Monasterio de Santa María de Valbuena

Por José María Arévalo

( Claustro del Monasterio de Santa María de Valbuena) (*)

Cuando me vine a Valladolid desde Salamanca, hace ya treinta y cinco años, estuve enviando durante un par de años a la Gaceta Regional, periódico salmantino en el que trabajé, unas “Crónicas de Castilla”, en una de las cuales describí mi impresión sobre el abandono del monasterio de Valbuena, donde acababa de ver unas cuantas ovejas pastando en la nave de las pinturas románicas, próxima al claustro, donde hacía lo propio el resto del rebaño. Lo escribí sin acritud, al revés, admirado de aquella bellísima estampa romántica, románica. Así que me ha encantado volver a Santa María de Valbuena en la excursión de la que les he contado estos días atrás sobre las iglesias de Tudela de Duero y Olivares de Duero.

Al entrar en lo que ahora me entero que es la capilla de San Pedro, también llamada del Tesoro, capilla funeraria de una sola nave que fundara la condesa Estefanía de Armengol, nieta del Conde Ansúrez, para el enterramiento de sus descendientes, me entran dudas de si vi realmente en ella aquellas ovejas o solo estaban en el claustro, pues aunque es contigua a éste no hay acceso directo desde él. Pero compruebo que sí lo hubo en tiempos, después de convertirla en sala capitular en el XVIII. Los bellísimos frescos con temática no religiosa que recordaba en ella, son del siglo XIII, de estilo gótico lineal francés, que aún debiendo mucho al último románico se va desvinculando de él, como se aprecia en el movimiento que plasma en las caballerías y en los propios personajes. Los capiteles, también de época medieval y que conservan una ligera policromía, son también extraordinarios, con figuras de animales y rostros humanos en las ménsulas.

El Monasterio está completamente remozado tras convertirse, hace unos años, en sede permanente de las Edades del Hombre –aunque ya no se puede visitar la zona de restauraciones, que se han trasladado al Convento de la Magdalena de Zamora- y además incluir un magnífico hotel en la zona que fuera albergue de reyes. A este respecto, en la web diputaciondevalladolid.es explica Jesús María Pelayo Fernández el uso las dependencias del convento reservadas para los reyes y que ahora se han convertido en hotel. “Dado que el monasterio se encuentra a escasos metros del antiguo camino real que comunicaba Valladolid con la Corona de Aragón (citado por Villuga y Meneses en 1546 y 1576 respectivamente), hemos de suponer que muchos monarcas pernoctaron en él en numerosas ocasiones, bien para su descanso, bien para cazar en sus montes cercanos. Circunstancia ésta última que tenemos documentada para Fernando el Católico (Rumeu de Armas), Carlos V (Lorenzo Vital) y Felipe III (Cabrera de Córdoba). Es por ello, que este monasterio tenía destinadas ciertas dependencias para uso exclusivo del rey, las cuales gozaban de un entorno privilegiado a la parte sur, frente a la ribera del río Duero, y los documentos las citan como «el Salón del Rey».

Felipe III que gustaba de cazar en los montes de Valbuena y el cercano «Bosque Real de La Quemada» (término de Olivares de Duero), sería el último monarca que disfrutaría del citado Salón Real, pues en 1606 trasladó la Corte de Valladolid a Madrid y todos estos lugares (tanto el Monasterio como el Bosque Real de la Quemada) dejan de recibir tan singulares visitas regias. En el primer tercio del siglo XVIII los monjes de Valbuena ya dejan constancia documental de que el citado Salón del Rey está en «desuso y en peligro evidente de arruinarse definitivamente». Por este motivo, deciden vender dichas dependencias al conde de Montijo, el cual se había interesado en su compra y pretendía hacer unas habitaciones «para su quietud y sosiego».

( La Sagrada Familia. Tallas de Gregorio Fernández en la iglesia del Monasterio de Santa María de Valbuena) (*)

Pero vamos con el Monasterio propiamente dicho. “No podemos hablar sobre el Arte y la Cultura del Duero –dice la crónica del viaje en “El mirador”, la revista del grupo de jubilados con el que hice la excursión- sin comenzar por el Monasterio de Santa Mª de Valbuena, ubicado en la pedanía de San Bernardo. A él se atribuye ser el primer lugar, donde, a partir del siglo XII, se comenzaron a sembrar las vides que darían lugar a la conocida denominación de origen de los vinos Ribera del Duero”.

Explica primero nuestro paso por Quintanilla de Onésimo, pueblo situado junto al río Duero a 35 kilómetros de Valladolid “con interesantes curiosidades. En primer lugar su nombre “Quintanilla” (una quintana en época romana) es una casa solariega, ya que aquí se dice que hubo asentamientos. Después su apellido «Onésimo»; éste nombre fue dado en el año 1941 por decreto de la Falange. Aquí nació Onésimo Redondo, histórico dirigente falangista fundador de las JONS. Quintanilla se encuadra como lugar fundamental en la denominada “milla de oro” del vino, ya que en su término municipal hay más de diez bodegas con denominación Ribera de Duero. También pudimos disfrutar de una excelente vista al río sobre su puente, proyectado por los Reyes Católicos e iniciado a finales del XVI.

