Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Atanas Matsoureff en matsoureff. bgcatalog.com ) (*)
Les comunicaré que el 2014 y su prolongación del 15 ha sido generoso en noticias luctuosas. Se diría, en efecto, que ni generación entró en picado, o sea que ha decidido cumplir las estadísticas, Y no digamos la anterior, porque de ella se puede decir que ya entró en liquidación de los restos que aún quedaban. Tan es así que hice en un mes tres viajes a Santander para asistir a entierros familiares aunque pese a mi condición de foramontano no tenga ya muchos deudos en aquella región. En los tres casos tuvimos que salir escopeteados a coger el coche después recibir el consiguiente aviso telefónico, porque había que llegar a tiempo. Luego, ya en la zona de las cercanías de Madrid han abundado los funerales y los tanatorios: a dos tuvimos que ir en una sola tarde. Tampoco han sido escasas las noticias de compañeros de promoción que han fallecido dejando tras de sí un rastro de recuerdos imborrables. Y en el circulo más cercano y familiar ya nos han empezado a recordar que se acerca nuestra fecha de caducidad.
Pero al hilo de esta penosa situación he podido constatar algunos hechos positivos. Y uno de ellos es que las celebraciones fúnebres dan pie a reencuentros en los que se ponen de relieve los lazos de afecto y de cariño ya existentes pero muchas veces poco expresados con palabras y gestos.
Una señora me dijo en uno de estos actos que esto sucede desde que se acabaron las visitas. Y es verdad. Antiguamente, que es como decir “cuando éramos pequeños”, se cultivaba este arte confundido entonces simplemente con la buena educación. En efecto, se consideraba conveniente alimentar las relaciones sociales y no digamos familiares con visitas periódicas o abriendo la propia casa determinados días a los parientes y allegados. Yo las recuerdo de toda la vida, pero sobre todo de cuando era niño y tenía que “salir” con mis hermanos a saludar a aquellas señoras de entonces tan distintas en su estética a las eternas jóvenes de ahora. Recuerdo sobre todo, que me peinaba con abundantes chorros de agua y después me hacía la raya. Luego las visitas se convertirían en una especie de grata obligación que evitaba el olvido y a la vez proporcionaba una ocasión de relación social en la que se ejercitaba el placer de la conversación, aunque, como es natural, a veces resultaran fastidiosas como simple trámite requerido por los usos de la época. Pero la vida actual no favorece esas visitas clásicas, y, como tantas otras cosas, éstas también han caído en desuso.
Yo ahora, en la distancia, asocio las visitas a la correspondencia escrita: aquellas entrañables cartas familiares que empezaban con un “queridos todos” y terminaban con “muchos besos y abrazos” han sido reemplazadas – diré que con ventaja – por un conjunto de sistemas de comunicación basados fundamentalmente en los satélites; algo que en nuestros tiempos juveniles sonaría a auténtica ciencia ficción o a tebeos de Flash Gordon que en esas cosas se quedaban cortos. Pero, por mucho que estos medios nos permitan incluso la ficción de la presencia física salvando distancias siderales, nunca podrán reemplazar a ésta. Y no siempre los círculos de relación habitual incluyen a determinados parientes y allegados ni se prestan a expresar determinados sentimientos.
Quizá por eso se vean tantas muestras de alegría en funerales, tanatorios y misas de difuntos; fenómeno éste que no deja de ser curioso, ya que lo normal sería que en tales circunstancias tan sólo se encontraran rostros llorosos y apenados. En realidad yo siempre supuse que esta contradicción tendría su origen en la constatación de que por el momento uno no era el protagonista de los actos en cuestión, pero caigo ahora en la cuenta de que gran parte de las alegrías que vemos en estas ocasiones pueden ser atribuibles al encuentro real de las personas que vuelven a mirarse después de mucho tiempo de andar separadas. Así que lo que se celebra es, quizá, la ocasión del abrazo, lo cual concede a las celebraciones fúnebres una dimensión diferente de la que en principio podría imaginarse.
Queda naturalmente por decir, que en estos actos fúnebres los católicos solemos oír – sobre todo de los labios de los sacerdotes – palabras de esperanza que, al tiempo que nos consuelan, nos sitúan en la realidad trascendente de la muerte como una parte de la vida, y que esto es ocasión para una reflexión profunda y luminosa que no viene nada mal a quienes andamos dando tumbos por ahí y preguntándonos algunas cosas importantes que pronto nos afectarán personalmente.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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