Por Carlos de Bustamante

( Curación de la hemorroisa. Temple sobre tabla de Nicolás Florentino entre 1445 y 1460 .Catedral vieja de Salamanca) (*)
Me lo explicó un día Mykita, la ratona viuda del ratoncillo Virutas.
-Después de haber parido -me dijo a su modo-, y hasta que no se purifique la madre en el Templo ante la ley de los hombres- que para mí no son tan listos como se creen-, es declarada impura. Y si aún así padeciera un flujo de sangre -añadió experimentada- seguirá con la impureza y vergüenza a cuestas. Enterado, pues, de cosas que yo, Tarsicio, antes ni idea, les diré lo que estos mis ojos presenciaron con cada vez menor capacidad de asombro ante tantos prodigios vistos.
Salió un día Jesús de su casa en Cafarnaún, para una más de sus correrías. Nada más verle, le siguió una muchedumbre deseosa de ser curada o de ver al menos alguno de los innumerables prodigios que hizo en su ciudad. Eran tantos los que querían estar cerca de Él, que le apretujaban por todas partes. Incluso temiendo por su integridad, los discípulos y su siervo libre Tarsicio, formamos un cordón en su derredor. Con todo, una mujer que padecía flujo de de sangre -ya saben…- se nos coló. Oí claramente lo que decía entre dientes:
-Aunque durante doce años me he gastado toda mi fortuna en médicos para nada, sé que “si logro tocarle aunque sea sólo la orla de su manto, quedaré curada”.
Lo hizo. Y, repentinamente, se curó. Impresionante Jesús.
“¿Quién me ha tocado?”.
Algunos se rieron por la pregunta, cuando le apretujaban por todos lados. Pero cuando se enteraron del prodigio, engrosaron el número de los que se les ponía cara de haba.
Muy mayor ahora Tarsicio, pensé en similar privilegio que todos tendríamos más tarde. Ya lo verán.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7623/16763121671_55375f8d91_o.png