Siguiendo nuestra ruta salpicada de prestigiosas bodegas, pero ahora por la margen derecha del Duero, llegamos al Monasterio de Santa María de Valbuena, ubicado en San Bernardo, uno de los tres pueblos de repoblación de la provincia, junto a Foncastín y La Espina. Se creó en 1950 debido a que el pueblo de origen, Santa María de Poyos, fue inundado por las aguas del Embalse de Entrepeñas”.

( Lactación de San Bernardo. Talla de Gregorio Fernández en la iglesia del Monasterio de Santa María de Valbuena) (*)

Nos da a continuación una breve reseña de la historia del Convento que no me queda clara, como tampoco la que encuentro en la web de la Diputación; menos mal que compré –lo ofrecen a precio muy asequible- el librito explicativo que ha preparado Las Edades del Hombre, en el que aclaran que “El nacimiento como monasterio cisterciense de Santa María de Valbuena está rodeado todavía de cierto oscurantismo. Conservamos el documento fundacional por el cual doña Estefanía de Armengol hija de Armengol V, conde de Urgel y níeta del conde Pedro Ansúrez, funda un monasterio el 15 de febrero de 1143. La referencia que ella hace al erigir un monasterio de la orden de San Benito ‘lacere proposui monasterium de ordine sancti benedicti in valle Bona secus Dorum fluvium» ha llevado a pensar si nuestro monasterio fue fundado como benedictino y posteriormente se adscribió a la Orden del Cister, o si por el contrario nació como monasterio cisterciense.

Sí hay consenso en adscribirlo al Cister a partir de 1151, fecha en la que el obispo de Palencia, en cuya diócesis se encontraba, le concede cierta autonomía, y a su vez llegan a Valbuena monjes cistercienses provenientes de Berdones, de la línea de Morimond. Iniciada la vida cisterciense en Santa María de Valbuena, el monasterio vivirá unas primeras décadas de gran prosperidad gracias a las donaciones de la propia condesa, de los reyes Alfonso VII, Sancho III y Alfonso VIII, así como por los privilegios papales concedidos por Urbano III e Inocencio III.

( En la capilla gótica de San Pedro, fresco de estilo franco-gótico del siglo XIII con temática no religiosa) (*)

Este afortunado apoyo, las fértiles tierras de la ribera del Duero y el ingente trabajo realizado por los monjes y conversos hacen que durante buena parte del siglo XIII el monasterio mantenga su privilegiada situación. Pero será en esta misma centuria cuando se sienten las bases que llevarán a la mayor parte de los monasterios castellanos a un declive económico y cultural en el siglo siguiente. Habrá que esperar hasta el siglo XV para observar un claro resurgir de nuestro monasterio, ligado sin duda a la figura de fray Martín de Vargas. Fray Martín, profeso del Monasterio de Piedra será el iniciador de una reforma que pretende recuperar la santidad del Cister. Apoyado por el Papa, se dispone a la creación de dos eremitorios en los que poder llevar a cabo su reforma. El primero será una nueva fundación no muy lejos de Toledo llamada Montesión. El segundo eremitorio nacerá en Valbuena auspiciado por el rey Juan II y Gutíerre, obispo de Palencia, debido a los problemas por los que atravesaba la casa, «la qual estava perdida e disipada «, según documento del Archivo Histórico Nacional fechado en 8 de Junio de1439 y escrito por mano de fray Martín. El mismo documento nos señala «A quatro de março del anno de mil e quatrorcientos e treynta annos fue tomada esta casa de Santa María de Valbuena para se rreformar…» “E el dicho día fue dada la posesión della al rreverendo maestro fray Martín de Bargas,…». De este modo Valbuena se convierte en sede de la Congregación de Castilla y fray Martín en reformador general y abad perpetuo de la dicha casa.

A partir de este momento, la abadía deja de depender de Berdona y pasa a hacerlo de Poblet. Fray Martín dio un impulso espiritual y económico decisivo que los abades subsiguientes supieron administrar llevando a cabo en Valbuena una importante empresa constructiva y decorativa que se prolongó durante todo el siglo XVI.
En el año 1553 la sede de la Congregación pasará a Santa María de Palazuelos.

Si el siglo XVI había significado el renacimiento de Valbuena, en los siglos venideros comenzará a sentirse un declive que culminará con la serie de desamortizaciones de principios del siglo XIX que transformará definitivamente el monasterio”.

