Por Carlos de Bustamante

( El regreso del hijo pródigo. 1668. Óleo de Bartolomé Esteban Murillo en The National Gallery of Art. Washington. Pintura.aut.org. 236 x 262 ) (*)
Aunque se me concedió el privilegio gratuito de crecer y vivir junto a Jesús, mis fallos de hombre pecador eran continuos. Amaba a Dios, sí. Pero no sobre todas las cosas. Odiaba a los que veía enemigos de Jesús en vez de, como Él, perdonarles. Como vivíamos en la misma casa, deseaba ganar mucho dinero para que todos disfrutáramos de las mayores comodidades. No amaba, como Él, la pobreza. No soportaba, por orgullo, que me llamasen negro, aunque lo fuera.
Tarsicio sí amaba a Dios en Jesús, mi Amigo; pero, y no como Él, yo era un verdadero pecador.
Lo entendí divinamente con otra parábola divinamente expuesta, claro.
Como en la granja de Rufo, un hombre rico tenía dos hijos. El pequeño le reclamó la herencia que le correspondería. Se la dio. Malvendida a toda prisa, la convirtió enseguida en dinero cantante y sonante. Sin decir esta boca es mía, se marchó a correr mundo con prostitutas y gentes de mal vivir. Cuando gastó todo el dineral que tenía, se quedó, claro, sin amigos. Se lo sigo contando como yo lo en entendí.
Sin amigos. Sin dinero. Con un año catastrófico en toda aquella región, y encima con hambre, deseaba comer las algarrobas que echaban a los cerdos que le mandaron cuidar, y nadie se lo permitía.
Con el hambre y el asco que a todo judío le producían los cerdos, recapacitó. Arrepentido. Sucio de alma y cuerpo, decidió ir a pedir el perdón de su padre. Lo que sucedió, lo sabrán pronto. Merece otro relato. Fue impresionante. Se lo anticipo. ¡Qué listo y santo era Jesús!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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