Por Javier Pardo de Santayana

( The kiss. Acuarela de Debi Watson, en Facebook ) (*)
Verdaderamente ¡qué felicidad la de vivir a 37 kilómetros de aquí! Esta exclamación, más y más frecuente cada vez que mi mujer y yo nos acercamos a Madrid y entramos en el tráfico rodado de la capital, se hace especialmente oportuna y sentida hoy, tras la experiencia vivida en un aparcamiento.
En realidad habíamos hecho el viaje simplemente por comprar un filtro para el frigorífico y no teníamos la mínima intención de visitar el Corte Inglés. Pero, como el lugar donde contábamos conseguir la pieza se hallaba próximo a este centro comercial, decidimos aprovechar su aparcamiento. No sé si alguno de ustedes lo conoce: el de Princesa. Se lo digo para que huyan de la tentación de entrar en él.
Veinticinco minutos de vueltas y revueltas hasta encontrar una plaza vacante. Cinco pisos de laberinto a tope. Digo a tope en el sentido literal de la expresión. Añada usted unas agobiantes estrecheces, porque las plazas son ajustadísimas y hay que girar en un palmo de terreno. Las esquinas están mordidas por los roces.
De tarde en tarde una chispa de esperanza. Se diría que hay un hueco vacante, pero una vez más se trata de otro fiasco: un pequeño coche se halla oculto entre otros dos o se trata de una plaza para discapacitados. Desviaciones continuas que conducen a la entrada de un hotel o al local comercial, subidas y bajadas a otros pisos, y, por supuesto, direcciones de salida. La impresión es como de techos bajos, recorridos sinuosos y márgenes escasos. Así que intentando, intentando, siempre acabamos por volver una y otra vez a lugares por los que ya pasamos un incontable número de veces con la vana esperanza de encontrar un hueco disponible.
Son veinticinco largos minutos de tortura en los que uno cree ser protagonista de una pesadilla nocturna interminable cuyo escenario reiterativo y agobiante es una especie de gran laberinto que cierra sobre sí mismo para no llegar a parte alguna. Un laberinto griego que acabará por abocarnos a la esquizofrenia. Por lo que se ve, aquí nadie sale; los conductores de los cientos de vehículos aparcados no se mueven; parecen haber ido desapareciendo misteriosamente después de abandonarlos.
Cuando por fin, ya en el quinto sótano, conseguimos nuestro objetivo, seguiremos las indicaciones que han de conducirnos a la calle. Pero no hay ascensores y hemos de subir jadeando los más de cinco largos tramos de escalones de una escalera amarilla de salida. Yo me esfuerzo en recordar los datos para encontrar el coche ya al regreso.
Una vez en la calle respiramos y nos dirigimos a por el filtro. En Samsung no disponen de nuestro modelo. EL frigorífico tiene once años y esto es, según parece, algo excesivo; sólo tienen filtros correspondientes a fechas más recientes. O sea que se da por normal el cambio de modelo del electrodoméstico cada muy pocos años, lo que, repetido con cada uno de ellos, es imposible para una familia que no nade en la abundancia. Me pregunto: ¿Puede estar hoy montada la vida sobre tal supuesto?
Al regreso tomamos las mismas escaleras amarillas. Pero antes de ir al lugar donde depositamos nuestro coche hemos de abonar el precio del aparcamiento, incluido el de la casi media hora que empleamos sin ningún provecho. Nuevo problema: desde la escalera no se accede a la máquina, así que pedimos ayuda a un empleado que surge providencialmente. Nos dice que debemos entrar en la zona comercial y buscarla allí. Pero la ubicación no es evidente.
La situación nos resulta más y más desagradable. Nueva consulta. Un poco a tientas llegamos a encontrar la máquina tras unos minutos de desorientación. De nuevo a la escalera amarilla. Les recuerdo: nada de ascensores.
Ya sólo nos queda encontrar el número 74. Lo encontramos medio borrado y sin coche alguno; mas evidentemente no es el lugar buscado, así que daremos vueltas en una y otra dirección por entre el enjambre de vehículos. Y habrá que ver el sentido de la numeración: si ésta va en aumento o en disminución. De pronto suena el móvil. Se trata de un whatsapp en el que nos dicen que se nos ha visto en las cercanías del Corte Inglés de Princesa. Influenciados por el ambiente nos tememos que sea por el GPS que tenemos activado; vamos, que alguien está siguiéndonos los pasos.
Como ustedes supondrán, el final de la historia es ya feliz, mas no podemos evitar la impresión de haber caído en una trampa; de vivir en un mundo en el que nos tienen atrapados, casi imposibilitados de abandonarlo por nuestros propios medios. Nos sentimos observados por la pupila del Gran Hermano que todo lo ve y que nos ha empujado a una situación inaguantable; explotados, controlados por las máquinas y sometidos a tortura.
A la salida, ya por fin en libertad, me descubro a mí mismo como Scarlett O´Hara clamando al cielo y prometiendo no volver jamás a ser víctima de cosa semejante.
PS: Con todo, mi mujer dice que lo peor fue tener que soportar mis comentarios a todo lo largo de esta historia.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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