Todo un héroe nacional

Por Javier Pardo de Santayana

( Kevin Vickers en el Parlamento canadiense) (*)

La cabeza del hombre merecería un escultor. El rostro que aparece en todos los periódicos es el de un hombre cercano a los sesenta, serio y responsable: un hombre que mira por derecho. Un plano más alejado nos mostrará una figura corpulenta; todo en ella denota solidez. Y aún hay que añadirla un símbolo que la corresponde enteramente: la pesada maza dorada de quien hoy ostenta el protocolario cargo de ”Sargento en Armas”, ya no relacionado con la seguridad y obtenido tras una larga carrera de policía montado del Canadá. Se trata, en suma, de un hombre de una pieza.

Ahora Kevin Vickers se halla en su puesto de macero, pero es el centro de atención del parlamento canadiense, reunido en sesión extraordinaria para rendirle el homenaje de su admiración y su agradecimiento. Y uno se preguntará por qué.

Pues bien; lo sucedido, como ustedes probablemente saben, es que la víspera se había producido un atentado terrorista. Un hombre joven ganado para la causa de la “guerra santa” acababa de cargarse a un cabo del ejército que en aquel momento daba escolta al monumento a los Caídos, y luego se había encaminado al Parlamento previo asalto a un vehículo a punta de pistola. Una vez dentro se oiría un tiroteo, y cuando el atacante se dirigía vaya usted a saber dónde – hay que decir que la alta instancia estaba en sesión con el primer ministro a la cabeza -, topó con nuestro amigo Vickers. El peligro de un magnicidio era evidente, pero Kevin Vickers agarró una pistola y abatió al terrorista. No era su misión entonces proteger a nadie, pero sintió el peso de la responsabilidad y acudió a su llamada: al oír unos disparos sacó la pistola de su mesa de trabajo y, recordando su condición de ex policía, actuó con la mayor serenidad.

Así que el Parlamento canadiense en pleno, sólo pocas horas después y sin exigir más investigaciones sobre el hecho, homenajeaba ahora a quien les había librado de una buena. Y el señor Vickers era ya un héroe nacional exhibido con orgullo ante unos ciudadanos identificados con él y conscientes de que no todos habrían tenido sus agallas.

Hasta aquí la historia conocida; ahora una reflexión en la que yo mismo me pregunto qué habría ocurrido si tal situación se hubiera producido en nuestro propio parlamento.

Pues bien, mucho me temo que de entrada no habríamos sido tan rápidos en reconocer el gesto de este hombre. Es más, imagino que a estas horas estaríamos inmersos en una polémica de alcance nacional. Creo que por lo pronto ya se habrían lanzado a degüello contra el gobierno por el mal funcionamiento de la seguridad. Y me extrañaría que determinados grupos de la oposición no hubieran presentado enseguida una moción para depurar responsabilidades; que no hubieran planteado que el macero o su equivalente hispano se había extralimitado en sus funciones; que no le recriminaran haber actuado en algo que no le correspondía oficialmente ni considerado otras posibilidades de respuesta menos cruentas.

Por cierto, estoy seguro de que usted, mi improbable lector, ya está poniendo cara a quienes así reaccionarían ante la noticia. Sí; en efecto, estoy seguro de que usted ya se está imaginando el proceso que se desencadenaría en nuestro supuesto nacional: que ya se habría iniciado aquí la bola de nieve, esto es, la creación de un “caso” potencialmente aprovechable. Y, naturalmente, su posterior lanzamiento como una acusación contra el gobierno. En suma, el mecanismo de todos conocido. Probablemente estaríamos ahora preguntándonos qué hacía aquella pistola en un cajón de la mesa del macero y quién había autorizado a éste para que la guardara en su despacho. Sesudos líderes políticos estarían exhibiendo su pureza democrática y poniendo en solfa la actuación de quien les liberara del peligro por un procedimiento tan expeditivo. Así que ese rostro como de granito y esa expresión de seriedad que habíamos observado, se habrían convertido “en una reliquia de la época franquista”.

En fin, que habríamos visto la repetición del mecanismo inaugurado con la tragedia del “Prestige” y acuñado ya como el habitual “modus operandi”. Me arrepiento, por tanto, de lo dicho, y, como español identificado con mis conciudadanos, entono el “mea culpa” por aquel sentimiento de emoción que sentí al ver al parlamento canadiense en pie y aplaudiendo a su “supermacero”, ya transformado en héroe mediático.

¿Un héroe me dicen? ¡Pero qué horror! Pues sí que eso no suena a cosa rancia… Aquí nosotros le habríamos administrado nuestra dosis habitual de desprestigio. Y, como venimos haciendo reiteradamente, habríamos convertido el suceso en ocasión para desprestigiar de paso a España. O sea que haríamos algo parecido a lo que hicimos cuando nos dedicamos a destruir la impresionante imagen de aquellos voluntarios que limpiaban concienzudamente nuestras playas, o la de de aquellos marineros que volvían a faenar al poco tiempo; o la de aquella hazaña técnica de la extracción del crudo a profundidades imposibles. O los impresionantes reportajes de los ciudadanos madrileños acudiendo en ayuda de los heridos entre los hierros de los trenes volados por los terroristas. O ahora, si Dios no nos libra de ello, la del éxito de haber salvado una vida de la muerte por ébola y del saneamiento de un ambiente de corrupción favorecido por la seducción de la ”Sociedad del Bienestar”; que de todo cabe sacar buen rédito para los intereses de la secta.

Lo digo porque, como ustedes saben, el pueblo español es incomparablemente más demócrata que el canadiense.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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