Persecución de los cristianos

Por Javier Pardo de Santayana

( Los apóstoles Pedro y Pablo. Óleo de El Greco) (*)

En artículo anterior me referí al milagro de la transformación de los apóstoles de hombres temerosos y decepcionados en paladines de la Fe. Hecho demostrado y causa del mayor asombro, personificado, digo ahora yo, en la figura de Pedro, el pescador. Porque no me digan que no es asombroso y hasta ejemplar para nosotros – quienes en la medida de nuestras pobres fuerzas pretendemos seguir las huellas de Jesús el Nazareno y nos quedamos cortos – que la cabeza de la nueva Iglesia fuera precisamente quien, aterrado, le negó tres veces. Basta con imaginar lo que hoy habría ocurrido si, a la hora de la concesión de un puesto de tanta responsabilidad como el de dirigir una institución más que “multinacional”, católica, esto es, universal, aplicáramos los criterios habituales: supongo que al encontrar en el currículo la triple negación y la falta de coraje del solicitante, las opciones de nuestro primer Pontífice habrían sido fulminantemente descartadas.

Ahora trato yo de saber cuál fue el final de aquellos hombres humildes transformados por la gracia del Espíritu. Lo hago con la impresión de haber leído en algún sitio que la mayoría de ellos había muerto a manos de sus semejantes, final poco deseable ya que nadie desea acabar de esa manera.

Así que indago sobre el tema de la forma que me viene más a mano: acudo a Google para acabar descubriendo que, según las noticias que de una u otra forma y con mayor o menor concreción han llegado a nuestros días, todos menos uno de los apóstoles, incluido Pablo, acabarían siendo asesinados por los hombres. Por lo que tengo visto, sólo Juan murió de muerte no violenta. Varios fueron crucificados: así Pedro (cabeza abajo) en Roma, Andrés (en una cruz con forma de aspa) en Patrás, y Felipe, en Hierápolis. En cuanto a los dos Santiagos, ambos perecerían en Jerusalén: el Mayor degollado y el Menor arrojado desde el pináculo del templo para acabar siendo rematado a golpes. Muertos a espada fueron Tomas en la India y Mateo en Etiopía. Y Bartolomé sería desollado vivo en Albahap. Judas Tadeo perecería cosido a flechazos y despedazado en Samir, lugar donde según la información que he recogido, sería despedazado Simon el Zelote. Y, decapitados, murieron Pablo en Roma, y, en Judea, tras ser apedreado, Matías, sustituto de Judas Iscariote.

A la vista de estos datos, que contradictoriamente acentúan la impresión de fracaso de unos hombres concretos al tiempo que demuestran la impresionante fortaleza de su Fe, no puedo por menos de sentir la poderosa presencia de lo sobrenatural. Y exaltar la actitud de los cristianos de los primeros tiempos ante las persecuciones que sufrirían nada menos que a manos de la poderosa Roma: aquellas muertes ejemplares y heroicas en el circo ante los emperadores. Y, naturalmente, el ejemplo de los numerosos mártires que ha seguido dando prueba de su Fe a lo largo de los siglos sucesivos y en todo el ancho mundo. Sin ir más lejos, aquí mismo, en España, ya en tiempos de la generación de nuestros padres y en los albores de la mía. Fenómeno éste – el de la respuesta fiel y valiente de nuestros predecesores ante el acoso y la amenaza de quienes odian a Dios – en que se repitió el milagro de que la sangre de los mártires no sería un obstáculo, sino un estímulo fecundo para la extensión y el fortalecimiento de la religión cristiana.

¿Que cómo se explica algo tan contradictorio desde la visión de un ciudadano educado en el egoísmo más feroz y en las constantes de la sociedad del bienestar, esto, en la exigencia de la comodidad, en la preocupación obsesiva por la seguridad y en la sacralizada “corrección política”? Pues difícilmente si nos atenemos a la pura lógica. Y, sin embargo, vemos como el milagro se confirma en nuestros días, cuando hombres y mujeres cristianos son todavía perseguidos, quizás más que nunca en la Historia de la Humanidad. Tanto, que su sacrificio es hoy noticia casi diaria.

Y aquí viene la reflexión debida, algo que se echa en falta incluso dentro de la propia comunidad de los creyentes. Porque las tristes noticias de matanzas y asesinatos de religiosos y de fieles cristianos, que como simples notas de actualidad leemos entre otras muchas cada poco tiempo, no parecen producir mayor efecto que una simple contrariedad que pasa pronto y cuyo eco se extingue casi inmediatamente, sin llegar tan siquiera a ser tema de conversación entre nosotros.

Pero ahí entra nuestra propia responsabilidad como ciudadanos y como creyentes. La de dar la importancia que merece a este hecho crucial en la Historia de la Iglesia en nuestros días y sentirnos solidarios con los mártires. La de intentar influir en las altas instituciones internacionales, evitar la desaparición de comunidades cristianas hoy diezmadas, y prestar el necesario apoyo a los hermanos perseguidos. Y, sobre todo, la de orar por ellos; que en esto yo también hago examen de conciencia.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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