Por Javier Pardo de Santayana

( Rosa de sangre. Acuarela de Reyes Prieto Trigo) (*)
El ataque terrorista al Museo del Bardo de Túnez es uno más de los muchos con los que el islamismo exhibe su odio a cualquier civilización que no sea la suya y en su propia versión. Yo he conocido aquel museo, bellísimo por cierto, pues contiene una colección impresionante de mosaicos romanos. No recuerdo si entre las piezas exhibidas aparecía o no alguna dama más o menos ligera de ropa, lo que quizás habría escandalizado a los cerriles radicales; sólo motivos artísticos y un colorido muy atractivo como impresión visual, con la particularidad de un arte repetido de mil formas distintas. Un arte, sí, decorativo sin contenido especialmente osado, polémico o procaz.
En el momento en el que escribo la noticia recoge un más que probable intento fallido de ataque al parlamento tunecino reunido en sesión dedicada precisamente a la lucha contra el terrorismo, así que el ataque al museo podría ser un plan B o una solución improvisada a las ganas de machacar a alguien, pero en todo caso muestra una vez más la obsesión por destruir los restos de una historia que no sea la que a ellos – los terroristas – les hubiera gustado que fuese. Y como es imposible rehacerla, quieren que se nos olvide.
Pero nada hay más estúpido que eso. La historia será como en su día fue, y no hay forma humana de cambiarla por mucho que se intente. Así que sorprende la tozudez de algunos por destruir los vestigios. Mas no sólo estos terroristas lo intentaron. Ahí tienen ustedes, por ejemplo, de la historia relativamente reciente, la revolución cultural de Mao y su librito rojo, ejemplo sublime de la estupidez humana. Entonces el “Gran Timonel” pretendió hacer tabla rasa nada menos que del pasado de los chinos, quienes, según parece, lo inventaron todo incluidos los fuegos artificiales y llegaron a asombrar a un Marco Polo que, habiendo ya disfrutado de mucha belleza en su lugar de origen, no dejó de prendarse de su descubrimiento. ¿Que cómo acabó al final la cosa? Pues francamente mal para este inquieto trotamundos: con una China ahora poblada de grandes rascacielos como los de Nueva York pero aun más llamativos y fantásticos, y la población de Hong-Kong demandando una libertad ya disfrutada con los europeos.
También vimos a los talibanes – otros que tal bailan – destruyendo a golpes de dinamita, misiles antiaéreos e incluso carros de combate, a los famosos Budas de Bamiyán, que mire usted la culpa que tenían los pobres. Y lo hicieron con el pretexto de que eran ídolos. Figúrense ustedes: la fecha en que se modelaron se sitúa en hace unos 1500 años, tiempo más que sobrado para considerarlos un simple pero valiosísimo vestigio del pasado,. En cuanto al tamaño, basta con decir que una de ellas medía 55 metros..
Ahora podemos imaginar con cierta base de seguridad lo que sería el “Nuevo Califato” que apetecen los nuevos radicales y que parecen añorar incluso algunos jóvenes criados ya en la televisión: concretamente aquí en España, la tarea destructiva llegaría a consumir con creces el presupuesto anual. Así que los nuevos califas necesitarían recurrir al petróleo si es que antes no habían puesto patas arriba el sistema y llevado a la ruina a sus mentores. Iglesias grandes y pequeñas, incluidas las catedrales góticas, capillas y ermitas, oratorios, e imágenes diversas incluidas, claro está, las obras maestras de nuestros imagineros, serían objetivo preferente de su furia destructora. Pero esto no sería todo, que aún quedarían los entrañables cruceros de nuestros caminos, las medallas que llevamos al cuello y tantas y tantas muestras de nuestra cultura y nuestra fe. No; no darían abasto los enfebrecidos destructores de símbolos. Supongo que necesitarían incluso un alto Ministerio enteramente dedicado a proporcionar a los destructores el material que éstos necesitaran. Ya existe un precedente: el de los destructores de los Budas de Bamayán, que hubieron de echar mano del material bélico más sofisticado.
Realmente uno se pregunta si no puede ser verdad lo que ahora vemos aún con asombro en nuestras pantallas de televisión, pues la realidad se acerca cada vez más a las escenas que se nos muestran en los filmes de ficción, con coches que saltan por los aires, asesinos dispuestos a infligir a sus víctimas las mayores crueldades, organizaciones satánicas destinadas a desestabilizar nuestras instituciones, y toda clase de desequilibrados dispuestos a acabar con todo cuanto encuentran.
Y en eso parecemos estar cuando caemos en la cuenta de que este odio cultural no es, en el fondo, diferente del que exhibieron en su día – aquí en España, en plena Europa, y en el siglo XX – nuestros talibanes de bolsillo; aquellos que pretendieron fusilar al Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles. Andemos por tanto con cuidado ante los nuevos visionarios anti todo: esos talibanes del pensamiento “progre» nacidos en una universidad casposa sufragada por los contribuyentes españoles. Ellos también reniegan de nuestra cultura y desprecian todo lo que no sea su revolución más o menos encubierta. Pretenden, en fin, partir de planteamientos de laboratorio e imponernos un librito a la manera de aquel rojo de Mao. Ya saben: uno que sirva para etiquetar a periodistas y periódicos – que eso ya está dicho – y arremeter contra la para ellos vieja cultura de base católica. No lo harían probablemente a cañonazos como los bestias declarados del islamismo radical, o sea entrando directamente en los museos con los kalashnikov, pero su intención es en el fondo bastante parecida a la de aquéllos: imponer – esto sí, entrando por la pastueña vía democrática – la “liberación” que según ellos exigirían los nuevos aires de la HIstoria. En su caso lo harían quizá de forma más sutil y por los cauces administrativos, pero con una saña parecida: la que ellos ya anuncian con sus puños en alto.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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