Lecciones de una isla mínima

Por Javier Pardo de Santayana

( Vasco de Gama, retrato de Gregorio Lopes, en grubial.blogspot.com) (*)

No deja de ser curioso que un país tan vasto como es Mozambique (801.590 kilómetros cuadrados frente a los 504.782 de España) comenzase en una isla que mide apenas 400 metros de ancho. Y que su nombre no provenga de un personaje del África subsahariana o de un explorador portugués por mucho que el primer europeo en alcanzarla fuera nada menos que Vasco da Gama, el legendario descubridor de la India, sino de alguien del que prácticamente sólo se conoce el nombre. Nombre árabe por cierto – Mussa ben Bique o Mussa Al Mbique – al parecer relacionado con la actividad comercial desarrollada desde siempre a lo largo de la costa africana del océano Índico y que hoy es compartido por una Universidad: la de Nampula, capital de la provincia, en cuyas proximidades, según nos dicen quienes se la aproximan desde el aire, la abundancia de basalto negro convierte una formación rocosa en la figura de un hombre de color.

Saco todo esto a colación cuando recibo la noticia del viaje que van a hacer allí mis cuatro nietos aprovechando las vacaciones que tendrán tras la Semana Santa. Y mi imaginación se dispara mirando las fotografías de esa isla llana y alargada plantada en la boca de una bahía desde la que en otros tiempos incitó a posarse a cuantos navegantes llegaron a encontrarla en su camino.

Efectivamente, al verla desde el cielo en una foto aérea descubro que una importante parte de este rincón mínimo que fue lugar de paso y mercadeo está ocupado por una fortaleza hoy tenida por la mayor del continente, de donde se deduce que desde tiempo inmemorial se sintió la necesidad de su defensa. Luego descubro que esta isla fue codiciada por Inglaterra, que pugnaba por el dominio de las aguas; por Francia, deseosa de servir de intermediario en el comercio esclavista; y por Holanda, a la que, a partir de lo que tuve la ocasión de ver en Ghana, supongo también interesada en este vil comercio, por lo que, al no poder conseguir sus objetivos, se contentaría con incendiar la isla. O sea que leyendo simplemente un poco sobre cualquier lugar del mundo por muy apacible que éste sea, acabamos por tropezar inexorablemente con la existencia del mal y del peligro. Como veremos casi siempre la presencia de uno u otro modo de un pensamiento religioso ligado a la necesidad de protección en territorios alejados de la patria; que en esto, por lo que se ve, también los portugueses fueron, como los españoles, contumaces en bautizar con nombres de santos todo cuanto hicieron y descubrieron por el ancho mundo. “De San Sebastián” es el nombre del fuerte de la isla de Mozambique, y “de San Gabriel” fue, según nos dicen, el de la primera torre que en ella se erigió con una escueta guarnición de quince hombres. Y, naturalmente, la capilla aun existente, encomendada por cierto a “Nuestra Señora del Baluarte”, así como la iglesia a la que se llamó “de Santo Antonio”, santo portugués por excelencia.

También, como suele ocurrir con cualquier sitio habitado, la isla es un reflejo de la diversidad social, en esta ocasión por la coincidencia de dos culturas y de la superioridad de una sobre otra en el aspecto de la construcción urbana. Así podemos hablar de la coexistencia de dos asentamientos: por un lado, la “ciudad de piedra”, de bella arquitectura portuguesa, y por otro la “ciudad de los macuti”, formada por viviendas con tejado de paja. Y aún podemos observar claros detalles que hablan de la evolución del territorio desde el punto de vista de las rutas del comercio que ligaban esta costa con Zanzíbar y el Mar Rojo, así como con las posesiones portuguesas en la India con intercambio subsiguiente de tejidos y los abalorios procedentes de esta última con el marfil, y el oro – me resisto a incluir con el ominoso comercio de esclavos – de la zona más meridional del continente negro.

Por último reseñaré otra cuestión que me sugiere la simple contemplación de esta isla germinal del futuro Mozambique, de esta mínima franja de tierra de tan sólo tres kilómetros de largo y menos de medio de anchura varada en la boca misma de una hermosa bahía, y que no es otra que la evolución histórica que suele producirse cuando algo se queda pequeño ante las exigencias del futuro. Así, observando esta fotografía aérea que nos proporciona cierta perspectiva, constato la existencia de una construcción humana que a primera vista se me antoja excesiva a juzgar por la importancia que, desde un punto de vista material, tiene este lugar que hoy contemplamos: un puente de tres kilómetros de longitud que une la isla con el continente.

Cierto es que la isla de Mozambique tiene un indudable valor para el turismo, pero también lo tiene como símbolo de un país en expansión, y ahí supongo que se encuentra el quid de la cuestión. En efecto, la doble justificación permite comprender que, aun con la capital de la nación trasladada desde finales del siglo XIX a su actual emplazamiento con el nombre del explorador Lourenço Marques conocida ahora ya como Maputo – los portugueses mostraran su interés por un lugar simbólico como éste en los años sesenta, es decir no mucho antes de ser obligados a abandonar el país en veinticuatro o en cuarenta y ocho horas. Y es que la historia se repite: yo mismo inauguré lo que sería mi casa en El Aaiún – según se dijo premio nacional de arquitectura – cuando ya estábamos haciendo las maletas.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1523/25911051291_1774bd37e6_b.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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