo del Prado. 237 x 292) (*)

Finalmente, la muestra concluye con “Figuraciones posteriores a la II Guerra Mundial”, un apartado que recoge obras angustiosamente expresivas de Bomberg, Bacon, Giacometti y Antonio Saura, algunos de los cuales realizaron homenajes explícitos al artista. Además se incluyen obras de la etapa final de Picasso.

En cuanto a las 25 obras de El Greco, de la estupenda colección que el propio Museo tiene del cretense, hemos visto en la exposición: La Trinidad (300 x 179 cm; 1577 – 1579); Caballero anciano, 46 x 43 cm, 1587 – 1600; San Bernardino de Siena, 269 x 144 cm; El caballero de la mano en el pecho, 82 x 66 cm, h. 1580; San Sebastián, parte superior 115 x 85 cm; parte inferior 91 x 115 cm, 1610 – 1614; El Bautismo de Cristo 350 x 144 cm, 1597 – 1600; La Resurrección de Cristo, 275 x 127 cm, 1597 – 1600; y Cristo abrazado a la cruz, 108,2 x 87 cm, h. 1600 – 1605.

Traídas de otras colecciones, además de las citadas en párrafos anteriores, se incluyen: La Anunciación, 91 x 66,5 cm, h. 1600 – 1603, Budapest, Szépművészeti Múzeum; un Cristo resucitado en madera policromada, 47 x 24 x 12,5 cm, de entre 1595 y 1598, propiedad de la Fundación Casa Ducal de Medinaceli; La dama del armiño, 60 x 50 cm, h. 1577 – 1579,del Glasgow Museums; San Pedro y San Pablo, 116 x 91,8 cm., h. 1597 – 1603, del Museu Nacional d’Art de Catalunya; San Juan Bautista, 111,1 x 66 cm, h. 1597 – 1603, del Fine Arts Museums of San Francisco; Caballero desconocido, 79,7 x 64,7 cm, h. 1600 – 1607, del Musée de Picardie, Amiens; La Oración en el huerto, 169 x 112 cm, h. 1600, de la parroquia de Santa María, de Andújar; El Expolio165 x 98,8 cm, h. 1580 – 1586, del Bayerische Staatsgemäldesammlungen Pinakothek de Múnich; La Anunciación, 117 x 98 cm, h. 1576, del Museo Thyssen-Bornemisza; La Resurrección de Cristo, 113,6 x 52,7 cm, h. 1600, del Mildred Lane Kemper Art Museum at Washington University in St Louis; La Expulsión de los mercaderes del templo, 106 x 104 cm, h. 1610 – 1614, de la Real Parroquia de San Ginés, de Madrid,.

La impresión que dan los cuadros del Greco junto a los de autores contemporáneos, oportunamente colocados para ver la interpretación que estos realizan de obras concretas de aquel, o las alusiones, o para resaltar la influencia en ellos, es extraordinaria, y desde luego revaloriza el concepto que teníamos del manierista toledano. Y no choca nada la diferencia de estilos, siglos por medio, tanto con autores realistas como con los conceptuales e incluso los no figurativos, quizá porque la muestra nos va introduciendo gradualmente en la comparación histórica.

( Bañistas. Óleo de Paul Cézanne. 1892-1894. Puschkin-Museum de Moscú) (*)

Pero vamos con los dos cuadros que culminan la exposición, el “Laoconte” de la National Gallery of Art de Washington, y “La visión de san Juan”, del Metropolitan de Nueva York. Se trata de dos cuadros en los que domina el desnudo en las figuras y en los que no hay intención religiosa en el asunto tratado, o no es manifiesta. El Greco pintó otros muchos desnudos, y en líneas y formas análogas, pero incluidos en obras de asunto religioso, bien ángeles, bien almas en los cielos, pero nunca, salvo en estos dos cuadros, como motivo principal. En realidad los desnudos en “La visión de san Juan” adquieren mayor protagonismo al no quedar acabado el cuadro -como veremos estaba previsto- con una segunda parte, superior, de las mismas medidas, y lo mismo ocurre con el asunto de esta pintura, que inicialmente –al parecer- iba a representar un tema religioso, y finalmente se queda sin motivo aparente o evidente. Lo cierto es que esas dos circunstancias, el carácter profano y el protagonismo de los desnudos, ponen de relieve las características más particulares de El Greco, la deformación de la figura extraordinariamente estilizada, la inaudita simplificación de las formas y la delimitación de éstas por el color. Notas todas ellas que llamarán enormemente la atención a los impresionistas y después a otros movimientos distorsionadores de la realidad, de comienzos del s. XX.

Efectivamente, “La visión de san Juan” fue modelo en el que claramente se inspiró Picasso para realizar su obra “Las señoritas de Aviñón”; la muestra señala, por ejemplo, la posición de la mano en vuelo, en el ángulo superior izquierdo de ambas obras, y explica se trata de una obra decisiva en el nacimiento mismo del cubismo por su influencia sobre Picasso, para quien el Greco fue el maestro antiguo más relevante. No hay muchas más referencias en la exposición a la excepcionalidad de estos dos cuadros, por lo que he buscado información complementaria en la red, sobre todo en Wikipedia y artehistoria.jcyl.es.


