Por Carlos de Bustamante

( La Dormición de la Virgen. 1434-1435. Temple sobre tabla de Fra Angélico en el Museo de San Marcos, Florencia. Pintura.aut.org. 19 x 50) (*)
Era mayor. No viejita. Tan gran Señora ahora, como maravilla de niña antes. Tarsicio recogía (¡qué trabajos nos manda el Señor!) las virutas del taller. Sin pulgas ni ratones. Juan velaba el sueño de nuestra Madre (¡que como de ustedes, ahora también lo es mía, oigan!). Me llamó. Acudí raudo como un etíope.
-¡Tarsicio, Tarsicio! – Insistió con urgencia-. Creo, dijo Juan, que Myriam se nos muere.
Corrí a su lado. Los dos junto a Ella. “Si duerme sanará”, recuerdo que dijimos antes de resucitar a la hija de Jairo, e indicó que estaba dormida. Igual, me dije, Myriam ahora.
“Dormición”, plácida, serena. Como jamás vi sueño igual. Enseguida un resplandor tan familiar para mí. El mismo de aquel día en que el Ángel Gabriel recibió de Myriam el ¡fiat! (hágase en mí según tu palabra) a la encarnación en su seno del Dios Hijo. El mismo que vi con Virutas, el ratón, cuando el sueño y dudas de José. Pero nos la llevaron.
Raro: no tuve la sensación de quedarme por segunda vez huérfano. Y otra no por rara menos esperada. Viejito Tarsicio, pronto estaría con Ella. ¿Acaso no nos había abierto Jesús las puertas del Cielo? Pues eso. Tranquilo. ¿No? Nada más que tener las maletas preparadas.
Y para Reconciliación, si la necesitase, tenía bien cerca a los Once. ¿Recuerdan?: el camino reglamentario.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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