Para la descripción de la edificaciones, que en el librito preparado por las Edades del Hombre es muy amplia, vamos a seguir el trabajo, más sintético, de José Luis Velasco Martínez en la web de la Diputación de Valladolid, recordando antes que el arte cisterciense prescinde de los adornos, en consonancia con los preceptos de su orden de ascetismo riguroso y pobreza, consiguiendo unos espacios conceptuales, limpios y originales. Su estilo se inscribe en el final del románico, con elementos del gótico inicial, lo que se ha llamado «estilo de transición».

( Arco de la capilla gótica de San Pedro en el Monasterio de Santa María de Valbuena) (*)

“MONASTERIO: de los siglos XII y XIII, queda una parte muy importante para conocer esta época. Iglesia: «Siete veces al día te alabaré» Un ábside y cuatro absidiolas con semicasquete románico y bóveda de cañón apuntado salen al transepto para abrir una linterna octogonal apoyada en trompas, vacío lineal, simbolizando la resurrección de Cristo, lucernario que ilumina los libros cantorales de la alabanza monacal desde su coro. Dos tramos de bóvedas apuntadas abren los brazos de la cruz del crucero. Tres naves.

Los pilares cruciformes con sus capiteles de plantas y los arcos formeros y fajones nos presentan unas bóvedas apuntadas sin llegar a la ojiva gótica, van recorriendo toda la iglesia hasta la portada con archivoltas llenas de sobriedad y forma apuntada. Qué belleza de líneas, de capiteles, la austeridad sin imágenes, no permite a nuestros ojos detenerse sino ascender y contemplar y rumiar las enseñanzas que ha recibido. Se trata de una arquitectura contemplativa.

[Solo añadir que en el altar mayor el retablo es de escuela vallisoletana, con escenas de la Asunción y Coronación de la Virgen, de estilo barroco. En otros altares dedicados a santos aparecen dos relieves de Gregorio Fernández, uno de la Sagrada Familia y en otro La lactación de San Bernardo]

CLAUSTRO: Es la arteria vertebral de la vida monástica. El cuarto de estar lleno de luz, el cuadrado, imagen perfecta de la Jerusalén futura, donde el monje llega a convertirse, reformarse, «edificarse». El claustro es funcional, construido al servicio del hombre. Que ninguna inquietud turbe su reposo. ¡ Qué colección de capiteles enmarcados en arcos románicos y apuntados¡.

Se ve la evolución constructiva: este y sur muy bella colección de capiteles, en el norte están mal conservados y la panda oeste muy malos.

[ A lo que hay que añadir que a lo largo del claustro bajo podemos apreciar vestigios de una espectacular decoración pictórica, manierista, con la que se recubrieron, durante el tercer cuarto del siglo XVI, las bóvedas, los muros que delimitan las pandas y el intradós de algunos arcos]

SALA CAPITULAR, SALA DE TRABAJOS Y REFECTORIO: En la panda este se halla el ORA, iglesia ET sala capitular, LABORA sala de trabajos. En todos los días que no sean Domingos ni fiestas de guardar, ha de tener labor el convento, en los sábados por la mañana y los demás días por la tarde. Se reparte el trabajo en el Parlatorium. Sala llena de sobriedad y aspereza de líneas, verdadero espíritu cisterciense. Cuatro fustes centrales dividen toda la sala románica y descargan las bóvedas en ménsulas contra la pared, bóvedas perfectas y llenas de espíritu cisterciense.

Entre la iglesia y la sala capitular está el «armario del claustro» lugar para guardar los libros que usa el lector cuando los monjes están sentados en el banco de la «lectio divina», banco corrido en la panda norte del claustro. Dos puertas unen la iglesia con el claustro: al este la de monjes y al oeste la de conversos. En la panda sur queda marcada la puerta del calefactorium, y en el centro se halla el refectorio. Amplia sala dividida en cuatro tramos, con bóveda de cañón apuntada que muere en ménsulas con modillones, prototipo de la austeridad cisterciense.

Francisco Antón dice: «El refectorio de Valbuena es una obra verdaderamente cisterciense… sólo los monjes del cister fueron capaces de construir este comedor y sólo ellos eran también capaces de comer allí, o mejor de ayunar». La evolución de la vida monacal ha ido destruyendo alguna de las edificaciones primitivas, como ocurrió con la Sala Capitular. Sólo quedan las puertas y ventanas, siendo por dentro sacristía barroca. Al destapiar los huecos, se ven unos grandes arcos, no centrados con las bóvedas, todo ello románico. Se llama la Capitular porque es donde se reúnen los monjes para leer la regla de San Benito con sus setenta y ocho capítulos. Está dividida en trozos para cada día del año. Se leerá tres veces al año. Se empieza el uno de enero, la segunda lectura el dos de mayo y la tercera el uno de septiembre. El lector lee el trozo correspondiente y el Abad explica para rumiar el espíritu que San Benito dejo para sus monjes.”

Unas estancias que nos llevan a un muy remoto pasado de antiguo esplendor en la cultura y el arte. Bellísimas trazas para disfrutar de otro modo ahora.

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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