Por Carlos de Bustamante

( Entierro de Jesús. Detalle del grupo escultórico de Juan de Juni en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid ) (*)
Un legionario, al parecer malvado, se acercó a mi Dios y Señor muerto. Con la lanza le atravesó el costado y el corazón en él. Luego me dijeron que se llamaba Longinos. Recibió la orden. Y aún de mala gana por el disparate con un hombre muerto, la cumplió. Peor, si cabe, fue con los dos ladrones crucificados junto a Él. Los muy bestias -sin perdón- les quebraron las piernas a martillazos. ¡Y aún estaban vivos! Es lo que hicieron los verdugos, no los legionarios. No quise ver más horrores. Pero imposible apartar la vista de mi Dios, mi Amigo, Iahveh, mi Señor.
Recortados en el horizonte que divisaba desde mi garigolo, vi ahora, y como digo arriba, la escena jamás vista del Amor y dolor juntos que un mortal puede imaginar. Aunque a punto de serlo -mortal de necesidad- entre sollozos lo vi. Audaces ¡ahora! José de Arimatea y Nicodemo que, en minoría no pudieron evitar la condena (los hipócritas, aunque sin votación, eran mayoría absoluta), con gran audacia consiguieron de Pilato el permiso para hacerse cargo del cuerpo de Jesús sin vida. Con suma delicadeza lo descolgaron de la Cruz y lo depositaron en el regazo de su Madre. Como que soñaba despierto. Imagen viva… Amor y ternura a raudales. Aún a distancia me uní a ellos.
Depositaron a mi Amigo difunto sobre una parihuela improvisada y un breve cortejo en número -no en Amor y veneración- se dirigió al sepulcro que José tenía reservado para cuando él muriera. Detrás, aunque a prudente distancia y sin más sentimiento que el odio concentrado, y la mirada torva, los hipócritas hablaban no sé qué con una escuadra de legionarios. A duras penas por el peso, entre José y Nicodemo llevaron áloe y mirra para embalsamar el Cuerpo de Jesús.
Por prudencia y cumplimiento del deber, permanecí en la cabaña del majuelo. Mi observatorio. Me dijeron luego, que llevaron cien libras de ungüento: ¡cincuenta kilos, para que me entiendan! A tal Señor, tal honor. Pero horror de horrores, mi Amigo había muerto. Myriam se llevó la pena y el consuelo -mujer fuerte- (“Tú la gloria de Israel, Tú el orgullo de nuestra raza”) con los once atemorizados en el cenáculo. Almorcé. Desde abajo me llamaron. Acudí. Hice con veneración lo que me pidieron y, muy triste, me volví al garigolo. Se acercaba la noche. Noche horríbilis. El siguiente día, sábado.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm6.staticflickr.com/5683/21064917019_1825576e49_o.jpg