Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Mariano Fortuny) (*)
Hoy repetimos hasta la saciedad que los tiempos actuales son de avances rapidísimos y de un progreso sin medida caracterizado sobre todo por una aceleración exponencial de las posibilidades de comunicación. Y esto es verdad. Yo mismo lo he puesto muchas veces de relieve y lo he relacionado con el estado de confusión de unas nuevas generaciones aún incapaces de asimilar el cambio.
Mas creo que, con todo, debiéramos mostrar una nueva perspectiva que contribuye al referido estado de confusión y desconcierto pero en sentido opuesto. Me refiero al retroceso que estamos sufriendo hacia situaciones archivadas por generaciones anteriores y que ahora reaparecen como si fueran espectros del pasado. Por ejemplo, ahí está el fenómeno de las grandes migraciones. Quienes, como yo, hayan hecho un bachillerato de siete cursos y reválida, relacionarán indefectiblemente las grandes migraciones con un pasado muy antiguo. En su día supimos que hubo tiempos en que la raza humana recorrió enormes distancias buscando terrenos favorables o mejores pastos; algo en lo que de seguro influirían determinados cambios en el clima parecidos a los que ahora se auguran como novedad. Así que en este sentido nuestras referencias más antiguas podrían situarse en la garganta de Olduvai y otros lugares más o menos exóticos del corazón de África. También recordarán las flechas de colores que nos mostraban sobre el Atlas las más importantes rutas de desplazamiento, muchas de las cuales procedían de remotas zonas de Asia. Quizá las más recientes fueran las seguidas por las invasiones de los bárbaros del norte, así que échenle hilo a la cometa…
Luego la Humanidad pareció más estática salvo por algunos movimientos que en busca de mayor bienestar se produjeron hacia América y Australia desde Europa. Pero el fenómeno que llamamos migratorio no se nos había revelado como una de las grandes preocupaciones europeas hasta ahora. Y no es de extrañar que tal cosa ocurriera, puesto que, en efecto, nuestro continente podría sufrir una transformación radical merced a la coincidencia del fenómeno al que me refiero con el actual estancamiento demográfico. Y nos hemos quedado semiparalizados sin saber cómo encauzar razonablemente el repetido asalto a unas fronteras que, como las nuestras, están ya acostumbradas a una gran libertad de movimientos.
Relacionado con el mismo fenómeno, pero con su propia carga de peligro, anotamos otro hecho también curioso, que es el retorno de la llamada ”Guerra Santa” del Islam. Para los españoles, cuyos antecesores se alzaron contra los invasores musulmanes, este tipo de conflicto era ya una reliquia del pasado que se leía en los libros de Historia y nos evocaba el avance de los guerreros árabes por el norte de África y cruzando el estrecho para encontrarse con don Pelayo en Covadonga. Luego ocho siglos de lucha que culminarían en Granada. Así que tendíamos a suponer que después de un lapso de quinientos años aquellos escenarios de guardarropía se revelarían imposibles ante la imparable eficacia del progreso.
Mas, sorprendentemente, hoy – ya en pleno siglo XXI – nos encontramos de pronto analizando nada menos que la posibilidad de que una guerra como aquella se extienda ahora desde el Atlántico hasta el océano Pacífico, es decir, de uno a otro extremo del planeta. En efecto, se nos plantea esto cuando hace apenas trece años el islamismo se mostraba aún tan débil e incapaz que nos parecía el perdedor eterno a juzgar por sus reiterados fracasos frente a un país tan minúsculo como Israel. Luego, un solo y espectacular acto terrorista, organizado contra Estados Unidos desde paisajes imposibles, bastaría para envalentonarlo hasta el punto de poner en jaque al mundo entero. Y hoy uno se asombra al ver cómo un ejército autodenominado “Estado Islámico”, dotado de modernos medios de combate, se zampa en pocos días una buena parte de dos grandes países del Oriente más o menos próximo.
He aquí la nueva faz de unos viejos fenómenos que parecían ya archivados definitivamente. Como cuando vemos esos lobos de sangre comunista y piel de oveja democrática que han dado un buen bocado a un país soberano sin que nadie rechiste; esto no mucho después de haber vivido, tras la caída del imperio soviético, el desprestigio de las aventuras ideológicas de un siglo que nos brindó nada menos que tres guerras mundiales: dos calientes y una fría.
Pues bien, ahora constatamos con una inmensa preocupación que, ante el regreso de los viejos problemas de antaño, los nuevos listillos, tan diestros según parece en el uso de la tecla y los artilugios electrónicos, han aprendido bien poco de la Historia. Ahí los tenemos, en nuestros propios predios, jugando con fuego y desdeñando las enseñanzas del pasado. Transcurrido ya bastante tiempo desde que se desacreditaron sus mentores, muchos han dado en olvidar las malas prácticas y los estragos que sufrimos, y preconizan casposas ideologías que atentan incluso contra la libertad. No reconocen los crímenes de antaño y aun se convierten en torpes imitadores de quienes, siguiendo tal estela, llevan hoy al desastre a sus pacientes súbditos hispanoamericanos. Se ve que, como la Sociedad del Bienestar y sus secuelas nos han debilitado y cloroformizado convenientemente, esta gente se permite repetir a nuestra costa los grandes errores que vivió la generación saliente durante el sangriento siglo XX.
En efecto, con el pretexto de que con la crisis nos falló el modelo que teníamos por ideal, algunos insensatos, en vez de hacer examen de conciencia y propósito de enmienda para inducirlo a funcionar mejor, pretenden hacernos regresar a una utopía de sobra fracasada en la que se mezclan nuestros viejos vicios con los de nuevo cuño. Así aprovechan la confusión reinante y nuestra vulnerabilidad ante los nuevos bárbaros. ¡Pero si hemos encontrado, incluso, quien propugnara la supresión del ministerio de Defensa!
Lo más preocupante es que quienes así actúan también pretenden que se deje de creer en Dios para creerles sólo a ellos.
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