Por Carlos de Bustamante

( Última cena. 1542. Óleo de Giacomo dal Ponte en la Galleria Borghese, Roma. Pintura.aut.org) (*)
Era “una sala grande y bien aderezada”. Probablemente de Myriam, amiga de mi Ama y Señora y madre de Marcos. El mismo que conocí como alumno aventajado en la escuela y hoy, hombrón hecho y derecho. Como -y perdonen la miaja de vanidad- Tarsicio: servidor de ustedes y relator de acontecimientos de escalofrío. Inolvidables.
La casa era pura fragancia. El cordero asado a fuego, el horno de cocer pan, y el perfume con que Magdalena, creo, ungió los pies de Jesús, olían a esencia de campo; tierra recién regada y aromas de incienso, sándalo y rosas del jardín de Edén. Todos sonreían en torno a Jesús recostados en lo lechos de la mesa. Todos, menos Tarsicio y Myriam, la Madre de Jesús.
Aún me rondaban los malos presagios del sacrificio del cordero, que creí alusivo a un posible sacrificio de Jesús. No sabía de fijo cuál era el motivo, pero sentía miedo. Menos mal que, siervo y a mucha honra de tal Señor, me afanaba en que todo estuviera en condiciones. El pan, el vino, las verduras amargas. Cada cosa en su sitio.
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