( Picasso. Las señoritas de Avignon ) (*)

En julio de 1916 se produjo la primera exhibición al público de “Las señoritas de Aviñón” en el Salón de Otoño parisino –que por cierto fue poco o nada apreciada-, pero había sido realizada años antes, en 1907, y se sabe que en el verano de ese año Zuloaga tenía en París “La visión de san Juan”, que sin duda vio Picasso en su casa. Su estructura y composición está también inspirada por la serie de “Bañistas” de Cézanne, asimismo influenciado por el pintor cretense. “Las señoritas de Aviñón” supuso un nuevo punto de partida para Picasso, marcó el comienzo de su Periodo africano o protocubismo, y es referencia clave cuando se habla del movimiento del que el artista español es el máximo exponente. Picasso eliminó en este cuadro las referencias a la tradición rompiendo con el realismo, abandonando los cánones de profundidad espacial y perspectiva, al reducir la obra a un conjunto de planos angulares, sin fondo delimitado ni perspectiva espacial, en el que las formas están marcadas por líneas claro-oscuras. Los tonos ocre-rojizos son característicos de su más amable época rosa, pero la crudeza del cuadro los convierte en agresivos.

No se entiende esta “Visión de san Juan”, que inicialmente se dio en llamar “Amor divino y Amor profano” y después “Visión del Apocalipsis”, sin conocer algo más de su proceso de creación. El Greco diseña para el Hospital de San Juan Bautista una imagen relativa al Juicio Final, llamando la atención hacia los privilegios que tendrían los que fallecieran en dicha institución, al concederles el Papa la absolución de sus pecados y la indulgencia plenaria. Doménikos une la resurrección de los muertos previa al Juicio con la Visión de la Apertura del Quinto Sello que describe San Juan en el Apocalipsis. Originalmente sería mucho más amplia la envergadura de esta tela; sin embargo, fue mutilada, desapareciendo la escena superior donde se supone que encontraríamos el Cordero Místico y demás símbolos apocalípticos. De ahí su título de “Amor divino y amor profano” con el que se conocía a esta representación.

“Nos encontramos – dice Artehistoria -ante la obra más original y alucinante salida de los pinceles del cretense. San Juan se sitúa en primer plano; es una figura gigantesca que viste túnica azul, mientras que su manto rojo señala hacia los resucitados. Las almas desnudas se despojan de sus ropajes mortuorios para colocarse los paños blancos que reparten los angelitos. Uno de los resucitados parece elevarse hacia el cielo, mientras que los demás se levantan de sus tumbas en posturas sumamente escorzadas, aludiendo una vez más al Manierismo. Las dos figuras femeninas están perfectamente modeladas, con un canon clásico, mientras sus compañeros masculinos se estilizan al máximo, recurriendo Doménikos a un canon de trece a uno – es decir, la cabeza es la decimotercera parte del cuerpo -. El fondo nos muestra un aspecto totalmente dramático, iluminado por las luces del Juicio Final. La iluminación es multifocal, incidiendo de diferente manera en cada uno de los siete cuerpos, alusión quizá al número mágico. Estos focos de luz modelan las figuras bruscamente, en especial la túnica de San Juan, que parece esculpida como si se tratase de una estatua. Respecto a los colores, abunda el blanco pero la fuerza del azul, el rojo, los verdes o amarillos resulta determinante para una escena donde las tonalidades chocan entre sí y las perspectivas empleadas no son las tradicionales. El Greco ha suprimido las leyes de la lógica para realizar la interpretación de uno de los momentos cumbres de la fe cristiana”.

( Laoconte. Obra de El Greco en la actual exposición del Museo del Prado. Óleo sobre lienzo, 137,5 x 172.5 cm, c. 1610 – 1614. Procedente de la National Gallery of Art de Washington DC, colección Samuel H. Kress)(*)

En cuanto a la otra obra del Greco, el “Laocoonte”, óleo sobre lienzo que tiene una parte superior cortada, sin la que mide 222,3 x 193 cm (224,8 x 199,4 cm incluyendo tiras añadidas), realizada en 1609 durante su último período toledano, y que se conserva en la Galería Nacional de Arte de Washington, es una de las pocas obras mitológicas de El Greco, quien era eminentemente un pintor religioso. Aquí representa la historia y el castigo de Laocoonte a manos del dios Poseidón. “Para obtener la impresión de violencia, el pintor aplica fuertes escorzos. Al fondo de la escena podemos apreciar un paisaje de Toledo, y no de Troya como se creía, pues según la tradición fue fundada por dos descendientes de los troyanos: Telamón y Bruto. La violencia y el dramatismo de la obra se consiguen a través de una luz fantasmal que ilumina el primer plano. Esta es una de las últimas obras de El Greco, quien la dejó inconclusa a su muerte en abril de 1614. Se considera que en ella colaboró Jorge Manuel, hijo del pintor”.

La violencia y el dramatismo se adueñan de la composición, en una imagen sobrecogedora. Los personajes tienen el canon alargado ya característico de El Greco, estereotipando tanto los músculos que parecen –se ha dicho- husos de hilar. Pero es que esta era una de las desfiguraciones propias de los manieristas, como –ya en otras ocasiones lo hemos comentado- el análogo alargamiento o estilización de las imágenes del retablo vallisoletano de San Benito, de Alonso Berruguete. Y es esta distorsión la que adelanta una visión tan moderna de la construcción pictórica o escultórica, y que hace que ante un cuadro de Cézanne o de Modigliani nos parezca estar ante un “déjà vu” siglos antes.

(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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