Siempre me sobran dos

Por Javier Pardo de Santayana

( Café. Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook) (*)

Confieso que no soy demasiado ordenado. Mi temperamento es más como de artista y me preocupa más la estética que el orden, aunque no pueda negar que las dos cosas tienen a veces relación directa. Sí señores; admito que el desorden no está bien y puede producir un gran rechazo, pero no puedo evitar que se produzca por mucho que lo intente.

Así que lo que hago es procurar tomar una vía intermedia: no me desvivo por asegurar que cada cosa esté en su sitio, pero sí que me preocupa, y mucho, el efecto que producen en la situación que están. Ya tengo comprobado que, para lograr que causen buena impresión, me basta con hacer unos pequeños cambios: por ejemplo, dar un par de retoques que tranquilicen al más que posible observador. O sea que lo que suelo hacer es poner cierto orden dentro del general desorden. Me basta a veces con poner derecha alguna cosa que se ve torcida y que produce una sensación de desajuste, y he de decir que en esto soy maniático; si quieren ustedes ver hasta qué punto, les emplazo a observar lo bien que coloco la compra ante el cajero del supermercado.

El resultado de una cosa y otra es, en mi casa, la proliferación de montoncitos como solución al desarreglo. Sí, los montoncitos me tienen ya hasta el gorro, pero por mucho que lo intente soy incapaz de eliminarlos. Quizás me falte la decisión de hacerlo y, con los papeles sobre todo, tenga un respeto innecesario a la hora de pensar en suprimirlos.

Pues bien, esta situación general que les describo no excluye que frecuentemente intente colocar las cosa en su sitio. El problema es que, como mi título revela, por mucho que me esfuerce siempre al final me sobran dos. Por ejemplo, me propongo reordenar los libros, y hago un montón con los que voy a manejar. Luego, siguiendo mis criterios de orden, los voy introduciendo en su nuevo lugar de las estanterías para que queden majos. Mas, indefectiblemente, cuando creo haber ya concluido mi trabajo y siento la satisfacción de que todo quedó convenientemente en orden, constato con horror que aún me sobran dos de ellos. Sí, me sobran dos libros que están ahí como burlándose de mí; dos libros con los que no contaba; dos libros que no sabré ya donde meter y que romperán mi plan completamente. Y esto me ocurre no sólo con los libros sino con cualquier clase de objetos y papeles.

En esto pensaba yo mientras tomaba el otro día casualmente un sandwich y un café con leche en una determinada zona comercial, con lo que usted entenderá por qué la broma puede degenerar en obsesión. Pensaba yo, efectivamente en estas cosas, cuando mis ojos se posaron brevemente en el cartelón indicativo de una cercana instalación alimentaria de los “Cien montaditos”. Y se ve que, impresionado por alguna experiencia personal reciente, caí en la tentación de suponer que el dueño, que vende su producto hasta en América, podría haber pasado por trances parecidos a la hora de cumplir con su fachoso ofrecimiento. De lo cual pasé a considerar la posibilidad de que esto le generara también una obsesión propensa a las más desagradables pesadillas.

Le imaginé soñando que con un papel y un lápiz confeccionaba una amplia lista de montaditos típicos para llegar a completar el número redondo de los cien. Le imaginé en sus sueños, efectivamente, alcanzando así los primeros veinticinco, que anotaría casi de un tirón para a continuación encontrar dudas a la hora de completar al menos la mitad de la oferta. ¿Repetimos esta o aquella receta cambiando uno de los ingredientes, o, por el contrario, buscaremos nueva inspiración en algún libro de recetas clásicas? se preguntaría. Y así podría seguir el hombre hasta la hora de añadir el tercer cuarto, cuando quizás encontrara alivio en las cocinas orientales o en algún libro de Ferrán Adriá. Pero aún así le quedaría un cuarto.

Bueno; para terminar no quiero machacarles describiendo otros esfuerzos del imaginado inventor de la exitosa fórmula de los famosos montaditos, pero supongo que no sería raro que las recurrentes y desazonadoras pesadillas llegaran una y otra vez a un punto en que, invariablemente, hiciera lo que hiciera, siempre le quedaran dos líneas pendientes.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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